lunes, 25 de octubre de 2010

La tiranía del padre como condición de la producción literaria de Mario Vargas Llosa



Todo invita a convenir que venía a cuento, al menos desde el punto de vista de lo inconsciente, o sea, del Otro que nos habita y que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, que Mario Vargas Llosa le espetara a Liv Ullmann, que su experiencia con ella en un jurado de cine de Berlín fue sencillamente aterradora.




Los boletines se hacen eco de que ocurrió así en el conocido programa de la televisión estatal sueca Skavlan, nombre del apellido de su popular presentador Fredrik Skavlan. Los transparentes ojos azules de la musa del malogrado director sueco Ingmar Bergman, produjeron la inquietante impresión de salirse de unas fosas ya cuarteadas por la edad, a lo que la momentánea rigidez de un cuerpo voluminoso y contrario a las sinuosas formas de la juventud, no contribuyó a distender los efectos del sin duda atrevido comentario. No podía ser de otro modo, en primer lugar en aquella dama de 72 años, mayor en dos que el osado contertulio, cuando el hispano escribidor apuntó, con voz profunda y clara, que siendo la actriz presidenta de aquel jurado, impuso reglas tan rígidas para evaluar los filmes, que por un tiempo desapareció para él el encanto de las películas, tanto como para pasar a ocuparse únicamente de la luz, de los efectos especiales, del sonido y de la vestimenta.




Lo que a todas luces puede considerarse como un descomedimiento tuvo como desencadenante una pregunta de Skavlan al escritor que estaba a pocas horas de recibir el premio Nobel de Literatura, ¿por qué escribe usted acerca de las dictaduras? Permítame que le diga, sentenció Vargas Llosa, que la dictadura de Ullmann en aquel jurado berlinés fue llevadera, pero otras dictaduras me han perturbado siempre, a lo que agregó que por ese motivo escribía de ellas.

Algo, pues, había perturbado la tranquilidad psíquica del renombrado escritor. ¿Un trauma, quizá, funda-mental? Pero ¿inconfesable?, en modo alguno. Nos encontramos ante un escritor, no de los pequeños, ante esa especie de hombres que, a diferencia del común de los mortales, se caracterizan, como acertadamente advirtió Freud, por decir las cosas por su nombre, por alzarse, también, contra los diques de la represión psíquica que atenazan el decir de la mayoría de las personas. De ahí la aparición en escena, de modo simbólico y sintomático al mismo tiempo, del padre, del genitor del más conocido de los escritores de Arequipa. Dijo Vargas Llosa, y con ello recondujo sin duda la amistad con Liv Ullmann, que conoció a su padre cuando creía que estaba muerto. Añadió, sin mediar lapsus alguno de tiempo, ante la expresión atónita de quienes esperan un singular desenlace de una ficción verdadera, que su padre le había producido una experiencia realmente aterradora, incomparablemente peor a la que la que vivió en Berlín por parte de su amigable actriz. ¿Qué podía ser aquello tan terrible! Algunos quizá se llevaron las manos a la cabeza al imaginar que se trataba de las atrocidades sexuales perpetradas por curas católicos en niños indefensos de corta edad. No, nada de eso. Para asombro o desazón de algunos y alivio de otros, Vargas Llosa sacó a relucir a la madre, a su amantísima madre, y el dolor que le causó su padre al desterrarlo del paraíso en el que vivió diez años con la que le había dado a la luz.




Como corresponde a la insistencia del Otro, insistencia que denuncia la ausencia del tratamiento psicoanalítico que ese síntoma tal vez merece, el trauma de Mario Vargas Llosa no podía sino reiterarse en el discurso del escritor de aceptación del Nobel de Literatura. Se trata de la reiteración del trauma infantil, de aquella terrorífica experiencia que le condujo, según él mismo subrayó, a la literatura, siendo este arte el que, también según él, le salvó de la opresión que significó la figura del padre.



Ernesto Vargas Maldonado y Dora Llosa Ureta, padres de Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.
                                            
La reiteración denuncia a las claras, y contrariamente a la opinión del ahora más nunca célebre escritor peruano, que la literatura es en muchos casos un paliativo más que una solución acorde con lo Real traumático, incluso el sinthome de James Joyce puede pensarse de ese modo; mientras que la separación que ejerce el padre, o más exactamente, la Función-del-Padre, en el alienante paraíso del niño con su mama, esto es, en la relación narcisista en la que el bebé es el objeto de la falta que hace deseante al Otro que encarna la madre, lejos de ser patológica, constituye, como es conocido desde Freud, la condición fundamental y esencial de la salud psíquica.







Por lo que sabemos parece que acontecido de ese modo para Vargas Llosa en el esencial y temprano tiempo del complejo de Edipo, época en el que la Función-del-Padre reclama para bien del sujeto su saludable intervención separadora.

José Miguel Pueyo

Madrid – Girona, octubre 2010




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