domingo, 12 de enero de 2014

Freud pudo cambiar el macabro rumbo de la historia. (O de una recomendación psicoanalítica desatendida).


El 4 de junio de 1938 Sigmund Freud (6 de mayo, 1856-1939, 23 de setiembre) abandonó su casa de Berggasse, nº 19, en el distrito urbano de Alsergrund, de la ciudad de Viena, donde había vivido entre 1891 y 1938, para no regresar jamás. En su exilio a Londres le acompañaban su esposa Martha Bernays y su hija Anna, y en sus maletas no faltaban cartas, libros y algunos recuerdos que eran testimonios de su vida. A bordo del Expreso de Oriente, Freud cruzó la frontera de Francia y dos días más tarde llegó a la ciudad el Támesis. 




El año 1933, los libros de quien desde 1923 padecía un cáncer de mandíbula que no interrumpió su brillante carrera y sus extraordinarios descubrimientos sobre el espíritu del hombre y sus producciones, fueron quemados en la plaza pública por los nazis en Berlín. 












Quizá Adolf Hitler se vengaba así de una recomendación de Freud cuando él tenía tan solo cuatro años: «el pequeño Adolf debe ser ingresado en una clínica metal».



 


Se conoce que la Gestapo obligó al primer psicoanalista a firmar un documento en el que constaba que había sido tratado con respeto, de acuerdo con su reputación científica, y se le había permitido trabajar en total libertad. Y se afirma, por otra parte, que Freud, haciendo gala de peculiar humor y singular carácter, pidió permiso para agregar una frase al texto: «De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquiera.»





                                  

Freud recomendó internar al pequeño Adolf Hitler cuando apenas tenía 6 años de edad, para que fuese tratado adecuadamente de los síntomas histéricos, obsesivos y paranoicos que presentaba.



Una reciente investigación reveló que el médico de la familia Hitler recomendó a instancias de Sigmund Freud que Adolf Hitler, fuese internado en un instituto de salud mental para ser tratado de sus comportamientos patológicos.

Según el estudio realizado por el escritor británico Laurence Marks, estudioso del psicoanalista Sigmund Freud y de sus obras, detalla que Freud recomendó en 1895 que el pequeño Adolf fuese internado en un instituto de salud mental para niños de Viena.

Todo comenzó cuando el médico de la familia Hitler, el austriaco Eduard Bloch (1879-1945), le preguntó a Freud qué hacer con el pequeño Adolf, que sufría de frecuentes pesadillas caracterizadas por caídas en abismos profundos y persecuciones en las que era capturado y azotado hasta desear la muerte; esto venía acompañado por conductas inapropiadas.

Sin embargo, el padre del niño, Alois, rechazó el consejo de Freud. Según Marks, lo decidió así para evitar cualquier examen médico que evidenciara el maltrato psicológico y físico que sufría su hijo. «Le gustaba humillar a su hijo. En una muestra de rebelión, Adolf, entonces de seis años, trató de escapar de su casa durante la noche, saltando por una ventana. Se desvistió para salir con menos ruido, pero quedó enganchado. Su padre lo oyó y llamó al resto de la familia para que se rieran de él. Adolf lloró durante tres días», relata Marks en su estudio.

Ante semejante historia, es inevitable preguntarse ¿qué hubiera ocurrido si el padre de Adolf Hitler hubiera aceptado la recomendación de Freud? ¿Qué hubiese pasado si el entonces sufrido niño hubiese sido analizado? Es casi forzoso pensar que, muy probablemente, la historia mundial hubiera cambiado y el holocausto, con sus miles de muertos y sufrimiento humano sin igual, nunca se hubiese producido. Claro está que nunca lo sabremos.

José Miguel Pueyo
Girona, 12 Gener del 2014

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