miércoles, 31 de diciembre de 2014

David Loy, doctor en Fillosofía y maestro zen



De la nostalgia ontológica del sujeto humano.
(O las ilusiones obsoletas y narcisistas
del maestro zen y doctor en Filosofía, David Loy)



Este norteamericano de 67 años de edad, hijo de militar, después de residir 30 años en Asia sostiene sin ambages que ha aprendido a «vivir una vida feliz.»

Cada cual se emborracha con lo que puede, y el doctor en Filosofía David Loy, que ha impartido clases de esa milenaria disciplina en las universidades de Singapur y Japón, lo hace con las enseñanzas del no menos antiguo budismo.

Loy vivía en Honolulu, y un buen día, por decirlo así, decidió, quizá para superar alguna insatisfacción, hacer un retiro de meditación zen durante una semana. El silencio de la experiencia meditativa y la mirada fija en la pared, que caracteriza a la denominada meditación frente al muro, fueron para Loy un infierno, pero sin duda lo peor es que no pudo despejar las preguntas que lo embargaban.

¿Qué hacer? Loy recurrió entonces a la institución que se le supone que tiene las respuestas: la Universidad. O se equivocó de Universidad o se equivocó de profesores, o las dos cosas. Pues de la magna institución del amor al saber, Loy salió con un doctorado en Filosofía. (Sin duda no para saber qué es la Filosofía).

Prueba de su doble tropiezo ­–o sea, de depositar sus esperanzas en la meditación zen, y de encaminarse con igual ilusión a la Universidad, concretamente a la facultad mencionada– es lo que aprendió. ¿Qué fue? Como él mismo dice, aprendió que «El mundo tal como lo percibimos es algo que hemos construido en nuestra mente y que podemos deconstruir y reconstruir de otro modo?

Ambas consideraciones son erróneas, y no es lo mejor que desorienten al deseo de saber y que exuden narcisismo infantil a raudales.

Contrariamente a lo que enseñaron a Loy los monjes budista y los profesores universitarios, el mundo que percibimos no lo hemos construido nosotros, ya que nos viene impuesto por el Otro familiar y social en el que entramos recién nacemos. El libre albedrio es un sueño religioso. Y respecto a la afirmación de que podemos deconstruir y reconstruir el mundo, no hay duda de que es así, al menos porque algunas personas lo intentan. Pero la cuestión es ¿por qué razón y con qué medios?

Las ideas que presenta Loy no son sólo triviales y obsoletas por ser, como acabo de señalar, fundamentalmente narcisistas. Como es habitual en casos de desorientación intelectual semejantes, las presenta con la patina humanista, intentando tocar la fibra sensible de la gente, como habitualmente se dice. Pero Loy, como todos los amantes del budismo, no logran disimular la vanidad de la ignorancia y la nostalgia por la primera experiencia de satisfacción, o sea, la añoranza del sujeto humano por la pérdida del objeto a en la infancia, objeto que suele encarnar la mamá y/o el reconocimiento de papá.

El profesor Loy no lo entenderá así, hecho lógico si se tiene en cuenta sus credenciales académicas. Es decir, no puede estar de acuerdo con lo que yo digo porque ignora el deseo del Otro que lo habita, el deseo de la otra escena que actúa a sus espaldas, o sea, del inconsciente que habla en él y de él.

Se constata así cuando a la pregunta de la periodista Ima Sanchís, ¿Qué desmontó usted?, Loy responde: «Crecemos con la idea de que estamos separados del mundo: Yo estoy aquí y el mundo está ahí fuera. Lo que el budismo llama liberación es soltar esa identificación con el yo y darte cuenta de que no existe la dualidad.»

Tras oír esa nostálgica respuesta, respuesta que denuncia la denostación de la separación infans/mamá, la periodista le dice «La teoría nos la sabemos…». 

