viernes, 1 de agosto de 2008

La invención de los trastornos mentales. (O del infortunio del saber en el ámbito de la psicología)



     José Miguel Pueyo


Pese a su revitalizante acción intelectual, la crítica no suele tener en el ámbito universitario la prensa que sin duda merece. Así ha ocurrido también respecto a Sobre la invenció dels trastorns mentals, como indicamos en el trabajo publicado en el número 2 de Lathouses, en el que con Irina Vasilieva expusimos algunas ideas acerca de un libro dedicado a las enfermedades mentales y los medicamentos a ellas destinados.


En nuestras consideraciones se vislumbró un intento de dejar constancia de lo que nos separaba de aquellos que abrazaban el error; mientras que la apreciación, llamémosla positiva, vino de las personas que, sin duda por una percepción más clara de la injuria de los psicofármacos para la salud psíquica y el óptimo proceder intelectual, reconocieron en La invención de los trastornos mentales, Alianza Editorial, 2007 (libro de los profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo, , al que dedicamos nuestro artículo) un asunto conocido y, por lo mismo, ajeno a la novedad que el marketing hubo de concederle. Y, en realidad, ya sea por la virtud o la perversión de la propaganda, estos psicólogos vieron como su libro sacudía los bolsillos de un gran número de personas, a más goce, como habitualmente se dice, del capitalista.  



Héctor González Pardoy Marino Pérez Álvarez

Pese a que las críticas no se ajustan a la verdad; mas no por ello dejamos de reconocer que en aquel artículo no fuimos lo explícitos que el asunto requería. Para no redundar en la falta, señalaré, en primer lugar, que el libro en cuestión no es un mero plagio. Pero no por eso su enjundia es exigua. Tanto es así que presenta los elementos básicos que permiten, entre otras cosas, sobrevivir al crítico. A saber:

1º. Porque sus autores eluden los precedentes de la idea fundamental y básica de la que pretenden informar. 

2º. Sólo por ese motivo, ese trabajo representa un atentado contra la ética que debe presidir toda investigación que se precie, más cuando atañe a algo tan poco desdeñable como es la salud.

3º. Por último, aunque no en importancia, porque el libro de esos autores invita a reflexionar sobre la producción de nuestros investigadores y las instituciones implicadas.


Conclusiones ovetenses
De acuerdo con lo que es exigible en casos semejantes, mostramos en aquel artículo las tesis que el catedrático de psicología de la personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos Marino Pérez, y el profesor titular de psicofarmacología Héctor González, habían presentado en su libro (La invención de los trastornos mentales). Eran, de manera resumida, las siguientes:

1º. Que el número cada vez mayor de trastornos mentales era ficticio y que respondía a intereses comerciales de la industria farmacéutica. En otros términos, que esa industria creaba nuevas e imaginarias enfermedades y que ofertaba nuevos medicamentos para combatirlas.

2º. Que en esos espurios intereses colaboran los psiquiatras por los consabidos y recientemente prohibidos obsequios, en forma de primas, becas de formación, la práctica viajera, llamada eufemísticamente «hospitalidad», etc, en razón de las marcas que recetan (desde julio de este año rige en EE.UU. el nuevo Código de Interacción con los Profesionales Sanitarios, que prohibe a los laboratorios hacer regalos a los médicos; equivalente al nuevo Código español de buenas prácticas de promoción de medicamentos y de interrelación de la industria farmacéutica, en vigor desde el pasado 1 de julio, y que recoge preceptos que lo adecuan a la nueva Ley del Medicamento, aprobada en el año 2006. Pero también los pacientes (por la ganancia secundaria de la enfermedad: baja laboral, obtención de afecto, quizá perdido y así tal vez recuperado, dejación de obligaciones por enfermedad, etc).

3º. Que los trastornos mentales, pese a que no eran enfermedades en sentido estricto, dado que la causa no era neurobiológica, no por eso su entidad dejaba de ser real.

4º. Y que para su tratamiento era más positivo la vía psicoterapéutica, en especial la contextual y centrada en la escucha de la historia del individuo, que la farmacológica.

Lo que de cierto tienen algunas de las tesis de los profesores de la Facultad de Psicología de la capital del Principado de Asturias no impide preguntarse, ¿qué es lo que permite defenderlas; cuáles son, si los hay, sus fundamentos clínicos y sus precedentes sociológicos y, por último, si se trata de una mera denuncia, o bien si ellos presentan alguna alternativa a lo que pueden entender superable?


Acuerdos y desencuentros
Si el lector que hoy nos concede un poco de su tiempo leyó nuestro artículo, sin duda recordará las coincidencias y discrepancias que apuntamos respecto de esas tesis; para quien no lo hizo permítasenos resumirlas.




Siendo la escucha la piedra angular de nuestra clínica alguien podría imaginar que tenemos alguna afinidad con el modo de entender la práctica clínica de esos psicólogos, ya que defienden escuchar de la persona contra la escucha del fármaco (de sus consecuencias en el paciente). Nada más lejos de la verdad: ninguna analogía existe entre la escucha y el acto psicoanalítico y el proceder psicológico. Tanto es así que  es lo que la clínica psicoanalítica nos enseña, como hemos presentado en otros trabajos, lo que nos permitió declarar que en la base de los déficits de aquel libro se encontraba, no una razón epistemológica o clínica, como hubiera sido razonable esperar, más aun por venir de un catedrático y un profesor titular, sino una identificación a las maneras postmodernas de intervenir en el ámbito de los trastornos mentales (aunque, como se advertirá, no sólo eso). De aquí que ubicáramos a estos psicólogos cántabros en el conjunto de los que la bata blanca y/o la experimentación animal (especialmente con ratones, en los que ven a sus congéneres) les impide reconocer la diferencia entre el sujeto-al-deseo y el ser de la etología, de la animalidad ajena al lenguaje que caracteriza a los humanos. Y es que en La invención de los trastornos mentales reconocimos dos grandes negligencias que configuraban otros tantos errores en distintos campos.

