miércoles, 27 de julio de 2011

Lucubraciones antiguas e hipermodernas en la crianza de los hijos. (O de las ideas teóricas y los consejos prácticos de la terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert)

 


José Miguel Pueyo









La terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert se ha propuesto desempolvar algunas ideas que no pocas personas conocen desde hace bastantes años, así como informar de algunos de los descubrimientos de las modernas neurociencias para la óptima crianza de los hijos.



Evâina Reichert

En las disquisiciones teóricas y de todo tipo de esta especialista en psicología del niño tal vez hayan tenido algo que ver las fantasías biologicistas de uno de sus maestros, el orgonoterapeuta austriaco Wilhelm Reich (1897–1957). Como este malogrado disidente de las ideas de Freud, también su alumna exuda biologicismo por todos los poros de su ser. Cierto es que en esta ocasión y de acuerdo con la época que le toca vivir, esta profesora brasileña se inclina ante una de las versiones hipermodernas de las neurociencias, ámbito en el que, por lo demás, tampoco considera oportuno establecer diferencias. Así lo da a conocer en la entrevista de Victor–M. Amela («La Contra» de La Vanguardia, miércoles 18 de mayo de 2011) con ocasión de la aparición en español de su libro Infancia. Edad Sagrada. Barcelona: Editorial La Llave, 2011.

En Evânia Reichert encontramos a una de esas personas que gustan resucitar la socorrida y más vendible si cabe, y tal vez por esto, historia de los infortunios vividos. Pero su verdad le es conocida sólo en parte, pues el lado inconsciente de su novela familiar, al menos por lo que dice, le es absolutamente opaca. Y ya por último pero no por eso sin importancia, sus aseveraciones constituyen un buen ejemplo de lo que da de sí la psicología respecto a la conformación de lo que somos todos y cada uno de nosotros y de la causa y función de los síntomas de las afecciones psíquicas.

«Nacido su primer hijo, las cuidadoras se lo retiraron durante dos días. Con su segundo hijo se repitió la operación, pero esta vez se plantó como leona para reclamarlo», comenta Victor–M. Amela. Es evidente que esta profesora se encuentra entre los que creen que la óptima salud de un hijo radica en que no lo aparten de la madre en el momento del nacimiento. En cuanto a la opacidad mencionada, quizá fuese oportuno preguntarse si existe otro motivo, tal vez más desconocido, que determina a una madre a no separarse de su hijo. Y, en realidad, el psicoanálisis ha descubierto que el deseo de la madre, de no intervenir la necesaria separación que ejerce la Función-del-Padre entre el niño y ella, función de la que me apresuro a subrayar que puede llevarla a cabo cualquier persona indistintamente de su sexo, puede constituir un estrago para el hijo, y tan traumático como podría ser el desapego.

¿Qué cabe decir de quien presenta como novedad lo que no lo es en absoluto? Me refiero ahora a la importancia del contacto madre-hijo en la crianza de cachorro humano. Quiero pensar que esta especialista en cuestiones de la infancia no desconoce que lo básico es la relación del niño con su semejante, y no necesariamente con la madre biológica. El motivo de esa necesidad no es otro que la premaduración neurobiológica de la criatura humana. O sea, básica es esa relación porque los humanos, los llamados reyes de la creación, nacemos inacabados. Mas esto, por concernir al proceso de mielinización del sistema nervioso, lo sabe si no todo el mundo al menos muchas personas. Tal vez se conoce menos el fracaso del pedagogo Jean Itard. Este médico jefe del Instituto de Sordomudos de París intentó ubicar al niño salvaje Víctor de Aveyron en la sociedad francesa de comienzos del siglo XIX, pero no pudo hacerle hablar y tampoco consiguió socializar sus pulsiones; experiencia que fue utilizada por François Truffaut en el film L'enfant sauvage, 1970. Basta echar una ojeada a la historia de las relaciones vinculares para advertir su importancia. La primera experiencia de privación afectiva en niños la protagonizó el emperador Federico II de Alemania y rey de las Dos Sicilias (1194–1250), quien atravesado por una singular pulsión epistemofílica ordenó a una serie de nodrizas amamantar y cuidar a unos bebés pero sin hablarles, hacerles gestos y acariciarlos, dado que deseaba saber la lengua que hablarían y así desvelar el primer idioma que hablaron los humanos. El resultado fue la muerte de todos los niños. F. Archambaud y T. Parrot, a finales del siglo XIX, advirtieron trastornos psicológicos en pequeños internados en instituciones; y a partir del año 1930 John Bowlby, L. Bender, W. Golfarb y R. Spitz consignaron patologías en los que habían sido internados a edad temprana en una institución. Si tales niños hubiesen sobrevivido al desapego absoluto serían seres parecidos al salvaje de Aveyron, al menos porque no podrían hablar y, por lo mismo, simbolizar como lo hacen los que no se han visto expuestos a ese ultraje. Con este inciso he querido indicar que el desapego absoluto que se advierte en el experimento de Federico II no es equiparable a la separación madre-hijo durante algunas horas, como fue el caso de la experiencia de Evânia con su primer hijo.

