viernes, 22 de junio de 2012



José Miguel Pueyo








Pese a que John Read no es un personaje demasiado conocido en los ámbitos de la llamada salud mental, merece hoy nuestra atención por sus consideraciones, paradójicas y contradictorias así como acertadas en ocasiones, sobre las afecciones psíquicas y su tratamiento. Psicólogo clínico especializado en abusos sexuales y psicosis, Read nació hace 60 años en Londres, y vive hoy en Nueva Zelanda. Casado, es padre de dos hijos, de 18 y 23 años; abraza los ideales socialistas, y de seguir creyéndole, carece de creencias religiosas. En cuanto al asunto que en esta ocasión lo convoca, Read comenta al periodista Víctor-M. Amela algo que podría subscribir cualquier psicoanalista, como es que «las conductas infrecuentes en el seno de una cultura las llamamos 'locura': son sólo un mensaje.»


John Read

Es por el mismo Víctor-M. Amela, quien entrevistó a Read para («La Contra» de La Vanguardia, 26/05/2012: «Si oyes voces y ves visiones..., ¡no estás mal de la cabeza»!), que conocemos que «ha superado el trauma psicológico de una familia disfuncional y un abuso sexual en la infancia». El suceso, prosigue el entrevistador, además de «Sus vivencias y su curiosidad lo llevaron a investigar la psique humana y a estudiar eso que llamamos locura». El mismo periodista informa que este psicólogo está convencido de que «lo mejor es tratar amorosamente a pacientes a los que hemos etiquetado como psicóticos y esquizofrénicos», y que lo «argumenta en libros como Modelos de locura o El sentido de la locura, que firma junto a Jim Geekie, (Barcelona: Editorial Herder, 2012)». «Este Read ­-­­concluye Víctor-M. Amela- me ha parecido muy cuerdo.»


Victor-M.Amela












 Poco podemos decir sobre la cordura de John Read, pues no lo conocemos suficiente y sobre todo porque no ha pasado por nuestro diván. Sin embargo, de sus ideas acerca del ser humano, la locura y su tratamiento podemos decir alguna cosa. Así es tras leer su último libro, el mencionado Modelos de locura o El sentido de la locura, un trabajo que por no diferir de lo que el autor dice a Víctor-M. Amela en la entrevista también mencionada, nos permitimos apoyarnos en ella para, como acabo de apuntar, comentar sucintamente algunas de sus ideas clínicas y terapéuticas.

¿Qué es la locura? ─Esta es la primera pregunta de Víctor-M. Amela a John Read─.
El término para definir comportamientos inusuales en el seno de una cultura, ─responde el psicólogo londinense─.
[Comentario de José Miguel Pueyo (en lo sucesivo: J.M.P). Por más de un motivo cabe discrepar de la afirmación de que los comportamientos inusuales son un signo de locura. ¿Qué comportamientos son inusuales en el mundo globalizado e hipermoderno que nos ha tocado vivir? y ¿qué comportamientos inusuales permitirían diagnosticar a una persona de loca? Sin duda no es inusual orinarse en algunas ciudades de nuestra antigua y hoy venida a menos Europa, pero hay personas proclives a ese incívico comportamiento y que no por eso sufren una psicosis. Inusual es también, un poco menos quizá en España, robar a espuertas, esto es, robar a lo Mario Conde, Luís Roldán, Antonio Camacho, Félix Millet, Jordi Montull o Iñaki Urdangarín, etc, etc., y sólo por un abuso discursivo se calificaría a tan siniestros e hipermodernos individuos de locos. Otro ejemplo: levantar una basílica cristiana en el seno de una comunidad islámica puede ser entendido, más allá de una gran temeridad, como el acto de un enfermo mental, cuando se trata más bien de lo primero. Por último, ¿qué margen deja Read a la creatividad, a la invención con su idea de lo «inusual»? Del modelo de diagnosis de este psicólogo clínico, en suma, mejor olvidarse].