A) Error clínico y epistemológico. Para ejemplificar que algunos trastornos psíquicos no son sino una invención, estos psicólogos recurren (con el epígrafe «efecto Charcot») a uno de mayores tópicos de la historia de la locura, encarnado en la figura de Jean-Martin Charcot (1825-1893). El llamado maître de la Salpêtrière hubo de propiciar en las desdichadas mujeres de aquel hospicio parisino (conocido como «patio de matanzas», lugar señero de la muerte femenina, donde malvivían más de 4.000 mujeres en un ámbito de 275.448 m2) lo que quería encontrar y describir: el grande attaque hystérique.


                                                                             Hospital de la Salpêtrière

Pretendieron, con todo, que su primera y fundamental tesis quedaba validada por lo mejor de la producción del famoso neuropatólogo, pero también por enfermedades (supuestas) más recientes. Sin embargo, se les escapó lo esencial del trabajo del eminente médico francés, las razones también por las que la histeria es una afección tan vigente como lo fue en tiempos de Charcot, y todo cuanto tiene que ver con el discurso Histérico. Además, transitar aspectos marginales no es menos injustificable que eludir, como hicieron, al insigne doctor Gaspar Casal y Pidal (1679-1759), un adelantado de Jean-Martin Charcot, como se constata en su Historia Natural y Médica del principado de Asturias, 1762. En tanto que el doctor Gaspar Casal y Pidal (natural de Girona, pero que desarrolló parte de su actividad como médico en la capital de Asturias) presentó la primera de la tres formas clínicas («pasiones histéricas») que corresponde al grande attaque hystérique que describió Charcot muchos años después, es lícito preguntarse por el significado de que en contextos tan alejados en el tiempo y en el espacio dos médicos describieran lo mismo.




Cierto es que poco se puede esperar de quienes desconocen que algunas personas, comandadas por su estructura subjetiva, exhiben el deseo de querer un amo, sí, un amo, pero en quien reinar. Y menos incluso se puede esperar de quien ignora que si esas personas responden al nombre de histéricas no es por los síntomas que desde antiguo reconocieron en ellas los médicos, sino más bien por su peculiar manera de desear, y por ser también las abanderadas de la insatisfacción que caracteriza al deseo. Hasta aquí dos aspectos que hacen al diagnóstico diferencial.


Psiquiatría                                                      
Psicoanálisis
Histeria: diagnóstico basado en los síntomas clásicos y conocidos del trastorno (si es el caso).                 

Elisión de la histeria de los nuevos manuales de psiquiatría: la razón clínica de su elisión la propicia la histeria al cambiar de síntomas (va a la moda); pero también hay razones morales, o sea, por lo que de estigma tiene ese término para la persona; hecho que revela una identificación del psiquiatra al discurso ordinario y así a lo que ese término tiene de peyorativo.
Histeria: existe no tanto por los síntomas sino por su particular manera de desear (deseo insatisfecho).

Vigencia: más incluso que en la época de Charcot. Eso obedece básicamente a uno de sus rasgos estructurales, como es ir a la moda, aspecto que, como acabamos de decir, desprecian los psiquiatras; y de esa desorientación clínica que la histeria aparezca con otros nombres, más acordes con los tiempos de la informática, en las actuales nomenclaturas psiquiátricas, DSM-V.



El desconocimiento de la estructura histérica impidió a los profesores de la Universidad de Oviedo ir a lo esencial del asunto del que pretendían informar. Quizá quepa la excusa de que no es fácil dar un paso más allá de los tópicos acerca de Charcot; darlo como se merece denotaría haber trabajado algunos textos de Freud y de Lacan, pues eso supondría colocarse en contra de la impostura y, por lo mismo, a favor de la escucha desde la ética psicoanalítica. Índice sería también de haber comenzado a entender que el deseo de la histérica de querer un amo escenifica el deseo de Charcot. En fin, creemos que hubiese sido mejor no haber mencionado a Freud y a Lacan, ya que las líneas que les dedican son del tipo de las apropiaciones que hacen los estudiantes de los blogs de Internet.

En cuanto a Charcot, es evidente que deseaba también como médico, y que ese deseo en su tiempo y en su profesión era describir una enfermedad. Ese era el deseo médico, deseo en el que la mirada era el instrumento metodológico por excelencia. Lo que olvidan los psicólogos ovetenses es que Freud, que también era médico, rompió con la mirada médica para conceder a esa mirada, paradójicamente, lo que ella no podía ver: las razones estructurales de lo que describía y que sólo la escucha podía revelar, con lo que dio una nueva y original luz a la fenomenología psiquiátrica. Pero esa nueva luz (la teoría psicoanalítica), no es, como algunos desorientados intentan hacer creer, una lucubración más en la historia de la salud mental. Nada mejor para descubrir la impostura que preguntarles ¿existe el inconsciente? y de ser afirmativa la respuesta ¿cómo lo conciben y qué importancia, en la salud y en la enfermedad, le conceden?

