martes, 11 de marzo de 2014

Comentario a una entrevista de Pablo E. Chacón al psicoanalista barcelonés Miquel Bassols i Puig


Una persona conocida me ha llamado la atención sobre una entrevista que con el título «Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre» había leído en la red social Facebook, (publicada previamente en Télam. Agencia Nacional de Noticias. Argentina. 26/02/2014). La entrevista la había realizado Pablo E. Chacón al psicoanalista barcelonés y vicepresidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Miquel Bassols i Puig. Mi amigo requería mi opinión sobre la misma, y añadía que no siendo él psicoanalista le eran conocidas muchas ideas que allí presentaba Miquel Bassols. Me explicaba extrañado, además, que no entendía como aquel psicoanalista no había presentado las aportaciones del psicoanálisis a esa forma de criminalidad que es la corrupción y a la culpabilidad, que hubiera despachado aquel asunto con ideas de otras disciplinas, y que incluso en eso presentaba deficiencias, ya que había pasado por alto las tesis de la filosofía, las neurociencias y el discurso jurídico, por ejemplo.    

   


  
Pese a mis ocupaciones cotidianas, he logrado hurtarles unos minutos y así poder complacer la solicitud de mi amigo, dado que por diferentes motivos la creo relevante.

Lo primero que me ha sorprendido de la crítica de mi amigo es que Pablo E. Chacón afirmara en las primeras líneas de la entrevista que «El psicoanalista español Miquel Bassols Puig despeja en esta entrevista la condición de estructura entre la corrupción y el sentimiento de culpa, y diferencia (esa condición) en las tradiciones católicas, protestantes y sintoístas»; y que el mismo entrevistador añadiera un elogio no menor, «El catalán, autor de varios libros publicados en Argentina, es de una claridad meridiana en su discurso. Es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).»

Así pues, la primera cuestión que me planteó (y que me sedujo) de esta entrevista es que o bien la crítica de mi amigo estaba fuera de lugar, o que el que estaba equivocado era el entrevistador. Pues como acabo de señalar, Pablo E. Chacón afirmaba que «El catalán, [Miquel Bassols]… es de una claridad meridiana en su discurso… y despeja en esta entrevista la condición de estructura entre la corrupción y el sentimiento de culpa». Cabía la posibilidad, no obstante, de que Pablo E. Chacón se hubiese excedido en su elogioso comentario («claridad meridiana… despejar la estructura…»), hecho que, como es conocido, es frecuente en algunas ocasiones. Veamos de qué se trata.

La primera pregunta de Pablo E. Chacón merecía una previa
Tanto es así porque, como vamos a ver, emite un juicio al dar por sentado que las relaciones entre la corrupción y la culpa son paradójicas:

Télam: ¿Por qué serían paradójicas las relaciones entre la corrupción y la culpa?
La respuesta de Miquel Bassols es la siguiente:
M. Bassols: La paradoja empieza con la idea de que los corruptos son siempre los otros y que eso nunca es responsabilidad mía. Sigue con la idea de que el corrupto lo es con el único fin de un beneficio y de un goce propios. Y sigue todavía más con la idea de que el corrupto nunca se siente responsable, de que es alguien sin escrúpulos, sin sentimiento alguno de culpa, alguien que goza como nadie con el beneficio de su secreta corrupción. 

Expondré ahora cuál es la contradicción que advierte Bassols en el asunto de la corrupción y la culpa y, a continuación, presentaré mis objeciones a sus consideraciones. Pues bien, entre la corrupción y la culpa, según este psicoanalista barcelonés, hay una paradoja básica y fundamental: que el corrupto no se siente culpable.

¿Qué cabe decir de la respuesta de Miquel Bassols? Señalaré, en primer lugar, lo evidente:

 1º. GENERALIZACION. Bassols asume que siempre hay una paradoja entre corrupción y      culpa: «Que los corruptos son siempre los otros y que eso nunca es responsabilidad mía». 
El error aquí es la generalización. Se le puede objetar a Bassols que no todos los corruptos piensan que los corruptos son los otros; y también que al menos algunos de ellos saben que la responsabilidad es suya. (¿Quién desconoce que está cometiendo un delito cuando recalifica terrenos, cuando echa mano al erario público, cuando abusa del poder, etc., etc., sin duda algún corrupto con estructura psicótica, pero y los otros!).

  2º. DEMANDA DE PRECISIÓN. Si Bassols piensa que se equivocan los que sostienen «que el corrupto lo es con el único fin de un beneficio y de un goce propios», se le podría reclamar, obviamente, una especificación acerca del beneficio y el goce propios, pues ambos pueden estar en la dirección contraria de lo que habitualmente se entiende por placentero y beneficioso. (Y de hecho, para algunos corruptos el placer y el beneficio abren la vía de un deseado castigo: el corrupto puede estar buscado su propio castigo).