¿La locura... es cultural?
¡Claro! Conozco a fondo la cultura maorí, y sé que en esa cultura no es síntoma de locura oír voces.
[J.M.P. Contrariamente a lo que afirma Read, la locura no es sólo ni sustancialmente cultural, tanto más en el sentido antropológico que insinúa. Víctor-M. Amela insiste en el asunto cultural de la locura, circunstancia que permite conjeturar que no le convenció, al menos del todo, la primera respuesta de su entrevistado. Escuchar lo que uno dice o escribe, a diferencia de lo que habitualmente se afirma, no es nada fácil, y quizá hubiera bastado para advertir que por más que los maorís crean que las personas que oyen voces no están locas eso no significa que la gente de esa etnia polinesia sepa lo que dice y menos aún que su opinión al respecto, y en consecuencia la opinión de Read, tenga algún valor y pueda elevarse al grado de lo universal. En esa etnia habrá, como en nuestras hipermodernas ciudades, personas que oyen voces y no por ello están locas, pero sin duda existirán otras que oyen voces y que están locas de atar, como ordinariamente se dice. (Read cae en el mismo grave error que su compatriota, el antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942), quien seducido por los aspectos fenomenológicos de las familias que estudiaba le pasó por alto la estructura de las mismas; y si bien es cierto que no negó la existencia del complejo nuclear de las afecciones psíquicas, o sea, el complejo de Edipo, sostenía su variabilidad en función de la constitución familiar en las distintas formas de sociedades, idea que anulaba las hipótesis freudianas de la universalidad de ese complejo de deseos, así como del parricidio del padre de la horda primitiva (urvater). El error de Malinowski fue explicado, entre otros, por un no menos conocido antropólogo, el belga Claude Lévi-Strauss, 1908–2009)].

¿No?
Aprenden desde niños [los maorís] que eso encaja en la normalidad..., ¡y nadie se asusta! Nadie cree que uno esté loco sólo por oír voces...
[J.M.P. La identificación a una construcción sociocultural (que recoge la expresión «eso encaja en la normalidad»), en este caso la identificación de los maorís a un aspecto de su cultura, tampoco es un argumento válido. Se conoce que la locura va por barrios y que esto no anula su existencia, y es igualmente conocido que en algunos barrios se aceptan locuras que en otros se rechazan radicalmente. Todo indica que la epistemología, al menos hasta aquí, interesa poco a Read; y tampoco cae en la cuenta de la existencia de la «locura compartida», esto es, de lo que los franceses llaman folie à deux, que podría aplicarse a algunos maorís. (En este síndrome psiquiátrico un fenómeno, habitualmente psicótico, como el delirio paranoico, se transmite de una persona (el inductor) a otra (el secundario o receptor), y cuando es compartido por más personas recibe el nombre de folie à trois, folie à quatre, folie à famile o folie à plusieurs o sea, de muchos)].

Aquí sí, aquí te llevan al médico...
Allí entienden. Lo agradeces..., ¡y a otra cosa!
[J.M.P. A los maorís, contrariamente a lo que se nos dice, no les trae sin cuidado oír voces. Veamos la cuestión. «Un ancestro acude a ayudar» a un maorí que oye voces. Pero dado que Read no dice de qué ayuda se trata lo diremos nosotros: si los maorís están agradecidos a las voces es, entre otras cosas pero fundamentalmente porque pueden traer bajo el brazo una promoción social. Y es que por las voces, y sin duda por otros factores, pero básicamente por estar loco, una persona de esa y otras etnias primitivas no contaminadas por la cultura, como diría Rousseau, deja de ser un mero miembro de la tribu para convertirse en brujo, en chamán-médico de la misma, obviamente siempre que los demás miembros de la tribu así lo decidan. Insiste pues Read en mostrarnos su levedad epistemológica, que conjuga con un relativismo etnológico sólo defendible desde un deficiente conocimiento de la historia de la locura].

Pues si yo oigo voces, ¡sí me espantaré!
Porque te han enseñado que eso es estar mal de la cabeza, enfermo, y te internarán, tratarán...: vives con ese relato miedoso.
[J.M.P. No necesariamente internan a una persona en un hospital psiquiátrico por oír voces. La cuestión es ¿de qué voces se trata, las voces de algún familiar muerto, las de la vecina…? Read olvida o desconoce que si algo saben los psiquiatras es discernir las reflexiones en voz alta de una persona que no sufre un trastorno psíquico, de las voces que oye quien padece una psicosis, voces estas últimas que conciernen y aun comprometen a esa persona (voces que le dicen «eres un mierda», «no vales para nada», «ese individuo te quiere mal», por ejemplo). Por otra parte, no es infrecuente que el psicótico converse, se aterre o se ría ante las voces que lo asedian, voces que frecuentemente le hacen vivir una historia en la que él mismo está implicado como personaje o como espectador].

Oír voces, entonces, ¿no es patológico?
Para la especie humana, no es nada raro oír voces y ver visiones: ¡es parte de nuestra naturaleza! El 15% de la gente oye voces.
[J.M.P. Este tipo de aseveraciones, sobre manera por no diferenciar lo normal de lo patológico, más que aclarar las cosas las complican y, por otra parte, banalizan al psicótico no menos que al sujeto considerado normal. Las visiones, en la acepción de la alucinación como fenómeno psicótico, no son equiparables a las visiones que puede tener una persona en un sueño o en estado de duermevela, por ejemplo, y cabe diferenciarlas asimismo de dèjà vu, del fenómeno de lo ya visto. Resumiendo, «oír voces y ver visiones» no es, contrariamente a lo que se sugiere, un signo de salud psíquica y sí frecuentemente de locura].