Para no hacer concesiones a la rigurosidad de la que este asunto es acreedor, hay que añadir que Charcot fue amo no tanto por la histérica (la histérica quiere un amo) sino por esa característica estructural de esa neurosis que puede presentar cualquier persona, indistintamente de su sexo biológico; por ejemplo, desde hace una década se conoce una modalidad de histeria masculina denominada «fuga disociativa», caracterizada por algo habitual en nuestros días como es el irresistible impulso a viajar, sin amnesia, aparentemente normal y sin violencia. Y para quien el término histeria le resulte peyorativo (lo que revelaría cómo su espíritu ha sido influido por la trasnochada moral del discurso psiquiátrico) podemos proponer otro, ‘trastorno narcisista del deseo’.

Razón suficiente para no hablar tanto de «efecto Charcot» como de «caso Charcot», y tal vez entender que estamos ante un amo sobre quien reinó la histérica, entre otras cosas porque lo que de ella supo fue más bien poco y aun en eso estaba equivocado. Y es que para el gran neuropatólogo se trataba, en cuanto a la causa, de la herencia más los agentes provocadores, y por si ese traspié fuera menor apeló a otra fantasía para mejor llenar sus carencias intelectuales: la lesión difusa cerebral. La cosa no mejoró respecto al tratamiento, pues nada le pareció mejor que la sugestión más cualquier otra impostura, o sea, lo que define al denominado ‘Tratamiento moral’, un tratamiento, digámoslo sin desabrimiento, cuya lógica constituye el fundamento de muchas de las actuales psicoterapias.

Entre las preguntas que los profesores ovetenses quizá nunca se harán y menos podrán responder están las que habrían hecho de su libro otro libro, con la rigurosidad que reclama la clínica. Cuestiones como ¿cuánto tienen de Charcot-amo los autores del DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, de la American Psychiatric Association)? y ¿cuánto hay de estructura histérica en las personas que al hacer suyos y/o elevar los síntomas de su época a la segunda potencia quedan inscritas, siempre con otros nombres más acordes con los tiempos de la informática, en las páginas de ese manual que pretende ser la herramienta adecuada para el diagnóstico multiaxial (Multiaxial System: valoración holística del estado de salud del individuo, y de la comorbilidad, esto es, la coexistencia de más de una enfermedad en una misma persona en un momento dado), del libro, en fin, de los expertos que hoy niegan la existencia de la que otrora dieron carta de ciudadanía en el ámbito de la psicopatología: la histeria?



A la sintomatología que describe la psicopatología clásica y a la que conforma las más modernas nomenclaturas psiquiátricas (DSM-V), responde el psicoanálisis con las características estructurales del cuadro clínico que se trate. Mas eso no es suficiente. Y no lo es a no ser que se conozcan lo que propicia la histérica y más concretamente del discurso Histérico. 

1º. Favorece en primer lugar la existencia del otro-amo. Y es que la histérica gusta ensalzar, encumbrar al otro. De aquí que el encuentro con ella puede hacerlo cambiar hasta el extremo de creerse lo que no es.

2º. Propicia asimismo ciencia. Antes de Freud la histérica dio lugar a innumerables lucubraciones teóricas; ahora esa incidencia se constata en la dilatación de la nosología psiquiátrica, como denuncia el número cada vez mayor de páginas del DSM-V.  

Pero esa importancia no hay que concedérsela tanto a la histérica como al discurso que lleva su nombre, el discurso Histérico. Formulado por Jacques Lacan en el Seminario XVII: El envés del psicoanálisis, 1969-70, tiene como primera y fundamental característica presionar al otro (al médico, por ejemplo) para que produzca saber acerca de los síntomas, sobre el malestar, para que construya ciencia. De aquí que los autores del DSM-V, lejos de excluirla como lo hacen, deberían aplaudir a la histeria y al discurso que tanto ha contribuido y sigue contribuyendo a la conformación del saber fenomenológico de la psiquiatría, el discurso Histérico.

No conviene soslayar que el discurso Histérico es independiente de la estructura psíquica del sujeto. Es decir, del mismo modo que la pregunta es su característica principal, el neurótico obsesivo es uno de los más proclives a presionar al semejante con sus preguntas. En la histeria se trata de otra modalidad de presionar al otro para que produzca saber, como es ofrecer su cuerpo doliente y gozante a un tiempo al médico, por ejemplo, para que éste, mediante su lectura produzca saber, saber que devendrá su goce, pero goce a fin de cuentas impotente respecto a la verdad de la estructura histérica, aspecto que muestra el mismo discurso Histérico.


      (sujeto-agente)  

                                         !                S1                                         
                                 —             —   ↓        
                                  a       //     S2                (producción-saber)
                                                     
       impotencia de la producción-saber respecto a la verdad, a


La histeria no inventa enfermedades. Lo que hace (determinada por su estructura psíquica, por su manera de desear) es poner a trabajar al que es amo-del-saber gracias no poco a su promoción. Es de la lectura de ese cuerpo gozante y de su perpetua insatisfacción, impenetrables para la mirada y la escucha psiquiátrica, que nace el saber clínico que se extingue en la fenomenología a la que nos tienen acostumbrados las nomenclaturas psiquiátricas que nos llegan del otro lado del Atlántico. De aquí que la psiquiatría actual se caracterice por:
. La babelización (en cuanto a la nosología).

. El empobrecimiento conceptual (respecto a la teoría clínica).

. La ausencia de todo paradigma organizador (que no sea neurogenético).

. Por la prioridad del solipsismo psicofarmacológico en cuanto al tratamiento.

. Y por conceder a la psicología la categoría de apoyo de la psicofarmacología mediante técnicas cognitivo-conductuales.