Una vez presentadas estas objeciones no puedo sino dar la razón a mi amigo. Tanto más porque Bassols añade a su consideración inicial una aseveración críptica y contradictoria, de corte sociopolítico, que complica su argumento inicial sin resolver como se articula con esta nueva dimensión: «Si esto fuera tan cierto, la historia no estaría tan sembrada de corrupción explícita, de una corrupción socialmente permitida, cuando no promovida desde la propia política». Es también por esta última consideración, que se puede hablar de abusivas generalizaciones. Las generalizaciones, además, suelen ir en dirección contraria a lo que la clínica psicoanalítica enseña, clínica que Bassols, cabe pensar, intenta defender, aunque en esta ocasión con poca fortuna.

Por otra parte, resulta curioso que un psicoanalista no atisbe nada mejor para aclarar la relación entre la corrupción y la culpabilidad que afirmar que la corrupción no se puede justificar en base a la opinión de «Alguien tan políticamente correcto como Winston Churchill, quien pudo decir, no sin cierto cinismo, aquella frase que cité y que hoy ningún político osaría defender: Un mínimo de corrupción sirve como lubricante benéfico para el funcionamiento de la máquina de la democracia. O también: Corrupción en la patria y agresión fuera, para disimularla?». Ejemplos de esa naturaleza, como acertadamente señala mi amigo, lejos de despejar la relación entre la corrupción y la culpabilidad lo que hacen es hurtar al lector lo que el psicoanálisis descubre sobre este delicado y nunca más actual asunto. Añadiré que no sirve para gran cosa sostener, como hace Bassols, que «El problema no es tan sencillo, pero todos hemos escuchado casos de corrupción llevada a cabo con las mejores de las intenciones. Quienes han estudiado el fenómeno, como Carlo Brioschi en su Breve historia de la corrupción, han tenido que ponerse a cierta distancia de algunos prejuicios. No ha habido, en efecto, ninguna época de la historia sin una dosis de corrupción en los distintos ámbitos sociales y políticos.»

Imposible pues quitar la razón a mi amigo, más cuando Bassols, lejos de ir al grano, se atasca en aclaraciones insustanciales, y pasa por alto, como he apuntado, las aportaciones del psicoanálisis a la cuestión planteada.

En una primera aproximación a la relación entre corrupción y culpabilidad hubiese bastado con introducir aspectos históricos y sociológicos. Aunque, eso sí, sin dejar al margen la antigua tradición de la astucia y la pillería que tan magníficamente nos recuerdan los autores del Lazarrillo de Tormes y de La Celestina, por mencionar lo que pocas personas ignoran. Tampoco es ajeno a la corrupción y a la culpabilidad la asunción de dichos populares como Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, o La ocasión hace al ladrón, expresiones que sirven de excusa a la deplorable corrupción. Y por qué no mencionar siquiera alguno de los aspectos juridicopolíticos que animan a esa extendida lacra social, como el declive de la democracia por los abusos de poder, la politización de la judicatura, la doble vara de medir de la justicia, las listas cerradas de los partidos políticos, la endogamia institucional/izada, la larga permanencia en la cosa pública que propicia que una persona no tenga otro medio para enriquecerse que la política misma, etc., etc.,; motivos suficientes para que algunas voces demanden la remoción absoluta de las élites, mientras que para otras la solución vendría de la regeneración del sistema. Ya en otro plano, más profundo, como diría mi amigo, o si se quiere más estructural, no hubiese estado de más remitir al lector, siendo como es una referencia fundamental y esencial en este asunto, al descubrimiento que Freud presenta magníficamente en el artículo «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor psicoanalítica», 1916, como son los que fracasan al triunfar, los de excepción, y los delincuentes por sentimiento de culpa, y subrayar, a continuación, que los años no pasan por ese texto. En efecto, el psicoanalista de hoy sigue verificando, más allá del hecho de que nadie es decente de nacimiento, que algunas personas pueden delinquir porque ven (es como si vieran mejor dicho) en el castigo una nueva oportunidad de reparar un fallo esencial en la conformación de su subjetividad. Sucintamente, y sin entrar en mayores detalles, sería como sigue. El Otro/Inconsciente de algunos delincuentes es como si pensara que el castigo puede reparar (a posteriori) la función normativizante  (prohibición del incesto o Ley primordial que supone el castigo/coherción por el deseo del goceTodo: deseo incestuoso respecto a la madre; deseo criminal hacia el padre) que el padre del delincuente no efectuó adecuadamente en el tiempo del complejo de Edipo. En otros términos, es por el fallo de la Función-del-Padre que algunas personas se ven a merced de fuerzas internas en modo alguno bondadosas para ellos y para el prójimo; y es ese fallo el que determina a algunas de ellas a delinquir; y las determina también, paradójicamente, a buscar a alguien (la autoridad) para que repare la Función-del-Padre que tenía encomendada el padre en el tiempo del complejo de Edipo: la exclusión del Inconsciente/Otro de la inclinación de la criatura humana al goce sintomático y mortificante. Por consiguiente, el inconsciente opera en esos casos a posteriori con ese apaño/sinthome del síntoma (corrupción, en esta ocasión). Es como sí el inconsciente, en su función homeostática, creyese que la pena/castigo es la posibilidad (el pago necesario, por decirlo así) de purgar el goce que habitualmente conduce al sujeto humano a lo peor, en fin, la solución al fallo de Función-del-Padre. Pero si bien esta solución, -que habría que diferenciar en las psicosis, en las neurosis y en las perversiones-, puede ser reconocida como bondadosa, por lo que el Otro/Inconsciente en esta ocasión sería bueno, sólo puede ser imaginaria. (El gran inversor de Wall Street, Bernard Madoff, espetó a los agentes del FBI cuando llamaron a su puerta, «Ya era hora, por fin, que me cogieran…, no podía soportar por más tiempo este calvario»). Recurrir al delito para aliviar la culpa inconsciente acontece también en algunos niños que buscan accidentarse, y ocurre también en los jóvenes, pues como aquellos algunos buscan ser castigados porque sólo eso les calma.