No sabía esto, explíquemelo...
Mire, el 80% de las personas mayores de 60 años que han perdido a su pareja o a algún ser muy querido... ¡lo oirá o lo verá en algún momento durante el primer año de duelo!
[J.M.P. Ese porcentaje no es fiable. Además, hubiese bastado con introducir el deseo, también el amor y aun el odio hacia la persona fallecida, para que los lectores de esta «Contra» de La Vanguardia advirtieran, si no lo han hecho ya, que en las voces y en las visiones se trata de una manifestación del deseo de la persona que ha perdido a un ser querido].

¡¿Tantas personas?!
Pero preferimos no comentarlo con nadie...
[J.M.P. Los analizantes (o sea, las personas que están en tratamiento psicoanalítico) hablan de esas y otras cosas a su psicoanalista. Se conoce, además, que algún/a visionario/a puede relatar experiencias de esa naturaleza, por demás imaginarias, en petit comité, preferiblemente con gente de la parroquia, pero también hay quien con desmedida desfachatez y un narcisismo desbordante no se arredra en hacerlo en cenáculos dispuestos para engatusar a crédulos y/o desesperados].

¿Le ha pasado a usted?
Un buen amigo mío se mató en accidente de coche... Lo lamenté tanto... Al día siguiente se me apareció, vino a despedirse de mí...
[J.M.P. Lejos de lo que se pudiera pensar, lo destacable aquí no es «…se me apareció» sino «Lo lamenté tanto…». Me acercaré a esta cuestión por el lado del deseo].

¿Hay explicación científica?
Lo primero es aceptar el hecho sin problematizarlo, pues lo que ayuda no es saber cómo sucede, ¡sino dilucidar qué significa!
[J.M.P. Como acabo de señalar, lo subrayable es la expresión «Lo lamenté tanto…». Y como dice Read, se trata de «¡… dilucidar qué significa!» Todo sugiere que fue la amistad, el cariño por su amigo lo que hizo pensar a Read que su amigo regresaba, como era de esperar de un verdadero amigo, para despedirse de él. Resulta evidente que el deseo de Read determinó la «aparición». Deseos parecidos, por lo demás, no son ajenos a los sueños llamados premonitorios, pues como decía Freud, en los sueños premonitorios el deseo del soñador determina la premonición. Por consiguiente, no es suficiente con «aceptar el hecho sin problematizarlo» para saber de qué se trata. Tampoco se trata siempre de que el paciente (en nuestro caso habría que hablar de ‘analizante’) comprenda esto o aquello, pues la clínica enseña que la comprensión, el sentido cierra la posibilidad de nuevos descubrimientos, y de ahí la relación sentido-religión, o sea, que en el fondo todo sentido sea religioso. Además, la interpretación por el sentido se revela no pocas veces impotente frente al goce mortificante del síntoma. Es más, el sentido puede alimentar a los síntomas más que disolverlos, alimento que ordinariamente propicia el Discurso Universitario, pues la explicación es la característica fundamental de este discurso, de un discurso que suele ser tan estéril frente al síntoma como las órdenes y la persuasión propias del Discurso del Amo].

¿Y qué significa?
¡Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive! Pero el psiquiatra, en vez de escuchar al paciente..., ¡lo dopa! Debería ver cómo encaja el mensaje en su relato vital.
[J.M.P. Habitualmente es así. Sin embargo, la escucha no lo es todo. Por otra parte, Read no explica qué entiende por escuchar y menos aún desde dónde escucha a sus pacientes (desde la conciencia, desde una teoría, desde su manera de ver el mundo…), y se reserva asimismo la respuesta que considera adecuada para quien sufre una afección psíquica. En cuanto a la afirmación el «psiquiatra… dopa al paciente», si bien suele ocurrir así, la demonización de la farmacología requiere otras y más precisas consideraciones. En el pensamiento de este psicólogo se reconoce más de un problema irresuelto. Uno fundamental es su resistencia intelectual y tal vez también afectiva a los conceptos que vienen al caso y que darían luz a las cuestiones que sin éxito, por esa razón también, pretende aclarar. Este psicólogo, quizá por serlo, omite conceptos como ‘escucha psicoanalítica’, pues debe entender que hablar de «escucha» es suficiente; censura asimismo ‘novela familiar y discurso del inconsciente’, pues habla de la locura como «un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive»; y se complace con expresiones del tipo «quien lo vive», fútiles por obviar que el ‘sujeto psicótico está determinado y denuncia con sus síntoma, no menos aunque de distinto modo que el sujeto normal, el neurótico y el perverso, por/el inconsciente que lo habita’. La obliteraron constituye aquí una falta de consideración al lector, tanto más de «La Contra» de La Vanguardia, y puede producir la desorientación de algunas personas asiduas a esa página, ya que al eludir el marco teórico al que pertenece alguien podría pensar que este psicólogo presenta alguna novedad en el campo de la salud psíquica].