3º. La última actuación de la histérica es castrar al mismo que encumbró a la categoría de amo. Antes de entrar en esta cuestión interesa subrayar que la estructura histérica tiene aún otra característica que concierne al asunto que nos ocupa: ir a la moda. Es más, el sujeto que la encarna no sólo va a la moda sino que habitualmente eleva a la segunda potencia los síntomas de la época que le toca vivir. Pero ¿por qué la histérica hace suyos los síntomas de la época que le toca vivir? Baste indicar que al apropiarse del deseo del otro (de la falta del Otro) es como si pretendiera suturar su herida narcisista, P. La histérica, por esa razón, puede un día imaginar/afirmar que ha encontrado el otro del Otro, en el sentido del mejor de los mejores (lo que ella no sabe es que lo que imagina haber encontrado/localizado es lo que le falta para ser completa, para estar satisfecha, o como habitualmente se dice, para estar realizada). Que más pronto que tarde la mujer-histérica se deje seducir obedece a esa razón, y es también por esa característica que a esta afección narcisista del deseo se le ha atribuido la más elevada sugestionabilidad. Es como si necesitase elevar a alguien los altares, o bien favorecer el lugar que este o aquel ocupa (por lo general alguien con autoridad, aunque no necesariamente). Y así la podemos ver deshacerse en elogios y/o haciendo por el otro, cual abnegadísima enfermera, más de lo que éste le demanda, y aun se antepone a un deseo que puede no coincidir con el de la persona que ella no tiene reparos en endiosar.

Pero el deseo se define por la insatisfacción, o sea, no existe objeto que puede satisfacerlo. De aquí el hambre de objetos al que se refería Freud, el mismo hambre que explota y aun constituye la vida del capitalismo. Se entenderá por lo que acabamos de decir que el idilio entre la histérica y el amo no dure demasiado. Es decir, la histérica cambia de súbito (volubilidad se ha denominado a ese rasgo del carácter histérico; y con el cambio de talante el fuego cruzado y, por ende, el rosario de calificativos que conforman su clásica definición, desde la mala fe, hasta la perversidad, pasando por la mitomanía y la desvergüenza). Aquel que ocupaba una posición de privilegio al lado de los mejores se ve ahora, a los ojos de quien lo ennobleció, reducido a un despojo humano. Es como si la histérica supiese (pues nada sabe por estar determinada por el Otro, por el inconsciente que la habita) que todo era una ilusión, que se dejó engañar por la realidad. Tal es la forma histérica de denunciar lo que le falta a la realidad para ser-Toda. Y es ante la seducción de la realidad que ella cree haber sufrido que se rebela (puede hacerlo en cualquier momento y por una nimiedad) de la forma más radical (no pocas denuncian que las han seducido). Es como si pensase «Todo es una ilusión, y el príncipe azul sólo existe para quien así lo crea. Siendo pues esa la categoria de cuanto existe no denunció con mi actitud sino esa condición (de semblante de lo Real) que tiene la realidad empírica.»

En resumen, la histérica grita la insatisfacción que caracteriza al deseo. Denuncia a las bravas, muchas veces exhibiendo sin medida su sufrimiento (posición activa) o bien con el mutismo, la dejadez o la depresión (posición pasiva), que el otro peca de la sencillez de lo cotidiano. Diríase que aspira a algo más que a los síntomas con los que se reconforta el común de los mortales, aspira a una sublime entelequia que no existe en la realidad y que toma el nombre genérico de Falo (siendo una de sus formas el objeto que tantos parabienes promete a la persona religiosa). Así pues, aquella en la que todo es semblante (sus síntomas son del otro, pues se los ha apropiado y así aparenta lo que no es, además de ser esa la estrategia para no estar en ningún lado, comprometida en alguna definición) nada quiere saber de sucedáneos, de figuras imaginarias del objeto a, o sea, aborrece los objetos imaginarios e impuros del deseo, i(a), como podría ser un hombre cualquiera. Lo que ignora es que el Falo no existe en la realidad, a diferencia del pene, aspecto repetido hasta el aburrimiento pero de difícil comprensión para algunos ilustrados profesores. El falo es el significante de la falta en el Otro, del inconsciente; y el sujeto, dicho sea de paso, padece esa deficiencia estructural, y en la normalidad cualquier significante puede ocupar (taponar imaginariamente) el lugar de esa falta que define al deseo, hecho que da sentido al concepto de felicidad. Es así como la vida cobra sentido (siempre sintomático de lo real inaccesible) para poder vivirla.

La crítica al DSM-V en nada es comparable a la que pudieran presentar los profesores ovetenses. Y no puede serlo porque pretendemos desvelar las claves de la conformación de ese manual médico de cabecera, de qué modo la estructura histérica y el amo-psiquiatra colaboran en ello, así como la desfachatez de los que se jactan de hacer ciencia cuando su producción intelectual es el resultado de haber caído en la añagaza del discurso histérico.

B) Atentado ético, que obedece a una serie de omisiones. Cuestión tanto más grave por venir de dos profesores universitarios, y por lo que entraña para esa disciplina que imparten, para la higiene intelectual de los estudiantes y tal vez para los que padecen un trastorno psíquico.


Las farmacéuticas en la órbita de la histeria
La relación entre la estructura histérica y las técnicas comerciales de las farmacéuticas, cuestión sin importancia para los psicólogos de bella ciudad cántabra, no es, empero, despreciable. Esquemáticamente quedaría así:

1º. Creación de un nuevo trastorno por la industria farmacéutica. La histérica es infinitamente menos perversa que las farmacéuticas, al menos porque más que crear un trastorno potencia los síntomas de la época que le toca vivir; y sobre todo porque lo hace inconscientemente.

2º. Creación, para ese nuevo trastorno, de un nuevo fármaco o bien promocionar uno existente a la categoría de específico. La estructura histérica es más proclive a potenciar algo ya existente.