Yo dudo de que sea así. Es decir, dudo que Ima Sanchís conozca la teoría de la que habla Loy. Lo dudo por las preguntas que ella formula. Dudo, en suma, que Ima Sanchís sepa que su entrevistado habla de una forma de neopanteísmo, y que esa construcción intelectual es la respuesta de algunos hombres de Oriente a la falta-a-ser, o sea, una respuesta oriental a la carencia ontológica del sujeto humano. Sea como fuere, de lo que estoy totalmente convencido es que el profesor Loy no sabe de qué habla, pues todo indica que desconoce el origen, el sentido y la función de lo que acaba de decir. Este maestro zen no sabe, entre otras cosas básicas y al mismo tiempo esenciales, que el sujeto humano antes que hablar es hablado por el Otro, esto es, por el inconsciente que lo habita, y que él mismo verifica este descubrimiento psicoanalítico. 

Pero Loy desconoce otras cosas. En primer lugar, cuando los budistas ensalzan la liberación que supone estar unidos al mundo, al Universo, no saben que están elogiando lo peor que podría sucederle a una persona. ¿Qué es eso tan malo? Quedar atrapados en la unión-alienación al Otro Primordial que encarna habitualmente la mamá, pues la salud y la autonomía del sujeto humano suponen la separación de ese lazo amoroso primigenio. En efecto, ¿de qué habla Loy? Habla de una construcción filosófica presidida por un deseo y un horror. El deseo es la alienación-unión al Otro Primordial, y el horror es la castración, o sea, separarse del Otro. En otros términos, ensalzar no estar separado del mundo, estar unido al Universo, a la madre tierra, es una metáfora del perverso, alienante e infantil deseo de hacerse Uno con el Otro, del deseo de hacer del dos Uno, en fin, de estar abrazado a la mamá en el tiempo del complejo de Edipo y antes de la necesaria separación-castración que ejerce la Función-del-Padre. (Al niño: no te acostarás con tu madre; a la madre: no reintegrarás tu producto). El horror a la castración en el budismo tiene un nombre: filosofía de la no dualidad.

David Loy deja nuevamente que el deseo del Otro hable en él. Insiste –cosa que cabe agradecerle, tanto al menos como a los poetas– en mostrarnos el deseo del Otro, nos ilustra, sin saber lo que hace, de la añoranza, de la nostalgia ontológica del sujeto humano por el objeto perdido, cuando dice «… esa percepción de estar separados del mundo que lleva implícita la sensación de carencia, de que algo nos falta, y que nos lleva a buscar fuera (más dinero, cosas, reconocimiento…).»

Lo que proponen los budistas para la falta-a-ser del sujeto humano es una perversa e imaginaria solución. Puede formularse como sigue: Si no tengo a mi mamá, si no estoy unida al primer objeto de amor, el mundo se puede ir a la mierda, no me importa nada, no deseo ningún objeto sustitutorio, en fin, deseo no desear. Tal es la fórmula que define al Principio de Nirvana.  

Envueltos con las vestimentas del humanismo, los budistas comprometidos con lo social, como David Loy, persiguen, sin saberlo, el objeto del goce del Otro. Con frondosos acervos terminológicos sin excepción reniegan de los llamados tres demonios o venenos, la codicia, la agresividad y la ignorancia, pero detrás de esa imagen sobrecogedora y beatífica sólo hay el trivial consejo de que los cambios sociales y políticos sirvan para no agravar o promover esos tres venenos. El talón de Aquiles del budismo sociopolítico es unir a esa banal propuesta, que pocas personas dejarían de subscribir, otra incluso más baladí y ante la que la moral budista resulta totalmente impotente, pues no basta con afirmar que la regeneración del sistema político pasa por la transformación personal unida a la transformación social, que deben ir juntas por necesitarse mutuamente. No es suficiente porque la transformación personal no se logra con la meditación cara la pared; y en lo social, tampoco funciona la dulcificación o todo lo contrario de las leyes, por ejemplo.

Nada destacable y nuevo le enseñaron al doctor David Loy, a no ser que se tenga por importante repetir una doctrina trasnochada acerca de la nostalgia ontológica. Le enseñaron dos cosas, que el hombre está en falta y una ilusoria pretensión: que con una idea filosófica, la de la no dualidad, se podía obturar la falta-a-ser. En la hipermodernidad las personas prefieren el móvil, el deporte, la fama, el arte, el dinero, etc., como paliativos para la insatisfacción que caracteriza al deseo. Ninguna diferencia con la propuesta budista, salvo, eso sí, que, a diferencia de los budistas, habitualmente no visten los ropajes del falso humanismo.