El psicoanalista no puede dejar de plantear la corrupción como alteración/transgresión de la Ley primordial del incesto, y también por este motivo en algunos casos como una forma de perversión. Como perversión, la corrupción respondería a la denegación de una realidad cara para el narcisismo y, por lo mismo, el deseo del perverso, a diferencia del neurótico, se dirige al goce. Tanto es así que lo que rechaza el perverso es la castración simbólica, por consiguiente, el desmentido es de la falta del Otro/Inconsciente, hecho que denuncia el horror del sujeto humano al vacío/castración. De ahí el rechazo de la carencia ontológica del ser, como suelen decir los filósofos. Me viene a la cabeza el mito griego de las danaides, musas condenadas a llenar una tinaja agujereada, del que Platón, en el Gorgias, plantea como imagen de la insaciabilidad del alma y por ello fácilmente corruptible y abandonada a la concupiscencia. Y es que este mito ejemplifica bastante bien el error del corrupto en tanto que puede perseguir lo imposible: obturar su falta-a-ser, la insatisfacción estructural del sujeto humano, mediante los objetos de la realidad. Se constata frecuentemente, como he indicado, que al no haberse producido adecuadamente la separación/castración simbólica, algunas personas aspiran al goceTodo que caracteriza a la corrupción-perversión. A ello puede coadyuvar, y de hecho así ocurre muchas veces, la ocasión, («La ocasión hace al ladrón»), pero no sin esa razón patológica que es el fallo de Función-del-Padre. (Este factor causal, en la postmodernidad, merece, desde el psicoanálisis, nuevas consideraciones).  
Paso así a la segunda pregunta de Pablo E. Chacón a Miquel Bassols que, como la anterior, tiene un carácter aseverativo.

Télam: Y esta extensión de la corrupción viene siempre acompañada de un secreto, el sentimiento de culpa.

Alguien podría pensar que con esta pregunta el criterio de mi amigo se tambalea. Sin embargo, la claridad e importancia de la pregunta no tiene parangón en la respuesta. Yo no sé si las deficiencias proceden del lema que dice que «No hay que contestar a la demanda en los mismos términos en que está formulada», fórmula que en ocasiones cumple la función de resguardar el cuerpo y casi siempre el narcisismo del psicoanalista, o deriva de otro tipo de incomprensión. Lo que sí sé es que mi amigo sigue teniendo razón. Así es también cuando recalca que Bassols desaprovecha la oportunidad que le brinda el entrevistador, pero no sólo por la levedad de sus consideraciones, sino también porque no permite que el lector conozca las importantes aportaciones del psicoanálisis a este asunto; en cuanto a los psicoanalistas, creo que nada que no conozcan advertirán en esta entrevista. Veamos algunas de las consideraciones de este psicoanalista barcelonés.

M. Bassols: Corrupción y sentimiento de culpa parecen así una pareja inseparable… el corrupto perfecto sería alguien que no sentiría culpa en ningún caso, es decir, un verdadero perverso… existe una especie diagnosticada por el mismo Freud como delincuentes por culpabilidad. Son los que delinquen o se corrompen para satisfacer un sentimiento inconsciente de culpa…

La crítica de mi amigo se fundamenta también en la exigüidad de respuestas como esta última a cuestiones cruciales. Y del mismo modo que dista de ser despejada la condición de estructura de la corrupción y del sentimiento de culpa, tampoco puede ser favorable la crítica respecto a la diferencia (esa condición) en las tradiciones católicas, protestantes y sintoístas.
Veámoslo en algunas consideraciones de Bassols a la siguiente pregunta.

Télam: ¿Podría usted extender esa idea de que en los países de tradición luterana los estragos de la corrupción son menores que en los de tradición católica? Esa idea, ¿condenaría a los países del sur? ¿Y qué pasa en los Estados Unidos?