3º. Ahora ya sólo falta poner en marcha la máquina de propaganda (TV; radio; prensa; etc). En suma, dar a conocer masivamente la nueva enfermedad y su remedio. Todo acaba felizmente para esa industria cuando las personas (que no tienen que ser pocas dada la inversión millonaria en propaganda) se reconocen en los síntomas del nuevo trastorno (identificación al deseo del otro: es como si dijera «eso es lo que yo debo tener»), y de aquí sólo hay un paso a convertirse en un adicto de los fármacos. La histérica amplifica también los síntomas de su época; pero su propaganda, como dijimos, suele acabar como el rosario de la aurora. La estrategia básica de la industria del medicamento consiste pues en:

. Divulgar que su interés prioritario es la investigación.

. Crear una enfermedad.

. Hacer creer lo que no son ni tienen algunas personas (una determinada enfermedad).

. Sugestionar sobre las bondades de la psicofarmacología.

. Y, por último, hacer consumidores habituales (de los fármacos que afirman sin empacho que curan).  
Esa estrategia, obviamente, no sólo aporta al sujeto una expectativa de curación sino también una nueva identidad imaginaria (making people up, maneras de hacer o fabricar gente, según la expresión del filósofo canadiense Ian Hacking, tan acorde con el discurso capitalista en la época de la inexistencia del Otro: desfallecimiento de la ley y de los valores tradicionales, así como del auge del objeto a como goce irrenunciable). Pero esta referencia no parece del agrado (lo decimos por la omisión) de los profesores de la universidad cántabra.

Y en realidad podríamos darlo todo por bueno si el diagnóstico psiquiátrico tuviese algún valor más allá del judicial, pero no es así. Y no lo tiene porque no contempla:

. La relación y la diferencia entre el síntoma, como formación del inconsciente, y la estructura psíquica.

. Porque la psiquiatría es ajena al deseo y el goce del síntoma.

. Y porque la inespecificidad de la psicofarmacología constituye habitualmente una resistencia al revelamiento de esa verdad mentirosa que es el síntoma y, por ende, a su disolución.
Pero el poder de la ideología es tan grande que pese a todas esas deficiencias no pocas personas quedan enganchadas al circuito médico-psiquiátrico, aspecto en el que colabora, ciertamente, la pulsión de muerte, el sujeto que no quiere su bien. Y eso a pesar de que es conocido que la medicalización sale muy cara para el erario público por el uso y abuso del derecho a la receta, y lo que es más importante para el enfermo dado que los psicofármacos no son inocuos (el consumidor habitual suele añadir a sus síntomas uno nuevo y no mejor como es la mitificación de las pastillas y, en ocasiones, del médico).


De lo que cabe esperar de la psiquiatría
Que el saber psiquiátrico nunca ha sido nada digno de tenerse en consideración lo demostró convenientemente Freud. Fue la impotencia de los tratamientos psiquiátricos y psicológicos (cuya inespecificidad se repite hasta nuestros días) la que dio lugar a una nueva clínica, la psicoanalítica. Freud rechazó el saber anatomoclínico que consideraba que las histéricas eran simuladoras. Pero eso no es lo crucial. Lo esencial es que la ética psicoanalítica no es un valor añadido: ajena a la moral como imposición ideológica va al corazón del ser para disolver el malestar y en pos de un discurrir intelectual menos tonto.


                                                                  Antonio Damasio


Pero para desgracia de la salud y oprobio de la inteligencia en los tiempos postmodernos no falta la patética recomendación de pensamientos positivos, la no menos trasnochada sugestión, y el reduccionismo fisicoquímico. Tal es así en el trabajo del Director del Subdepartamento de Psicología Clínica de Salud de la Universidad de Londres, Peter Fonagy, y el premio Nobel de medicina del año 2000 por sus investigaciones sobre la memoria, Eric R. Kandel, quien un día, ya lejano, entendió que «El psicoanálisis representa el punto de vista más coherente e intelectualmente satisfactorio de la mente» (American Journal of Psychiatry 1999, 156: 505-524), y que durante su formación en la Universidad de Harvard aseveraba que «lo fundamental es la capacidad de escucha al enfermo, y cualquier elemento que pueda interferir con ella debe evitarse; están los que escuchan a los pacientes y los que investigan». Los dos se dedicaron a investigar (sin duda en su campo, pues nada importante han aportado al psicoanálisis); y de ahí propuestas como la que define el llamado «paradigma continuista» que se presenta como el imperativo de las actuales ciencias del hombre. A saber:

. Biologización.

. Establecimiento del origen genético.

. Medicalización clínica.

. Y, por último, adaptación de los medios administrativos y burocráticos a ese imperativo.

Cierto es que Jaak Panksepp, Antonio Damasio y Francisco Varela, desde el mismo ámbito de las neurociencias y apoyándose en la teoría de la complejidad o de los procesos emergentes (contraria a las teorías de las localizaciones cerebrales o neofrenología) han criticado el cefalocentrismo, pero la articulación ideal entre los dos ámbitos lo logran mediante la naturalización del psicoanálisis con los conceptos de las neurociencias.  

La idea del profesor Marino Pérez respecto a la etiología de los trastornos mentales difiere de las precedentes. En lo que sugiere un conato de hipermodernidad, asegura que algunos trastornos se relacionan con la hiperreflexibilidad o auto-objetivación, que la causa está del lado de la auto-objetivación del cuerpo y la mente, «La base de algunos trastornos psicológicos reside en que muchas personas tienden cada vez más a centrar la atención en uno mismo, a reflexionar excesivamente sobre el cuerpo y la mente propios, lo que lleva a desarrollar a largo plazo problemas mentales como los trastornos de la alimentación, como la anorexia y la bulimia». (Marino Pérez Álvarez, Los problemas que surgen en la vida cotidiana no son trastornos mentales. Victoria Quesada Sacristán. 21/11/2007. Diario Médico.com).