¿Lo llamamos locura... y es un mensaje?
Sí. El psiquiatra debe lograr, con humildad, sensibilidad y paciencia, que el paciente se convierta en autor del relato de su vida...
[J.M.P. La humildad, la sensibilidad y la paciencia son, sin duda, cualidades que preocupan a los psicoterapeutas y no son indiferentes a los psiquiatras, al menos a los acólitos de la orientación humanista, cualidades que trasudan como otros expertos, en ocasiones de forma deliberada, en el tratamiento, y que no dejan de hacer ostentación de ellas en coloquios y conferencias. Esas cualidades («la humildad, la sensibilidad y la paciencia») pueden adornar también al psicoanalista, pero en modo alguno son requisitos para el tratamiento psicoanalítico, ante todo porque no definen su función en el tratamiento. La afabilidad, no menos que el amor y el odio, las expende el psicoanalista con mesura y siempre «caso por caso». El psicoanalista no eleva la afabilidad a categoría general como podría hacer, con escaso criterio clínico, el psicólogo o el psiquiatra. Intervenir de manera distinta podría propiciar la transferencia positiva y sus indeseables consecuencias: la identificación del paciente con el modo de ver el mundo el psicoterapeuta, o la perpetuación de la dimensión sugestiva de la misma, por ejemplo. El psicoanalista es menos libre en la estrategia, dado que el lugar en la transferencia se lo otorga el analizante, que en la táctica, por concernir está a sus actos, entre los que destaca la interpretación. Con todo, la docta ignorancia y la neutralidad controlada, siempre en la perspectiva de la clínica del «caso por caso», es lo que hace del psicoanálisis una psicoterapia distinta a las demás, lo que quiere decir que el psicoanalista se aleja de la ideología, de la impostura y el engaño que caracterizan, en no pocas ocasiones a gurús, sanadores, expertos, psiquiatras…

¿Y no lo hacen así los psiquiatras?
En España, los profesores universitarios de psiquiatría ¡cobran de la industria farmacéutica! En estas condiciones..., me daría vergüenza ser psiquiatra en España.
[J.M.P. No es así, aunque ha sido una práctica habitual. Sea como fuere, la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios (Real Decreto-Ley 9/2011, de 19 de agosto, modificación de la Ley 29/2006, de 26 de julio) prohíbe «el ofrecimiento directo e indirecto de cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios de los laboratorios a los médicos y a los farmacéuticos». El cohecho está sancionado con multas de 30.001 a 90.000 euros. Por otra parte, la inspección es potestad de las autonomías. Madrid, por ejemplo, tiene un sistema para detectar si un médico receta demasiado de una marca, y de ser así se procede a una investigación, que muchas veces, es igualmente cierto, se queda en agua de borrajas].

¿En el resto del mundo no es así?
También en Estados Unidos... Y me abochorna que dilapidemos fortunas buscando el gen de la locura, de la esquizofrenia: ¡no existe! No hay raíz biológica de la locura.
[J.M.P. Hay que estar totalmente de acuerdo en esto; y es sabido que la literatura amarilla se cuela más de lo deseable en las revistas científicas. A fines de 1988 el equipo del doctor Hugh Gurling, del University College and Middlesex School of Medicine, en Londres, publicó en la prestigiosa revista Nature un extraordinario descubrimiento: el gen de la esquizofrenia. Con inaudita jactancia cientifista, los investigadores londinenses afirmaban tener un marcador que revelaba que el gen de la esquizofrenia se hallaba en el brazo largo del cromosoma 5. Pocos meses después otros investigadores, en esta ocasión de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, encabezados por el doctor Kenneth Kidd, desacreditaron aquellas afirmaciones en razón de que sus investigaciones no habían encontrado la relación que presentaban sus colegas ingleses. En realidad, quien busca el gen de la locura se coloca en la misma posición ideológica que las personas que otrora pensaban que la locura se hallaba en la masa encefálica en forma de piedra. Tamaña imaginarización de la realidad quedó recogida magníficamente por el pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen, más conocido como El Bosco, en su cuadro satírico «La Extracción de la piedra de la locura», pintado entre el 1475 y 1480, y que puede admirarse en el Museo del Prado].