M. Bassols: …es cierto que hay una importante diferencia entre la lógica del discurso católico y la lógica del discurso protestante… La tradición católica de la confesión de los pecados y de su posterior absolución -por supuesto, siempre en el ámbito del sacramento de la confesión-, propicia sin duda la impunidad del goce. Puedo permitirme mejor una falta si preveo su confesión y su posterior absolución, algo absolutamente fuera de lugar en la tradición protestante, que abomina de la confesión, especialmente de la confesión privada… cuando no se confiesan los pecados o se intenta negar la culpa, se paga un precio. El caso reciente del Rey Juan Carlos apareciendo en la televisión española pidiendo disculpas con su me he equivocado y no volverá a ocurrir, después de haberse hecho pública su afición a la caza de elefantes, es un ejemplo… La disculpa pública, impensable en una monarquía de antaño, ha tenido cierto efecto, entre patético y pacificador… También se pasa a veces del mayor escándalo a la complacencia más secreta... En todo caso, y para añadir más diferencias a las distintas tradiciones que articulan faltas, corrupciones y culpas, no debemos dejar de lado al Japón, donde la tradición sintoísta implica una relación con el honor que puede hacer imperdonable seguir viviendo después de haberse descubierto una falta por corrupción. El honor japonés parece preferir el suicidio a la confesión o a la impunidad del goce. Y hay que señalar que el fenómeno llamado globalización está difuminando cada vez más las fronteras entre países y tradiciones, entre costumbres del norte y costumbres del sur, entre orientales y occidentales. Estamos ya en la época de la post-humanidad, como ha dicho Jacques-Alain Miller en alguna ocasión, donde la primera corrupción, la más generalizada, sea tal vez la corrupción del lenguaje mismo a escala global. Hay palabras que pierden su poder evocador, hasta de interpretación.

No sé yo cómo Bassols podría «extender» lo fundamental y esencial de lo que ha dicho en la respuesta que precede a esta. Así es porque entiendo que no ha presentado nada que tuviera el carácter de «fundamental y esencial» acerca del asunto en cuestión. En fin, ahora son otras sus consideraciones, pero como ya viene siendo habitual deja de lado las aportaciones del psicoanálisis al asunto en cuestión. Veámoslo brevemente.

1º) La diferencia entre la lógica del discurso católico y la lógica del discurso protestante es conocida; mientras que la confesión de los pecados y su posterior absolución en la tradición católica apostólica romana no es una explicación psicoanalítica al asunto de la corrupción y la culpabilidad.
(Por otra parte, cuando en el ámbito del psicoanálisis se menciona la confesión cabe aclarar –aún- que nuestra práctica nada tiene que ver con ese sacramento, ya sea público o privado. Tampoco está de más subrayar que la confesión de los pecados -de la acción criminal, por ejemplo- poco o nada puede contra la tendencia del deseo al goce, o si se quiere contra la inclinación a ese más allá del principio del placer, que, como es conocido, es tenido por un bien por algunas personas en algunos momentos de la vida).

2º) Nada que apuntar sobre la tradición sintoísta; pero siendo que el honor japonés prefiere el suicidio a la confesión y a la impunidad del goce, nada impide especificar los efectos de la globalización en esa y otras tradiciones.

3º) Mi amigo y yo mismo echamos de menos en esta entrevista a algunos psicoanalistas que han trabajado la relación entre la corrupción y la culpabilidad. Pero casualidades de la vida, nunca falta, también en esta ocasión, la referencia a Jacques-Alain Miller. El problema para el lector desprevenido es que puede imaginar que el yerno de Lacan tiene la última palabra sobre en este asunto. Miller, como dice mi amigo, es tan merecedor de aplauso como otros psicoanalistas. Pero en lo que Miller tenía que haber sido extraordinariamente cuidadoso no lo fue. Al contrario, falló estrepitosamente: la edición de los seminarios de Lacan, tal como ha reconocido mi amigo, es un desastre. Y no sólo por las cuestiones formales de la edición, pues sin entrar en detalles adolece de introducciones adecuadas, de glosario y tampoco presenta un pequeño diccionario del seminario que se trate. Por consiguiente, cuando uno regala uno de los seminarios de Lacan, no sólo suele quedar mal sino que habitualmente añade un crítico a nuestra disciplina. (Ni que decir tiene lo negativo que ha sido para la extensión del psicoanálisis esa manera de entender cómo debían ser publicados los seminarios de Lacan).
Paso así a la siguiente pregunta de Pablo E. Chacón.

Télam: Usted dice que el tráfico de influencias o prebendas está sancionado socialmente (en las formaciones luteranas) pero después dice que comprada la absolución, ésta puede tomar un matiz mimético, sin respetar tradiciones.