Otra cuestión es el de las críticas a los profesores ovetenses desde el saber psiquiátrico. Así la invectiva del doctor Marcos Huerta, de la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, parecer recoger otras, pocas y escuálidas, de sus colegas.

1º. Juicio Moral. «Hablar de la invención de los trastornos mentales en un país donde hay más de 400.000 personas que sufren esquizofrenia –afirma el doctor Huerta– no sólo no es frívolo, es inmoral».

Nada que objetar. Pero no es esa la cuestión que hay que dilucidar para que se reduzca el número de esquizofrénicos que tanto parece preocuparle, y para que su calidad de vida y la de sus familias mejoren. Pero que nadie se extrañe de que la psiquiatría eche mano a juicios morales a la hora de rebatir otro tipo de argumentos. Las limitaciones del doctor Huerta atañen también al mismo juicio moral que esgrime. «Afirmar que la depresión y la esquizofrenia son invenciones de psiquiatras y empresas farmacéuticas sólo se puede entender desde la estulticia o la mala fe») no resulta convincente, entre otras cosas por atribuir a los autores de La invención de los trastornos mentales errores que no han cometido. Podría haber mencionado el atrevimiento que demostró el doctor Marino Pérez en su libro Médicos, pacientes y placebos. El factor psicológico en la curación (Pentalfa, Colección El Basilisco, Oviedo: 1990) al explicar la transferencia mediante la epistemología constructivista, en todo ajena al concepto psicoanalítico de Sujeto-supuesto-saber.

Nada innovarían tampoco los autores de La invención de los trastornos mentales si negaran la depresión y la esquizofrenia. Son otros los que presentaron alegaciones a la infundada etiología neurobiológica. Por ejemplo, Mary Boyle (Schizophrenia: A Scientific Delusion? Routledge, 1990) puso en cuestión los factores bioquímicos y genéticos en la etiología de las psicosis. En esa misma línea el informe de junio del año 2000 de la British Psychological Society, decía: «Las investigaciones en genética, en química cerebral, y de la estructura del cerebro, no han conducido a conclusiones claras acerca de las causas físicas de las psicosis». Y Louis A. Sass, profesor de Psicología Clínica de la Universidad de Rutgers-New Jersey, autor de Madness and Modernism: Insanity in the Light of Modern Art, Literature, and Thought (New York: Basic Books, 1992), desde una posición fenomenológica y hermenéutica no ha dejado de criticar el reduccionismo neurobiológico y el deterioro cerebral en la esquizofrenia.

2º. Ignorancia e intereses espurios. El doctor Huerta muestra en su crítica lo que ha dado de sí su lectura del libro de los psicólogos de su ciudad. Afirma que «es una mezcla de ignorancia… se trata de personas que no tienen contacto alguno con los miles de afectados que en Asturias sufren trastorno mental severo, y de intereses espurios, bien personales o corporativos». Poca cosa, y de una trivialidad que ruborizaría aun al menos desinteresado en luchas corporativas.

3º. Marino Pérez y Héctor González en la onda de la iglesia de la cienciología. Así parece que lo entendió la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, «coincidencia total de los argumentos que se recogen en La invención de los trastornos mentales con los de la iglesia de la Cienciología».

Pero lo que de verdad hay en esa afirmación no es comparable con lo que unos y otros, psiquiatras y psicólogos olvidan, y que no es nada más pero tampoco nada menos que el disease mongering, el concepto esencial del asunto que estamos tratando. Todo indica que unos y otros no estaban en esa ocasión para investigaciones científicas pertinentes. Sin embargo, no por eso desestimaron la ocasión para lanzar la caballería sobre los que no eran sus colegiados, y eso a propósito de la psicologización de la vida cotidiana. Lo correcto era la inhibición de los psiquiatras en las catástrofes, a diferencia de quienes «lejos de dejarnos sufrir el dolor íntimo con el recogimiento que la pérdida se merece, podemos vernos asaltados por un comando de psicólogos para curarnos de la pena y apoyarnos en nuestros momentos de zozobra», y ello con el respaldo de las administraciones públicas. Desestimaron pues el valor preventivo de los efectos postraumáticos en ese proceder, en otras épocas en manos del clero y hoy, en los tiempos postmodernos, desacralizado pero no por eso ajeno al humanismo y a lo políticamente correcto. Y quizá también para otros psiquiatras ese supuesto entrometimiento en las vidas de las personas afectadas por una catástrofe estará en la línea de las patologías que se les antoja de dudoso rigor clínico, como las relativas al «mobbing», el «síndrome de alienación parental» y las «nuevas adicciones».

Tal vez esas opiniones tengan relación con que el psiquiatra, hoy más que nunca, es un dispensador de pastillas. Y es que aun en eso tiene o puede tener un problema, y no menor. Los psicólogos y otros agentes sociales reclaman que comparta su poder, el único que le ha quedado, aunque no es poco, pues se trata del poder que otorga poder recetar un fármaco. Y, en realidad, no supone ningún esfuerzo entender el razonamiento de aquéllos: si hay cuatro pastillas para cada uno de los 6 grandes grupos de trastornos psíquicos (según estimaciones generales) no parece lógico que para extender una receta de ese tipo sea necesario poseer el título de medicina y menos la especialidad de psiquiatría y, por consiguiente, que el Estado, o lo que es lo mismo, el contribuyente cargue con la mayor parte del gasto que supone seis años al menos de carrera universitaria. Además, esa profesión y estudios no dejan de ser, como se ha denunciado en ocasiones, reductos ideológicos de épocas para el olvido, enmascarados hoy en la imaginaria cientificidad que les proporciona la estadística y respaldados por los abstraídos en las neuroimágenes cognitivas y en el goce del síntoma.