¿Dónde debemos buscar, pues?
En el propio relato del paciente, insisto. Darle drogas antipsicóticas... ¡sí es una locura!
[J.M.P. Read relaciona en repetidas ocasiones la locura con un mensaje: «'locura'… sólo un mensaje», y en otro lugar sostiene que la locura «Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive». Pero estas expresiones no permiten comprender cuál es su idea de la causa de la locura; mientras que al afirmar que («No hay raíz biológica de la locura») sólo incide en algo conocido. Cierto es que «No hay raíz biológica de la locura», mas lo que corresponde decir es algo que Read elude: que toda afección psíquica es un hecho del lenguaje y del goce. Esto lo sabemos desde Freud. Es decir, por el primer psicoanalista conocemos algo que constatamos los psicoanalistas un día sí y otro también: que es en el temprano tiempo del complejo de Edipo, y merced al entrecruzamiento de los deseos del niño y los deseos de sus padres o de las personas que están en su lugar, que se conforma la subjetividad de cada uno de nosotros, esto es, la manera de ser en el mundo y la también particular elección de objeto sexual; aspectos fundamentales y esenciales del ser humano que, por lo demás, el psicoanalista francés Jacques Lacan demostró con todo lujo de detalles y defendió como se merecían].

¿Tan contraproducentes son?
Perjudican más que benefician, por lo que deberían prohibirse. ¡Acortan diez años la vida del paciente así medicado!
[J.M.P. No siempre es así. Ahora bien, lo que debería prohibirse son las prácticas clínicas que, cobijadas en la demagogia, la hipocresía y un falso humanismo, promueven la idiotez en las personas que tienen la magra suerte de sufrir una afección psíquica. Las drogas son en muchos casos necesarias, pero es escandaloso que para dar cuatro pastillas, como habitualmente se dice, una persona tenga que cursar siete años de carrera universitaria (cinco de medicina y dos de la especialización en psiquiatría). Ese currículum universitario es innecesario desde todo punto de vista, y constituye, entre otras cosas incluso peores, una estafa para el erario público y, por ende, es las más de las veces lesivo para el malogrado paciente].

¿En qué casos sí benefician?
Sólo para tranquilizar al paciente durante una crisis: eso es sólo un tercio de los casos.
[J.M.P. En efecto. Engaña y abusa del poder que le confiere la transferencia (esto es, abusa de la delegación de poderes del paciente al experto: usted debe saber la causa de mi sufrimiento y qué debo hacer −en muchos casos ‘tomar’− para curarme, por ejemplo) quien no dice que las pastillas sirven para lo que sirven: para «tranquilizar durante una crisis», por ejemplo. No otra cosa debería oír el paciente del psiquiatra, pues esa es la condición primera para no enmascarar perpetuamente los síntomas y, por supuesto, para no estar fuera de la realidad y en la ignorancia absoluta, como sería creer que las pastillas curan. En dable recordar que en ocasiones los pacientes hacen el caldo gordo a los especialistas (sin duda de otra cosa de la que presumen), pues se ofrecen como objeto del goce del psiquiatra, del psicólogo, del gurú, del yogui, del sacerdote, del sanador... ¿A qué responde ese paradójico comportamiento? Ser el objeto del goce del otro va bien, curiosamente, a algunos pacientes. El hecho es que esa posición masoquista permite seguir gozando en el sufrimiento, seguir siendo gozados, habría que resaltar, por la pulsión de muerte que los habita, por una pulsión muchas veces comandada por el miedo, la vergüenza y/o la culpabilidad. Es pues el paciente quien crea un amo en quien reinar, un amo a la medida de su goce, ahí donde los expertos creen que son ellos los amos por méritos propios].
¿Aconsejaría a los pacientes abandonar ahora mismo los antipsicóticos?
¡Que nadie deje a solas la medicación! Es arriesgado. Dialogad con el psiquiatra y pedidle ayuda para contactar con grupos de terapias mentales sin fármacos, que los hay.
[J.M.P. Ambiguo, contradictorio y por demás ingenuo se muestra Read en estas afirmaciones. Dice que «Es arriesgado… dejar a solas la medicación», o más exactamente, que es arriesgado dejar la medicación sin la aprobación del psiquiatra; pero entonces habría que preguntarle en qué casos es arriesgado y en qué circunstancias. Algo sabemos: que da el poder de decisión a quien recién se lo ha había quitado, al psiquiatra, con el que para más inri dice que hay que dialogar. Todo hace pensar que desconoce que el psiquiatra no está solo en el mundo, que no son pocos los psiquiatras que comandan grupos de psicólogos de «terapias mentales…», habitualmente adscritos al cognitivo conductual, psicólogos que siguen fielmente la voz del amo, y cuya desorientación teórica, clínica y ética queda demostrada en no haber podido diferenciar el ser humano de los ratones, en suma, por hacer etología la clínica].