M. Bassols: El tráfico de influencias está sancionado socialmente, incluso en el sentido de prohibido, pero en muchos casos también está regulado de forma más o menos institucionalizada… el fenómeno que llaman ley de reciprocidad responde al hecho de que -especialmente en política económica pero no sólo en ella-, no hay ningún favor desinteresado, nada se hace por nada. Gozar de una prebenda estará entonces siempre justificado y la supuesta reciprocidad se contagia entonces como un ideal muy singular, según el cual cada uno piensa que debe gozar de lo mismo que goza el otro. ¡Si el otro puede gozar de ello yo también! Este es por otra parte el principio de la publicidad, y también el principio de la corrupción. Pero en realidad no hay nada tan singular, tan irrepetible y tan inimitable como el goce de cada uno, empezando por el goce sexual. Es lo que Jacques Lacan llamó el goce del Uno. Y esto es algo que atraviesa siglos y tradiciones, lenguas y fronteras, y cada vez de manera más rápida en nuestro mundo de realidades virtuales. Cuando uno ve en qué se gastan a veces los beneficios de la corrupción, la cuestión tiene un lado tragicómico. Es la inutilidad del goce.

Pese al acierto de esta consideración, sin duda la pregunta de Pablo E. Chacón merecía una mención (al menos una pequeña mención en el lugar otros aspectos insustanciales que apunta el entrevistado) al abuso del poder por parte de las instancias religiosas. ¿Por qué olvidar, por lo mismo, la pedofilia, denostable forma de corrupción protagonizada por las mismos individuos que nunca se han cansado de predicar normas morales y mandamientos, muchas veces haciéndolos respetar con el hierro de la espada! ¿Y por qué dejar al margen el abuso del poder político y de las mayorías parlamentarias, uno de cuyos conocidos ejemplos es la mencionada politización de la justicia, siendo que afean el retrato de la ley y de la democracia y que pueden dar lugar a lo contrario de la pacífica convivencia entre la gente! Desde esta perspectiva se puede entender algunas consideraciones sociológicas, históricas y jurídicas, así como las prebendas y la imitación, aspectos de los que Bassols tampoco presenta ningún fundamento psicoanalítico destacable. De ahí también la aguda crítica de mi amigo, pues sus conocimientos de historia, de filosofía y de derecho le hacen sonreír cuando Bassols presenta lo que es conocido por historiadores, filósofos, sociólogos y juristas. Es cierto, por otra parte, que el goce es singular. Pero el goce singular e inútil de algunos políticos, banqueros y/o empresarios es frecuentemente calvario para muchos; mientras que la desafección ante lo político, que promueve el auge de la ultraderecha en Europa y que afecta a las instituciones democráticas y los derechos que no sin esfuerzo nos hemos dado los ciudadanos, deja a muchas personas en la indefensión.
Sigamos con otras cuestiones.

Télam: Se lo pregunto (también) a la luz de la teoría del chivo expiatorio que desarrolló René Girard.

M. Bassols: El deseo que está en el principio de los vínculos y conflictos humanos no puede reducirse a la mera imitación de un modelo en el sentido de la mimesis a la que se refiere Girard, fenómeno imaginario que puede darse también en los animales… Un animal puede imitar una conducta, aprenderla siguiendo un modelo, pero esto no quiere decir que esté habitado por un deseo, que pueda llegar a subjetivarlo, que pueda dividirse ante él o incluso rechazarlo como una parte de sí mismo… En este punto, la fórmula de Jacques Lacan, el deseo es el deseo del Otro, va mucho más allá de la idea de un deseo mimético… No, no es por imitación que funciona el deseo ni tampoco el fenómeno de la corrupción. Más bien funciona por el contagio de una forma de goce, lo que es muy distinto. La idea de Girard del chivo expiatorio es una forma de entender la segregación del goce del Otro, ese goce que siempre nos parece bárbaro, distinto, heterogéneo, hasta llegar al racismo. Hoy el chivo expiatorio puede ser el inmigrante, pero también la mujer maltratada.

Sobre esta respuesta de Bassols sólo indicaré que es cierto que «… no es por imitación que funciona el deseo ni tampoco el fenómeno de la corrupción. Más bien funciona por el contagio de una forma de goce, lo que es muy distinto». Puedo entender lo que dice Bassols, pero no estoy seguro que muchos lectores sepan a qué se refiere con «segregación del goce del Otro»

La pregunta siguiente, que constituye una suerte de continuación de otra precedente, adolece nuevamente de una respuesta psicoanalítica adecuada.

Télam: Si la corrupción es un hecho de estructura, ¿será acaso porque el sistema de jerarquías que ordena una sociedad jamás es igualitario?

M. Bassols: Por supuesto, la jerarquía no será nunca igualitaria. La corrupción puede entenderse por este sesgo, siguiendo un eje vertical en las relaciones sociales de poder. Pero la corrupción es también y sobre todo un fenómeno vinculado al reconocimiento entre pares, entre sujetos de una misma clase, sea cual sea esa clase, siguiendo su horizontalidad y según la ley de reciprocidad a la que antes aludíamos… Es algo que Lacan anticipó de manera sorprendente en los 60, cuando el ideal comunitario, especialmente el de la Comunidad Europea, parecía la promesa de una integración en condiciones ideales de igualdad, incluida también la Europa del Este… Parece un virus para el que no encontramos antídoto. El psicoanálisis propone una ética del deseo, lo que supone siempre una pérdida de goce, y eso es siempre una buena vacuna contra la corrupción.