He ahí el origen, el sentido, la función y, en suma, todo lo que da de sí la filosofía de la no dualidad. No cabe extrañarse entonces de que Jacques Lacan afirmara que la filosofía era una paranoia. La filosofía budista de la no dualidad es la metáfora del deseo infantil de no separarse del abrazo infantil y narcisista por antonomasia con la mamá, por tanto, una de las formas de renegar de la castración-separación del Otro. En resumen, la filosofía budista constituye una de las construcciones intelectuales básicas de la nostalgia del sujeto humano y del horror a la falta-castración. Nostalgia del Otro que parasita al sujeto humano y que lo pone a trabajar, en esta caso a escribir como lo hicieron los primeros maestros budistas, maestros-esclavos, en realidad, del deseo del Otro para resarcirse de la falta-a-ser con una idea, con una filosofía. El gran problema de la filosofía moral, y en realidad de todo discurso religioso, que es tapona el intelecto, desorienta en el ámbito social y juega a favor del más morboso de los deseos de la criatura humana, como es la nostalgia que está en el origen de las afecciones psíquicas.

El profesor Loy se ha dado a enseñar rancias ilusiones, como son las arcaicas producciones creadas por los hombres de todas las épocas motivados por el deseo de suturar la herida narcisista que sufre el Yo por no ser amo en su propia casa, y recuperar el objeto perdido para siempre y por eso causa del deseo: el objeto a.

Como muchas otras personas que deambulan extraviadas en la hipermoderna sociedad presidida por el seudodiscurso Capitalista, quizá el doctor Loy buscaba una orientación para su existencia, pero lo que encontró fue un síntoma a la medida de su goce. Es decir, halló la horma del zapato del malsano goce al que aspira la pulsión de muerte, un síntoma, en suma, que el pensamiento inconsciente hizo creer al Yo-consciente de este profesor que podría erradicar los síntomas que lo embargaban.

Entre los innumerables aspectos de la sociedad que le pasaron por alto a este maestro zen ordenado en Japón y profesor de Filosofía, uno fundamental es que el Otro social no ampara, al extremo de que está bien plantado y mejor dispuesto a engatusar al sujeto desprevenido, tanto más si ese sujeto sufre el malestar y la desorientación que genera el declive de la Función-del-Padre en la hipermodernidad.

José Miguel Pueyo
Madrid – Girona, 31 diciembre de 2015






















































































sábado, 26 de julio de 2014

Nota sobre La Casa de la Palabra


Acaba de inaugurarse oficialmente, en Barcelona, este local cultural, el cual, según su promotor, Salvador Foraster, «Nace de la necesidad de que haya (en la ciudad) un espacio que no solo se dedique al psicoanálisis, que se abra a otras disciplinas.»

Ocurre, empero, que no ha sido de otra manera, desde hace ya algunas décadas, y no sólo en Barcelona. La novedad
es pues relativa; siendo el mismo promotor de la idea que ahora ve la luz quien recuerda las actividades realizadas en el Palau de la Virreina. En otras palabras, la oferta de La Casa de la Palabra quizá no se diferencie demasiado de las conocidas y habituales charlas, coloquios, debates y/o conferencias que se organizan en centros culturales de desigual carácter, en instituciones públicas y privadas, o en salas de conferencias en librerías, acerca de la relación del psicoanálisis con otras disciplinas. Las iniciativas sobre lo que otras disciplinas enseñan al psicoanalista, mas también lo que puede aportar a algunas de ellas, por ejemplo, al arte, la sociología, la educación, la política, la religión, la postmodernidad, etc., etc., la disciplina que inaugura Freud en el recodo de los siglos, son asimismo organizadas desde hace muchos años por las asociaciones de psicoanálisis en sus respectivas sedes, actividades que se enmarcan, como es conocido, en el Psicoanálisis en Extensión.