¿Cómo trata usted a sus pacientes?
Un caso: uno llevaba treinta años medicándose porque se sentía observado y espiado y quería convertirse en mujer. Me bastaron seis meses conversando con él para entrar en su lógica y ayudarle a mejorar.
[J.M.P. No hubiese estado de más que Read explicara qué entiende por «entrar en la lógica» del paciente. Sin embargo, en lugar de atender a los principios epistemológicos y a la deferencia que se debe a las personas que trabajan en su campo, lo único que nos ofrece son palabras huecas, vacías de significado al modo que suelen hacerlo los sanadores y cuantos individuos se llenan la boca con las palabras que tocan la fibra sensible de la gente, como amistad, amor, humildad, armonía, concordia, piedad, afabilidad, comunión espiritual…. No son pocos los que con esas palabras ponen a buen recaudo sus denostables supercherías, y del mismo modo que pretenden zafarse así de los críticos, a los que califican de intolerantes, se vengan de la fe, la desorientación y la ingenuidad del prójimo].

¿Conclusión?
La buena calidad de la relación terapeuta-paciente es lo más curativo que hay. ¡No existe mejor medicina!
[J.M.P. Read no desea abandonar las generalizaciones. Todo indica que ignora que no es aconsejable propiciar la transferencia positiva en aras de un siempre más que supuesto beneficio terapéutico, y que mostrar los sentimientos y deseos al paciente puede ser un grave obstáculo para la disolución de las identificaciones patógenas del ámbito sociofamiliar que han configurado su manera de ser en el mundo. Por consiguiente, no conviene encontrar en el psicoterapeuta a un padre o a una madre, y no sólo porque el lugar de padre o de madre los otorga el paciente al psicoterapeuta en la transferencia (sin ser consciente de ello transfiere en el tratamiento sentimientos y relaciones de su historia al terapeuta). En resumen, nada peor que introducir en el tratamiento actitudes de esos personajes (padre severo, madre afable y bondadosa, por ejemplo) se introduce un grave obstáculo a la curación, que es tan como decir que se censura el discurso del Otro (nombre lacaniano, como es conocido, del inconsciente freudiano). Es obvio que la mayor resistencia a la curación pueda venir, y de hecho así ocurre frecuentemente, del psicoterapeuta. Esta es la característica fundamental de lo que los psicoanalistas denominamos contratransferencia. Contrariamente a lo que se puede suponer la abstinencia del psicoanalista no implica la utilización en todo momento del Discurso Psicoanalítico. Así es porque en el tratamiento psicoanalítico, incluso en una sesión, el psicoanalista puede emplear, porque los conoce perfectamente y sabe de su función, el Discurso del Amo (orden), el Discurso Universitario (explicación) y también el Discurso Histérico (pregunta). Es incuestionable la sinrazón de la crítica al psicoanálisis por una supuesta frialdad de sentimientos del psicoanalista].

¿Algún consejo para el terapeuta?
Escucha al paciente con paciencia, sin hacerle sentir enfermo mental y sin juzgarle.
[J.M.P. Seguir a Read en este punto es afianzar el «alma bella» con la que puede presentarse el paciente en la consulta, o sea, contribuir a un engaño al desvincular al paciente de su posible responsabilidad en lo que se queja. La auténtica curación implica introducir a quien nos pide ayuda en la realidad, en la suya que no es ajena a la que conformó su subjetividad, su manera de ser en el mundo, y que no es otra que la del Otro sociocultural. La primera condición es el respecto absoluto al decir del inconsciente, a los deseos y a los goces en juego del paciente, del que lo primero que hay que saber qué podrá resistir en cada momento del tratamiento. He ahí, también, el arte en psicoanálisis].

¿Alguna otra evidencia científica sobre lo que llamamos locura y su tratamiento?
En países africanos, es la propia locura la que cura: los chamanes provocan brotes psicóticos con drogas, con fines curativos...
[J.M.P. La locura (psicosis paranoica, esquizofrenia, melancolía, PMD, autismo…), contrariamente a lo que dice Read, no se cura con pócimas, aunque estén elaboradas por los mejores chamanes. Es conocido que a principios del siglo pasado los psiquiatras lo intentaron, aunque de otro modo, pero con igual éxito: nulo. En la historia de la locura se habla de las terapias convulsionantes, y entre ellas se encuentra la provocación del Coma insulínico. El doctor Manfred Sakel, quien lo introdujo en 1933, tuvo la pretensión de curar con ese esperpéntico proceder la esquizofrenia. Este tratamiento se puede contemplar en la película A Beautiful Mind (Una mente maravillosa en español, Una mente brillante en Latinoamérica), basada en la vida de John Forbes Nash (1928), el matemático estadounidense (encarnado por Russell Crowe) que mientras luchaba contra la esquizofrenia logró realizar algunas importantes aportaciones a las matemáticas, por las que consiguió el Premio Nobel de Economía el año 1994. Los efectos del Coma insulínico son en todo semejantes a los de los electrochoques, la inoculación de la malaria como tratamiento de la parálisis general o la leucotomía prefrontal].