En relación a esta respuesta de Bassols, diré, en primer lugar, que considero que a la mencionada ley de la reciprocidad le debe seguir la no menos importante de los mínimos dignos. Significa esto que la desigualdad en razón de la desmesura económica de los altos ejecutivos y empresarios -sabido es que el ranquin de Forbes ratifica que el mundo tiene hoy más personas ricas que nunca-, no es tan destacable como que las clases inferiores dispongan de los mínimos dignos económicos, sociales, jurídicos y culturales que la democracia y la época tecnológica permiten. (Lo cual no quiere decir, evidentemente, que los corruptos sigan robando a espuertas).
Por otra parte, ¿cómo no contemplar la rica aportación del psicoanálisis a los muchos e importantes retos que tiene la postmodernidad! El pseudo discurso capitalista, -presentado por Lacan, si la memoria no me falla, en la Universidad de Milán el año 1971-, creo que era algo a destacar; mientras que la ética del deseo merecía otro el tratamiento, más cuando constituye la segunda gran subversión del psicoanálisis, después de la que opera Freud con el Yo-consciente, ya que desde entonces y parafraseando al primer psicoanalista, el Yo ya no es amo en su propia casa. La ocasión invitaba a hablar asimismo de la regeneración del sujeto humano. Y es que ya se trate de las relaciones humanas, de estas o de aquellas instituciones, y, por supuesto, de la política en general, la regeneración no puede venir sin contar la subjetividad, por consiguiente, de lo que se conoce como condición humana como de su necesaria mejora, valga la expresión. Confucio, ya en el siglo VI antes de nuestra Era, sentenciaba acertadamente en Del Chang Lung, primer libro del Lun Yu (o conversaciones filosóficas), que «El perfeccionamiento de uno mismo, es la base para todo progreso»; y su nieto, en Del Tchung Yung, decía «El hombre sabio si se aleja de la vía recta, reflexiona para buscar la causa», y «Los soberanos perfectos son los que conocen a fondo su propia naturaleza, cual es la ley que regula su ser y sus deberes». En realidad, difícilmente se logrará la regeneración en los ámbitos apuntados sólo con el endurecimiento de las leyes y/o la pedagogía, como advirtió Freud y luego Lacan. Es cierto, empero, que el apoyo decidido de la voluntad política respecto a la pedagogía compartida en valores cívicos y solidarios, puede hacer retroceder la lacra de la corrupción y la criminalidad en general. Me viene a la cabeza las medidas establecidas en la supercorrupta Filipinas a mediados de los años 80, -siendo presidente de la nación Ferdinand Edralin Marcos (dictador de Filipinas de 1965 a 1986)-, el juez Efren Plana, en aquel tiempo responsable del BIR, Departamento de Impuestos Internos. Dado esos límites, a la regeneración a la que me refiero está convocada nuestra práctica y, por lo mismo, pasa inevitablemente por el análisis de uno y de muchos, siendo su horizonte la ética del deseo, ética que deja atrás a los mandamientos y a los igualmente fallidos preceptos de las éticas tradicionales (éticas de los ideales o de los bienes). Cabe pues confiar en que la ética del deseo o de lo Real regenere desde dentro al sujeto humano, que lo prevenga sin dogmas y mandatos superyoicos de la existencia de un siniestro e imposible deseo en su naturaleza, como es el intento imaginario de taponar su carencia ontológica. El nuevo sujeto, desde esa subversión ética, por decirlo así, no será en modo alguno infeliz. Bien al contrario. La persona psicoanalizada advierte que puede gozar de otra manera e incomparablemente mejor. Ese sujeto sabe que lejos de ser gozado por la maligna impulsión del inconsciente, puede hacer algo mejor con el síntoma/descompletud del Otro que lo habita y que corresponde en el mejor de los casos a su singular naturaleza, sabe, en fin, hacer algo mejor y diferente con la obscena y abyecta impulsión de obturar su falta-a-ser con los objetos de la corrupción.

Télam: ¿Es posible que los chinos se hayan contagiado también? ¿Cómo pensar una absolución (un goce) comprado en la tradición confuciana?

M. Bassols: Y sí, China ha entrado ya de lleno en el contagio, no hay duda alguna. Y además de una manera que parece mucho más eficaz, es decir, posiblemente mucho más arrasadora para la subjetividad de nuestra época porque la propia transacción de bienes, por ejemplo, no es entendida de la misma forma. Pruebe a negociar con un comerciante o con un empresario chino, no terminará de saber nunca si se ha cerrado o no el acuerdo… Pero aquí de nuevo, por muchas puertas al campo que se quieran poner, como con el endurecimiento de la censura en Internet por parte del gobierno chino, el contagio del lenguaje y de las formas de goce está asegurado. Y veremos adónde nos llevará.