¿Qué es un niño? Para la psicoterapeuta psicocorporal a la que hoy le dedico un poco de mi tiempo se trata de «una persona con todas las posibilidades por desplegar… si los adultos no lo impiden». El acierto es en este caso absoluto.




Sin embargo, nos mueve a discrepar su opinión de que los adultos «inyectemos a los niños complejos de inferioridad… o les cortemos las alas… que nos vengamos en ellos de nuestros malos rollos…». Pero, además, ¿a qué adultos se refiere, a qué padres, a los de su generación o a los de nuestros días? Nada nos dice al respecto. En fin, se le pasa por alto una distinción que de haberla establecido daría pie a pensar que puede articular la constitución del sujeto humano y sus síntomas con los factores históricosociales, en esta ocasión con la modernidad y la postmodernidad. No siendo así, el déficit ahora es respecto a los efectos psicológicos, siempre disímiles, que pueden generar en los hijos los padres de una y otra generación. Y es que no es lo mismo tener un urvater, un padre iracundo y todopoderoso en casa, que convivir con el padre-colega tan frecuente en nuestros días. La diferencia se constata, como acabo de decir, en los síntomas que presentan las personas de aquella generación y las de nuestros días. En otras palabras y con un poco más de concreción, la sintomatología está determinada por una diferencia estructural, esto es, por el modo en que se ha constituido una persona en su primera infancia (sujeto → Otro: el sujeto es segundo respecto al Otro, el cual existe desde siempre). En la generación precedente teníamos a un sujeto conformado en la relación de deseos y de goces del complejo de Edipo y, por consiguiente, su modo de ser en el mundo estaba determinado por una clínica edípica, por una clínica de la prohibición del goce-Todo y la normativización de las pulsiones incestuosas y agresivas por la Función-del-Padre.

Pero recién todo cambia para el sujeto con la era tecnológica. Así es porque el inconsciente es permeable a los acontecimientos sociohistóricos, en este caso a los cambios acaecidos en la postmodernidad, entre los que destacan la caída de los metarelatos y las nuevas configuraciones de la familia. En suma, vivimos una época en la que el Otro social y familiar, consistente hasta hace pocos años, ya no existe, una época que ha dado lugar a una clínica del goce y del vacío. Si en la primera clínica predominan los síntomas del deseo, desde la insatisfacción a la postergación del acto pasando por el deseo prevenido del fóbico; en la segunda, al ser una clínica sin Edipo predominan la apatía, la desorientación y la impulsividad. En otros términos, es esa característica estructural la que ha dado lugar a los actos que definen al acting out y el pasaje al acto, que adoptan a menudo una forma de auto y heteroagresión, siendo muy relevantes los que afectan a las relaciones interpersonales; y esa misma característica estructural explica el auge de la anorexia y de la bulimia, la drogadicción, la depresión y el ataque de pánico, por ejemplo.




Nuestra época, que denuncia los ideales incumplidos de la modernidad, se reconoce en la revolución tecnológica y en el capitalismo tardío, y ha traído consigo los gadgets y la democratización del goce, a menudo solitario, que la sofisticación de los objetos procuran, así como el auge de lucubraciones espirituales, técnicas exóticas para relajar la mente y un anhelo inusitado de poner en forma al cuerpo practicando deportes, que, siendo alimento para el narcisismo del Yo, frecuentemente lo exponen a lesiones sin retorno y aun a la muerte. Desde el psicoanálisis estos fenómenos son destacables porque en ocasiones constituyen sinthomes que anudan estructuras psíquicas dispuestas, pese a todo, al golpe de la tyche que determina su eclosión.