El «complejo de Adán», lo que los psicólogos ovetenses omiten y lo que sus interlocutores demuestran desconocer
Hubiésemos querido que las cosas fuesen de otra manera, pero en ocasiones las decisiones humanas flaquean ante el patético espectáculo de los acontecimientos externos. Nos contentamos con hablar del crimen imperfecto a la honestidad científica, pero no podemos dejar de denunciar la falta de recursos intelectuales de algunos de los que entrevistaron a los autores de La invención de los trastornos mentales. Y quizá no pecaran de desinterés, aunque demostraron tener por laudable revelar su absoluta incompetencia respecto a lo que pretendían informar. Sin embargo, nada más denostable que atentar contra el ético proceder del investigador, ningún quebrantamiento mayor a su labor que silenciar los precedentes de un estudio, más aun cuando los datos se remontan, como el concepto de disease mongering, a la última década del pasado siglo.

Existen razones para comprender que el libro de los psicólogos asturianos no es un mero plagio de personajes del mundo catódico a lo Ana Rosa Quintana en Sabor a miel (Editorial Planeta, 2001); tampoco comparable al del novelista y gastrónomo Manuel Vázquez Montalbán, condenado judicialmente por hacer suya una traducción acerca de Julio César, en los años ochenta; menos aún del autor de L'últim càtar (Columna-Proa, 2000), premio Carlemany del año 2000, el escritor y director de la Biblioteca Nacional por aquellas fechas, Luís Racionero, a quien la Audiencia de Barcelona acordó retirar cautelarmente ese libro del mercado y la suspensión de la distribución, o de lo injustificable de La Atenas de Pericles (Editorial Planeta, 1993) trabajo también de este escritor natural de La Seu d’Urgell, en el que «descuidó» entrecomillar párrafos completos del libro de Gilbert Murray, el Legado de Grecia (Universidad de Oxford, 1921); o de algún libro del cuentista Jorge Bucay, quien sin dilación tuvo que admitir que en Shimriti (RBA, 2005) apareciesen pasajes de más de sesenta páginas de La sabiduría recobrada, obra editada en 2002 por Oberón, de la profesora de la Universidad Complutense Mónica Caballé, aunque preguntado por ese feo affaire por un periodista en entrevista telefónica, declaró «que él sólo era un repetidor de cosas. Yo aggiorno y modifico». 



 
Pero los hay que van más allá de quienes persiguen ubicarse en el ojo del huracán a sabiendas de que el que no sale en la foto además de no vender un libro no es nada; y poca cosa es, en realidad, si el editor no pone a su disposición el marketing que frecuentemente su obra no merece. Mas la cuestión aquí es otra y de mayor calado, y tal vez no es lo de menos que afecte a la credibilidad universitaria y a los que han puesto en ella algo más que sus esperanzas. En primer lugar, la buena acogida por parte de la prensa supuestamente especializada de este libro es difícil de entender (o fácil, según se mire) en razón de lo que los autores omiten. Y es que su trabajo no constituye novedad alguna, ya que han sido otros los que han tratado las cuestiones que presentan (más bien esbozan) desde muy diferentes perspectivas. Pero por una u otra razón (omisión, negligencia, ignorancia…) las tesis que allí recogen han sido saludadas como si de verdades originales se tratara. Que con ese comportamiento impidan o al menos no faciliten saber más al interesado en ese asunto no parece ser lo mejor que se puede esperar de un profesor.

1º. Informan sobre asuntos recurrentes publicados en la prensa diaria. Así, por ejemplo, el año 1997 hubo en EE.UU. 50 menciones acerca del síndrome de ansiedad social y dos años después se habló de él más de cien millones de veces; y gracias también a las técnicas de mercado, se pasó de 1.000 a 10 millones de afectados. El antidepresivo Paxil (paroxetina, Seroxat o Motiván en sus denominaciones europeas), fue el único medicamento aprobado por la FDA (Food and Drug Administration, esto es, la Administración de Alimentos y Drogas) para el tratamiento del síndrome de ansiedad social; mientras que la segunda compañía farmacéutica del mundo, la británico-americana GlaxoSmithkline (GSK) contrató a la agencia de publicidad Cohn & Wolfe para promover aquel trastorno, por lo que el Paxil aumentó en poco tiempo un 18%, poniéndose a poca distancia del Prozac y el Zoloft.

2º. Omisión absoluta del disease mongering. Se trata aquí del inventar/exagerar una enfermedad, esto es, del concepto que define la tendencia de la industria farmacéutica de ampliar los límites de lo que se considera patológico con el fin de incrementar el número de clientes y así sus ya de por sí abultados beneficios. Tal vez pudiera disculparse a los psicólogos ovetenses si el problema fuese reciente, pero no es así. Fue en el año 1992, cuando Lynn Payer, una periodista sanitaria, editora en aquella fecha del The New York Times y articulista de cuestiones médicas del She lives in New York City, en su libro Disease-Mongers: How Doctors, Drug Companies, and Insurers are Making You Feel Sick. John Wiley & Sons. 1992, (Inventores de enfermedades, cómo los médicos, los laboratorios y las aseguradoras te hacen sentir enfermo), acuñó ese concepto para la sociología médica.