Bassols elude la relevante cuestión del confucionismo que le plantea el entrevistador. Por ejemplo, la tradición confuciana respecto al poder y la corrupción, asunto sobre el que, como acabo de decir, pregunta Pablo E. Chacón, y su relación con el comunismo chino. Confucio estaba convencido de que algunas de sus máximas regenerarían los gobiernos, evitarían el abuso de poder y la corrupción. Estaba convencido de que «Para poner el mundo en orden, debemos primero poner orden en la nación; para poner orden en la nación, debemos antes poner orden en la familia. Para poner orden en la familia, debemos cultivar nuestra vida personal, y para cultivar nuestra vida personal debemos arreglar nuestros corazones».
Pues bien, esta máxima, como otras de parecida naturaleza, no ha calado demasiado en los dirigentes chinos y asiáticos, más incluso de un tiempo a esta parte y de la mano de la era tecnológica. Para mí fue una verdadera sorpresa ver esa falta de asunción de los valores morales de Confucio en Apuntes de un funcionario público, de Wang  Xiaofang, quien antes de convertirse en un novelista famoso había trabajado en la administración. Xiaofang, también por eso, conocida en detalle que su jefe, Ma Xiangdong, había sido condenado a muerte por jugarse 3,6 millones de dólares del erario público en los casinos de Macao, de los que no recuperó ni medio dólar. Desde entonces, Xiaofang, ha publicado trece obras sobre la corrupción en su país. Hace un tiempo, la Asamblea Popular Nacional China vio la necesidad de combatir la corrupción. Por ese acto, algunos expertos opinan que China quiere alcanzar el sueño confuciano de un liderazgo benevolente, meritocrático y libre de corrupción. Ensalzables deseos, sin duda, más cuando que en el año 2012 la corrupción alcanzó en ese país los 200.000 millones de euros, aproximadamente; y se conoce también que los destinos preferidos de lo hurtado por los altos funcionarios y empresarios fueron Estados Unidos, Canadá, Australia y Holanda. Todo tiene su historia. La de China está ligada a la Gran Revolución Cultural del Proletariado y a los que con ella vieron morir la modernización del país, en particular por la idea de lucha de clases y excesos ideológicos sin cuento del indiscutible dirigente del Partido Comunista de China (PCCh) y de la República Popular China,  Mao Tse-Tung, (1893-1976). Después de la muerte de Mao, Deng Xiaoping (1904-1997), máximo líder de la República Popular China, desde 1978 hasta los últimos años de su vida, puso en marcha una política de Kaifeng. Esto es, la apertura económica, que con una gran dosis de pragmatismo político pretendía crear un mercado libre con características socialistas. La emancipación para Mao estaba presidida por máximas como «Mejor rojo que experto». Para Xiaoping, contrariamente, «No importaba si el gato era blanco o negro mientras cazase ratones». De ahí que no quepa extrañarse que Xiaoping sentenciara que «Enriquecerse era glorioso», aunque advertía que la economía, el hombre, y la sociedad china debían ser «un pájaro en una jaula». (Es decir, había que permitir la entrada de ideas del exterior, y aun copiarlas y ponerlas en el mercado a un precio más barato que el establecido por sus creadores, pero el pájaro debía estar vigilado, y nunca, nunca podía escapar de la jaula). ¿Qué ha quedado de los valores del confucianismo y del comunismo chino? Consumo, consumo y más consumo. ¿De qué? Se sabe que los productos basura no son la excepción. ¿Y el sistema de valores? Todo indica que en China se ha puesto en marcha un «capitalismo confuciano», una idea que los dirigentes políticos, los empresarios y el pueblo en general están asumiendo como idea motriz del nuevo capitalismo chino, un capitalismo que sólo por limar las aristas de la ética confucionista y el arraigo de algunas costumbres de aquel país, contrasta con el «capitalismo protestante» al que se refería Max Weber (1864-1920), y el de los países que profesan el catolicismo apostólico romano.
Veamos ahora la última pregunta de Pablo E. Chacón y la respuesta del psicoanalista Miquel Bassols.

Télam: Usted seguro que leyó la nota sobre las fortunas que algunos jerarcas chinos han escondido en paraísos fiscales. ¿Qué relación tiene esa cultura con la culpa y el goce, que es lo que queda sin responder en Maonomics, el libro de Loretta Napoleoni?

M. Bassols: …Un neocapitalismo de trabajadores ideales, dispuestos a trabajar masiva y solidariamente sin sentirse explotados porque encuentran las promesas de su estado realizadas de manera rápida, puede ser una maquinaria tan infernal como efectiva. Lo interesante es que todo ello parecería fundarse en la eficacia de un Estado-Padre que interviene sin contemplación en los mercados, sin dejarlos seguir la pendiente de su supuesto principio de autorregulación, ese principio del placer que se nos ha vendido en Occidente como la mejor de las leyes del aparato psíquico-financiero. Y es cierto, el principio del placer, el supuesto principio homeostático de los mercados, fracasa por definición… La pluralización de los Nombres del Padre indicada por Lacan como un dato de la clínica psicoanalítica es un signo de nuestra era. Pero esto daría para otra entrevista. (En este caso como en otras respuestas, el lector puede ir a la entrevista completa). 