¿Con qué resultados?
El dato científico es que dos tercios de los psicóticos se recuperan en África. Aquí sólo recuperamos a un tercio. ¡Aprendamos!
[J.M.P. Si en África los psicóticos se recuperan (hay que entender que se curan dos tercios) con las pócimas de los chamanes, ¿porqué no importamos sus procedimientos? ¿Tal vez nos lo impide el narcisismo, o es que somos idiotas, o bien porque no nos enteremos de lo que ocurre en el mundo, o simplemente porque lo que dice Read no es verdad?]

¿Qué le llevó a aprender psicología?
La necesidad de entenderme a mí mismo.
¿Qué le pasaba?
De los 11 a los 13 años fui víctima de abusos sexuales por parte del director de mi colegio. No entendía qué estaba pasando y me vengué del mundo suspendiéndolo todo...

¿Qué efectos tiene un abuso?
Si no se repara, es un trauma psíquico que puede derivar en psicosis y esquizofrenia.
[J.M.P. Read está en la misma dirección que Jeffrey Moussaieff Masson. Ste psicoanalista norteamericano, al mismo tiempo que sustraía algunos papeles de la Biblioteca del Congreso de EE.UU., afirmaba sin empacho en su libro The assault on truth: Freud's supression of the seduction theory, 1984, (El asalto a la verdad, la supresión de la teoría de la seducción por Freud), que el abandono de la «Teoría traumática de la seducción» no respondía en modo alguno a razones científicas, sino a motivos personales y sociales de Freud. Contrariamente, los psicoanalistas constatamos el acierto del primero de todos, el acierto de Freud al darse cuenta del error de sus primeras hipótesis acerca de la causa de las neurosis; y reconocemos también su valentía al abandonar aquellas hipótesis (la «Teoría traumática de la seducción») en razón de lo que la clínica le enseñaba y que no era otra cosa que la crucial importancia de los deseos edípicos en la constitución de la subjetividad. Por lo demás, no es cierto que la siempre deplorable seducción pueda derivar «en psicosis y esquizofrenia», a no ser que la estructura psíquica del afectado lo permita y cuando la seducción adquiere el valor de tyche (mal encuentro) en la estructura psíquica].

¿Es muy frecuente el abuso sexual?
En Occidente, el 20% de las niñas y el 15% de los niños padecen abusos sexuales...
¿Con efectos iguales en niños y niñas?
La niña se aislará de otros niños. El niño abusará psicológicamente de otros niños.
[J.M.P. Así puede ocurrir, mas también que la seducción no tenga efectos morbosos, o que los efectos sean coyunturales, o que den lugar a síntomas de diferentes estructuras clínicas. En cualquier caso, el abuso de la generalización, como se advierte aquí una vez más, excluye la clínica de la singularidad del sujeto, la clínica del «caso por caso» a favor de imaginarias suposiciones etiológicas y de la estadística aplicada a un objeto que no se deja representar por ellas: el ser humano y sus vicisitudes].
¿Cómo debemos actuar ante un abuso?
Hay que alejar al abusador. Y preguntar al niño y escucharle. Y hacerle entender que él no ha actuado mal. Y ayudar a los progenitores inocentes. ¡Y dar mucho cariño y amor al niño! Si se hace así, se repondrá.

¿Puede pasarle algo peor a un niño?
También es muy traumático chillarle y reñirle y abroncarle continuamente..., y tanto peor cuanto más joven, porque se dañan más los reguladores neuronales del estrés.

¿Con qué consecuencias?
Tú dile al niño continuamente que es muy malo o un desastre... y será fiel a este relato, porque los niños creen íntimamente a sus padres. Y será malo y será un desastre. Y psicótico, depresivo... y eventual suicida.
[J.M.P. Haciendo suyos los designios de la postmodernidad, las modas de nuestra época así como imaginarias premisas clínicas de las que tampoco ha podido zafarse, Read aconseja un padre colega para el más óptimo desarrollo del niño en la época de los callejones ideológicos del siglo XXI. Olvida o desconoce, por lo mismo, los factores estructurales que intervienen en la constitución de la subjetividad y que la mantienen en un goce mortificante, el mismo goce del que se quejan sus pacientes y nuestros analizantes. Y para empeorar definitivamente algunas de sus acertadas opiniones, este psicólogo clínico apuesta por un tipo de psiconeurología que recuerda algo tan conocido como son los problemas que acarrean las emociones, pues apunta, quizá con pretendida novedad, que las emociones lesionan los «reguladores neuronales del estrés» y que, por lo mismo, dan lugar a todas las desdichas imaginables.