¿Qué es educar? Las ideas de esta profesora sobre tan controvertida cuestión la ubican entre las personas que tienen ideales consolidados para el óptimo desarrollo del niño. Educar, dice, «es formar sin castrar las potencias del niño». Entonces «Dejándole a su aire», le pregunta Victor–M. Amela. «No. Contención, que no represión…». Quiere decir «Poniendo límite, ¿no?», incide el entrevistador, obteniendo esta imaginaria respuesta: «Las paredes del vientre materno son un cálido límite para el embrión. Los brazos paternos que le mecen son para el bebé un amoroso límite…»

Confiar en que las cálidas paredes del vientre materno y en que porque un padre acune a su hijo, ya sea con todo el cariño del mundo, configuran límites a las pulsiones del niño, entiendo que es confiar demasiado y, sobre todo, la idea deja mucho que desear se mire por donde se mire. Quizá se trata ahí de un límite, pero todo apunta a que el límite podría ser de la libertad que se reclama para el indefenso bebé. Recurrir, como hace la autora, al «afecto y la calidez y el ánimo formativo» en modo alguno soluciona el problema, pues estas consideraciones no funcionan más allá de lo que la pátina sentimental pueda afectar al lector.

Como en casos semejantes, cabe agradecer a esta psicoterapeuta que nos recuerde con sus ideas que la psicología actual no encuentra sus fundamentos epistemológicos y clínicos en el sujeto que habla, o más exactamente, en el sujeto que es hablado por el Otro que nos habita, sino en las neurociencias, en esta ocasión en la psiconeurología. Veamos algunos ejemplos. ¿Cómo evitar que los niños sean inseguros, que se desvaloren, que se maltraten y maltraten, que sean agresivos, etc, etc? La solución que nos propone es muy antigua: «Con la vacuna de la neurociencia: cariño, afecto, amor.»

No cabe detenerse en esa consideración terapéutica y en la similitud de esas palabras, pues se explica por sí sola. La autora se atreve también con otras cuestiones de igual envergadura, como son la constitución del sujeto humano y, por ende, al factor preventivo desde los orígenes, cuestiones a las que se refieren las siguientes preguntas de Victor–M. Amela: «¿Y cómo se modela a un niño sano?», «¿Qué dice la neurociencia al respecto?» La información no constituye novedad alguna: «… el afecto estimula la sinapsis, las interconexiones entre neuronas… de 0 a 1 año se establece en el cerebro humano el mayor número de interconexiones neuronales de toda su vida. Y se ha constatado que el amor de los padres y cuidadores, el cariño, el afecto expresado en caricias, besos, cosquillas, abrazos, pedorretas, achuchones… ¡fomenta las sinapsis, multiplica las redes neuronales! Tal vez nada mejor aquí que la cuestión que plantea Victor–M. Amela, «O sea, que ese cerebro será más rico». He aquí la respuesta: «Tendrá mejores cimientos sobre los que levantar ulteriores capacidades. Haber mecido, acunado, besado, acariciado, amado, respetado… ¡te hará más inteligente! A más amor recibido más inteligencia futura.»

Nada asegura, absolutamente nada salvo el sentido común, la veracidad de esta fórmula. Además, las madres, casi sin excepción, cuidan, miman y estimulan a sus bebés. Pero siendo eso necesario, en modo alguno es lo crucial para el óptimo desarrollo psicofísico del niño.

La autora está en lo cierto al afirmar que lo que en realidad es crucial, esto es, funda-mental en la crianza de los niños es evitar «filiarcados», expresión que ella misma explica: «Hay patriarcado (hegemonía del padre), matriarcado (de la madre) y filiarcado (del hijo): ¡busquemos mejor la heterarquía, es decir, que cada cual tenga un lugar!»
El giro de esta especialista psicocorporal y en el desarrollo del niño, como se habrá advertido, es hacia el psicoanálisis. Pero su eclecticismo no le lleva a mencionar la disciplina que se inaugura con Freud, tal vez porque desconoce que está hablando de alguno de sus descubrimientos. «¿A qué edad aparece en el niño la conciencia de género». La respuesta es por demás freudiana: «De los tres a los seis años se desarrolla la pulsión sexual a la par que la epistemofílica… se trata de la curiosidad de saber, de conocer, de explorar: si reprimes la pulsión sexual de un niño, ¡reprimes su impulso de saber!»




Como ocurre en otras ocasiones, el lector no puede esperar demasiado del libro de Avânia Reichert, y no sólo porque sin rubor sostiene que «Nunca antes supimos tanto sobre la infancia: ¡si lo aplicamos, daremos lugar a la única revolución de verdad!... la paz sobre la Tierra empieza en el vientre de la madre!»


José Miguel Pueyo
Madrid - Girona, mayo de 2011

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