Bassols está en lo cierto cuando dice que «La pluralización de los Nombres del Padre» da para otra entrevista. Sin duda, y sin duda también todo lo que ha presentado (y dejado de presentar) da para otra entrevista. Tanto más por haber eludido la acertada consideración de Lacan «haz tu deber», correlativa al hecho de que uno sólo puede sentirse culpable de haber cedido en el deseo, ya que, entre otros aspectos igualmente destacables, ceder en el deseo es dejar la puerta abierta a las mis caras del goce: desorientación, frustración, inhibición, autoagresión, culpa, también a la pírrica ganancia del mártir, etc., etc.

Nota: En el número 611 de Cultura/s de La Vanguardia, y con el título genérico de «El sentimiento de culpa. Goce, culpa, impunidad», miércoles 5 de marzo de 2014, Miquel Bassols presenta un artículo que titula «Culpa y corrupción» en el que recapitula sobre lo dicho en Télam. En ese mismo número de Cultura/s lo acompañan José Ramón Ubieto y el también psicoanalista Enric Berenguer. La imagen que ilustra los artículos es del diseñador gráfico argentino Carlos Rolando, en la que se ve el rostro de Jesucristo, una gran cobra real y Superman. Esta ilustración da a leer, como me ha comentado un profesor de Comunicación Audiovisual, que aquellos artículos tratan de religión, de culturas orientales o incluso de cómics, pero raramente el lector los relacionará con lo que dice el psicoanálisis acerca de la corrupción y la culpa. Mi respuesta a este profesor es que quizá aquella ilustración obedezca a que algunos psicoanalistas no creen, al menos del todo, en aquello de que «Una imagen vale más que mil palabras»; pero me temo que mi defensa de los psicoanalistas y/o de las personas que eligieron la ilustración no le ha convencido.

Mi amigo me llama asimismo la atención sobre el hecho de que ninguno de esos psicoanalistas ha dedicado siquiera una pequeña mención a las ideas o descubrimientos de las diferentes disciplinas que hablan de esa forma de criminalidad que es la corrupción. Desde aquí, como se comprenderá, sólo puedo apuntar que son conocidas las causas endógenas, genéticas, neurofisiológicas, pero también las conductuales cognitivas. Se han constatado alteraciones cromosómicas (malformación cromosómica, XYY); cerebrales (lesiones en el córtex prefrontal y el caudado), desequilibrios de un neurotransmisor (necesidad de dopamina en el delincuente); y que la corrupción puede ser también una respuesta a la amenaza y a la frustración. Sin embargo, no es menos conocido que existen delincuentes, que no lo son por esas causas. Lo saben los mismos neurofisiólogos, desde Erik Kandel a Antonio Damasio pasando por Pierre Magistretti. Pero, en realidad, esto ya lo había dicho Freud. Es más, Freud advierte, como indiqué, que existen «delincuentes por sentimiento de culpa», y recordaba que Friedrich Nietzsche habla de ello cuando Zaratrustra alude al «pálido delincuente». Por consiguiente, no hay debate, tampoco contradicción, a no ser para las personas desinformadas y/o aprovechados ideólogos.

Qué modo más absurdo -me comentaba otro profesor, en esta ocasión de Derecho- de tirar por la borda la oportunidad que La Vanguardia les ha brindado a esos psicoanalistas. Tanto más porque no se sabe para quién escriben, no para mí, desde luego, -añadió-, pues no explican a qué se refieren cuando mencionan goce, pluralización de los nombres del padre, mito del padre edípico, lo real, etc., etc. Parece mentira -dijo este profesor, alzando un poco la voz- que ninguno de esos psicoanalistas se hayan interesado, porque tal vez ni siquiera se lo han planteado, dar a los juristas el alcance que los descubrimientos psicoanalíticos ofrecen respecto a la corrupción y la culpa, prueba de lo cual es que han precluido el concepto lacaniano de «asentimiento subjetivo» en relación a la responsabilidad, la pena y el castigo. Añadí a lo que con tranquilidad estaba escuchando, que lamentable era también que no pocos lectores de esos artículos se llevasen a sus casas, y sin duda compartiesen con amigos y extraños, una idea muy negativa del psicoanálisis. ¡Qué oportunidad perdida, que absurdo! A esta última queja sólo pude responder con un «quizá lo absurdo no lo sea en absoluto». Creo que ahora correspondería destacar lo que dice mi amigo parafraseando a Lacan, «El más corrupto de los conforts es el confort intelectual»).


José Miguel Pueyo

Girona - Madrid, 8 de marzo del 2014



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