John Read

En resumen, la perspectiva subjetiva de la locura priorizada por John Read y Jim Geekie podría considerarse acertada si no dejase de lado la dimensión estructural de la misma. Y es que entre los diferentes factores causales que suelen presentarse de la locura, estos autores se muestran partidarios del empirismo de las experiencias vividas, experiencias que afectarían negativamente a una persona en su niñez hasta el extremo de hacer de ella un psicótico. Contra este modo de ver las cosas, cabe señalar que del mismo modo que no es suficiente el amor, la empatía y tampoco escuchar al psicótico para curarlo; priorizar las experiencias vividas revela una incorrecta visión de la etiología de la locura, y esto más allá de las acertadas consideraciones de Read y Geekie contra la psicofarmacología. Los humanos somos seres vulnerables por factores biológicos, psicológicos y sociales, pero nadie sufre los síntomas de las psicosis, excepción hecha de los de las llamadas psicosis transitorias, por las razones que esgrimen estos clínicos, ya que de lo que se trata en las psicosis es del déficit radical de la Función del Padre (separación-castración simbólica en el temprano tiempo del complejo de Edipo), pues no otro factor es el pivote de nuestra subjetividad, o sea, de nuestra manera de ser en el mundo y de la elección de objeto sexual y, por consiguiente, de que seamos sujetos supuestos normales, neuróticos, perversos o psicóticos]. 

Girona, mayo de 2012






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Trivialidades, demagogia exultante y ausencia de rigor clínico, es con lo que el lector se encontrará en «Cuando amar demasiado es depender», libro de la psicóloga gironina Silvia Congost.


Trivialidades, demagogia exultante y ausencia de rigor clínico, es con lo que el lector se encontrará en «Cuando amar demasiado es depender», libro de la psicóloga gironina Silvia Congost.


José Miguel Pueyo Psicoanalista
Como si estuviese reclinada en el diván del psicoanalista, Silvia Congost relata en su libro, siempre de manera parcial, monótona y sin alma narrativa, el trauma, que, según afirma, fue realmente vivido, de dependencia emocional, «un enganche tóxico que te va destruyendo sin que te des cuenta… Cinco años. Me adapté a él en todo, sólo hacía las cosas que a él le gustaban y que a mí me horrorizaban, como pasarme el fin de semana viendo la tele y todas las vacaciones haciendo surf», según sus palabras.

Pero no sólo estamos ante un libro plano para gente que gusta de lo conocido, de lo banal y de las habitualmente insulsas intimidades del realty show. La dependencia emocional es tangencial a asuntos tan horrendos como los protagonizados por el llamado monstruo de Austria, Josef Fritzl, y por el secuestrador y violador de Cleveland, Ariel Castro, y lo es también al llamado síndrome de Estocolmo. Sin embargo, en este libro todo es light, amén de insubstancial. La autora no ha pretendido presentar los distintos tipos de dependencia emocional y sus causas, mientras que da a leer afirmaciones que no se ajustan del todo a la verdad clínica. Y del mismo modo que se echa en falta el rigor exigible respecto a los fundamentos clínicos con los que se pretende ayudar a las personas que sufren dependencia emocional y sus negativos efectos, Silvia Congost generaliza sin rubor consejos para un delicado asunto, que, como otros relativos al amor, requiere del criterio singular e individualizado del tratamiento caso por caso.

Grave es, sin duda, que la autora insufle narcisismo al desorientado sujeto, a la supuesta víctima, pues casos semejantes precisan de una fina discriminación de los motivos subjetivos que sostienen una relación afectiva. No advierto que Silvia Congost está por esa necesaria labor. Pero si hay algo sorprendente, una afirmación que sería para mondarse de risa sino fuera realmente trágico, es que una persona que tiene un título universitaro quiera hacernos creer, todo indica que la línea de los siempre inquietantes gurús que aseguran curar cualquier cosa en una semana, que en diez días puede curar la dependencia emocional y todos los efectos físicos que la acompañan, como la depresión, la ansiedad o el mal dormir.

Girona, 4 de agosto de 2012
Tengo 36 años. Nací, vivo y trabajo en Girona. Vivo en pareja. Estoy licenciada en Psicología. Me siento muy desencantada de la política. Cada vez hay menos diferencia entre izquierdas y derechas, todos venden lo mismo. No creo en dioses, pero sí en el poder individual.
 
Silvia Congost

Silvia Congost, especialista en autoestima y dependencia emocional

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

"Aprender a aceptar al otro es el mejor regalo para ambos"

03/08/2013 - 00:00










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