Catalina Gayà
Salvador Foraster











Que Catalina Gayà vea un buen presagio en la conservación de un olivo existente en este nuevo local cultural, que es al mismo tiempo librería, tal vez tampoco sea suficiente para dejar al margen lo que acabo de señalar. La connotación religiosa -sin entrar en la del olivo- grabada en el frontispicio del local (La Casa de la Palabra), quizá tenga alguna relación con el hecho que se inaugure con una entrevista a un monje de la Abadía de Montserrat. Sea como fuere, entiendo que no es dable hablar de «vasos comunicantes» para referirse a la herramienta que permite saber qué es eso que responde al nombre de cultura, pues como es igualmente conocido el psicoanálisis da luz a los discursos que la conforman.

Con los mejores deseos, José Miguel Pueyo

Girona, jueves 24 de julio de 2014

martes, 24 de junio de 2014

La luz que ofusca el pensamiento de la doctora Ana María Oliva



No podía empezar peor la profesora en el Instituto en Bioingeniería de Catalunya, –entiende un entrañable amigo de múltiples y aun, en ocasiones, acalorados debates. ¿Por qué?, pregunto con desbordante ingenuidad. ¡Mira que sacar a colación el ama en este asunto!, «Mi célula más vieja tiene cinco años y mi alma es eterna.»


Ana María Oliva

Pase la referencia religiosa –añade mi amigo–, y aunque no seré yo quien haga más estillas del tronco caído, no crees tú –continua– que sólo quien no sepa lo que acontece en este mundo puede concluir que «Si no ves a Dios en todo…, no ves nada». (Mi amigo me acerca una entrevista realizada por Víctor-M. Amela a la doctora Ana María Oliva, «Cada pensamiento cambia tu biocampo electromagnético», La Contra. La Vanguardia. Jueves, 19 de junio de 2014, y su lectura me permite coincidir con su análisis. Añade mi amigo que no espere nada mejor del libro objeto de la entrevista, Lo que tu luz dice. Un Viaje desde la Tecnología hacia la Consciencia. Editorial Sirio. Barcelona. 2014. Veremos.)






¿Quién soy?
Todo indica que para la Directora en Instituto Iberoamericano de Bioelectrografía Aplicada, además de Business Partner en Lyoness AG, el aspecto más importante y, por consiguiente, definitorio de la naturaleza humana es la materia, y la materia en tanto energía. Escuchémosla: «Materia es energía, mesurable en frecuencias de ondas, invisibles unas, visibles otras… ¡Luz!»… «Como el universo, somos hologramáticos: cada parte contiene la información del todo.»

Causa sonrojo –apunta mi amigo– tener que recordar que la materia es importante, pero en modo alguno, y tampoco como energía, constituye un factor decisivo y menos definitorio del sujeto humano. No somos fundamentalmente «holo», tampoco «halo», y menos «aura», como imagina la doctora Ana María Oliva.

Siguiendo con lo que es más que un juego de palabras, es dable señalar que si algo somos los sujetos humanos –añade mi amigo– es «gramáticos». ¡Pues que sería del bebé, baste indicarlo así, si se le impidiese aprender a hablar, qué sería el ser humano sin la palabra, sin el lenguaje, tan singular que nos diferencia radicalmente de los otros animales. En fin, que sería de nosotros sin el Otro, sin ese lugar inconsistente por la falta de un significante, o sea, sin el Inconsciente que, como ámbito psíquico de la palabra y del deseo, determina cuanto hacemos, pensamos y deseamos. Sin el Otro del lenguaje, en el mejor de los casos estaríamos ante el niño salvaje conocido como Víctor de Aveyron.


Niño salvaje, Víctor de Aveyron


Esta doctora en Biomedicina por la Universitat de Barcelona, parece desconocer ese aspecto esencial y fundamental, y necesario también para quien se proponga decir algo congruente y cierto acerca del sujeto humano. Es más, hace suyas, –no sé si es consciente de ello–, algunas tesis filosóficomorales antiquísimas, trasnochadas y, conforme a la malsana tendencia al goce de los seres humanos, resucitadas por los acólitos de la espiritualidad, grupo de iluminados entre los que contabilizan algunos físicos cuánticos. Ninguno de ellos muestra conocer al griego Pitágoras de Samos, y así es también respecto al celebérrimo Platón. Conocerlos significa advertir sus ideas sobre la relación entre el alma individual y el Alma del mundo, siendo aquella, según tan egregios personajes de la cultura, una parte desprendida de esta última. En suma, según el pensamiento especulativo de estos filósofos, no ajeno a un patológico narcisismo y demostrando un inconmensurable horror a la separación del otro que nos hace autónomos, no somos sino una parte del Todo, del Universo.


¿Qué ofrece el campo bioelectromagnético, o con mayor precisión si cabe, qué promete el análisis del aura?
Muchas y ninguna de ellas despreciable. Quien lo asegura es la doctora Ana María Oliva. En su pintoresco modo de ver la realidad sigue de cerca las delirantes conclusiones del director del Instituto de Investigación de la Cultura Física, de San Petersburgo, Konstantin Korotkov, quien creyó haber fotografiado el espíritu o el alma dejando el cuerpo en el instante de la muerte. En realidad, nada hay de místico o transcendental en su experimento, pues se trata de la visualización de descarga de gas (Gas Discharge Visualization), una técnica avanzada de fotografía de Kirlian, método que muestra, en tomos azules, la energía, digámoslo así, que en último suspiro deja el cuerpo.

En primer lugar, a las creencias apuntadas habría que añadir un gravísimo atentado contra la epistemología y la clínica, como es afirmar que el estudio del aura arroja datos diagnósticos incuestionables, «el biocampo corporal… la imagen electrofotónica… [en suma, el aura, dice], vigila tu páncreas, tiroides, colon y aparato urogenital. Y veo triste tu corazón.»

En segundo lugar, la doctora Ana María Oliva sigue a Korotkov en la idea, por demás conocida, de los efectos de algunos alimentos, el agua, las bebidas alcohólicas e incluso los cosméticos, quien llegó a afirmar que el aura de los norteamericanos presenta la negatividad de muchos de los alimentos que consumen. En la crítica a esa cultura tecnológica, Ana María Oliva llega a sostener que «si empuñas un vaso con licor, tu aura se resiente. Si lo bebes, aun más… Sí. El campo energético del licor altera tu biocampo». (Lo que no dice esta doctora es la diferencia que ejerce en el organismo entre el wisky de siete euros la botella y el Glenrothes 16. Se lo preguntaremos, –dice sonriendo mi amigo–, no tanto para dejar el espirituoso licor sino más bien por si tuviera que cambiar de marca.)

Aspecto distinto, por lo que tiene de verdadero, es que la palabra afecta al cuerpo. Los psicoanalistas, desde Freud, lo conocemos y lo observamos a diario en los analizantes. Mientras que apelar al uso de las buenas palabras con la esperanza de que algo cambie, estructuralmente hablando, como asegura Ana María Oliva, hace pensar más en un consejo de tertulia televisiva que en una recomendación con criterio científico. Y, en realidad, qué otra cosa cabe decir cuando uno escucha «Un día, parodiando y burlándome de los que hablan suave, empecé a decir “dime, amor”, “hola, cariño”, “bonito, cielo”… ¡Y…cambié!... “Se dulcificó mi carácter” Ahora llamo a todo el mundo “corazón”… ¡y me hago bien!»

La sugestión mueve montañas. Cierto, pero no es menos que su duración en tan breves como rápidos son sus efectos, y que sus secuelas suelen duplicar al menos el padecimiento originario y siempre la ignorancia. Más siendo uno libre, también es responsable, como no se dice menos, de responder a su malestar con los paliativos que considere oportunos.

Pese a los distales, estamos de acuerdo con la doctora Ana María Oliva en algo que asevera, «Tu sistema de creencias te construye». Y es que a ella, también en este caso, han sido sus creencias las que le han hecho llegar hasta donde ha llegado.

José Miguel Pueyo

Blanes, 22 de junio de 2014

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