Tampoco parece lo más acertado obviar, como lo hacen, las aportaciones de otros pioneros del disease mongering. Entre ellos el creador del concepto «promoción de la enfermedad», el periodista australiano Ray Moynihan, autor con Alan Cassels de Selling sickness: How the world's biggest pharmaceutical companies are turning us all into patients. Nation Books, New York, 2005, (Los medicamentos que nos enferman. Terapias verdes), siendo Moynihan quien organizó en su país hace dos años un memorable debate sobre las indeseables maniobras de la industria farmacéutica. En su producción no se echa en falta la crítica a la medicalización de procesos naturales como la menopausia y la osteoporosis y, por supuesto, no descuidó el escándalo Vioxx, un antiinflamatorio que hizo ganar lo inimaginable al laboratorio Merck, pero que tuvo que ser retirado del mercado por provocar efectos cardiovasculares perniciosos, como se puede leer en la revista PloS Medicine y en BMJ. Vol. 330. 14 mayo 2005 («Merck chief quits as further material on Vioxx emerges»). Es igualmente destacable que Moynihan, con Ioana Health y David Henry, publicaran en la prestigiosa British Medical Journal, un trabajo titulado «Selling sickness: the pharmaceutical industry and disease mongering» (BMJ. 13 April, 2002; 324: 886-891), donde demostraban cómo los laboratorios farmacéuticos estaban inventando una disfunción sexual femenina, para poder vender los medicamentos que supuestamente también la combatirían.

Que el presidente de la Federación Internacional del Medicamento de EE.UU. el doctor Harvey E. Bale, haya reconocido «que hay ejemplos de sobrepromoción excesiva» viene a corroborar de alguna manera uno de los ejemplos clásicos de disease mongering, como son los anuncios de medicamentos que usan famosos. La referencia artística es la del mercachifle charlatán de la ópera L’elisir d’amore, pues como éste las farmacéuticas irrumpen en los mass media voceando que hay que comprar el nuevo curalotodo so pena de no perder la condición de rústico. Pero las estrategias comerciales cambian, y así vemos que ha desaparecido la idea del blockbuster, esto es, el fármaco que puede reportar a una compañía 1.000 millones de dólares al año. Ahora se trata de encontrar medicamentos para nichos más modestos pero que puedan, en un tiempo no demasiado dilatado, tener buenos volúmenes de ventas. ¡Y por qué ahorrar las explicaciones, muchas de ellas magistrales, de otro pionero del disease mongering, el biólogo, bioquímico y periodista alemán Jörg Blech, autor de Los inventores de enfermedades. (Fischer, 1ª edición en alemán, 2003)? Pocos como él han denunciando que la industria farmacéutica invierte el doble en marketing que en I+D, que uno de sus mayores intereses es la medicalización del mínimo malestar, así como la financiación de trabajos de dudosa cientificidad, la publicidad engañosa, la formación continuada de médicos con programas desarrollados por sus agentes y, por último, que muchos comités de ética y de expertos están conformados por personal igualmente pagado por la farmaindustria.

Que el establishment médico no da signos de querer cambiar la situación y que la industria farmacéutica está dirigida por hombres sin escrúpulos, deseosos de obtener beneficios a cualquier precio y proclives donde los haya a traficar con el sufrimiento humano, ha sido denunciado por un antiguo trabajador (durante diecisiete años) de la industria farmacéutica, director de la famosa colección «Les Empêcheurs de penser en rond», profesor de farmacología especializado en psicotrópicos de la Universidad de París-VIII, Philippe Pignarre, y autor de Puissance des psychotropes pouvoir des patients (PUF, 2002), y de Le Grand Secret de l'industrie pharmaceutique (Poche-La Découverte 2004), entre otros libros.


                                                                     Philippe Pignare

Si grave es escamotear a Philippe Pignare, no lo es menos (citar en la bibliografía recomendada o a pie de página) a Moynihan, a Blech, y a la exdirectora de la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine (NEJM), lectora del Departamento de Medicina Social de la Facultad de Medicina de Harvard, y autora de The Truth About the Drug Companies: How They Deceive Us and What to Do About It. Random House Trade Paperbacks, 2005. (La verdad sobre las compañías farmacéuticas. Cómo nos engañan y qué hacer para evitarlo), la doctora Marcia Angell, quien en ese libro denunciaba que «En las últimas dos décadas, la farmaindustria se ha alejado mucho de su propósito original de descubrir y producir nuevas medicinas útiles. Convertida principalmente en una máquina de mercadeo para vender fármacos de beneficio dudoso, esta industria emplea su riqueza y su poder para coaccionar a toda institución que pueda interponerse en su camino, incluyendo al Congreso de Estados Unidos, a la Administración de Alimentos y Drogas (FDA), a los centros médicos académicos y a la propia profesión médica.»



El mensaje de Marcia Angell es parecido al de la película El informe pelícano (Alan J. Pakula, 1993), en el que un consorcio de empresas petroleras intenta por todos los medios mantener en secreto sus conexiones con el poder. En el caso del lobby de la industria farmacéutica sería conseguir mediante multimillonarias cantidades de dinero leyes favorables para sus productos, aspecto destacado en El jardinero fiel (2005), donde Fernando Meirelles, basándose en una novela de John le Carré, hace una crítica de los deplorables métodos al uso de la industria farmacéutica.





Mejor tal vez no haber citado a Marcia Angell, a Ray Moynihan, y a Jörg Blech, pues al mencionarlos los profesores ovetenses daban a conocer que algo al menos conocían de los precedentes de su trabajo. Ignoramos si también es así respecto a alguien que les es mucho más cercano, la socióloga responsable del Observatorio de Igualdad de Oportunidades del Instituto Asturiano de la Mujer, Marián Uría Urraza, quien en diferentes artículos ha presentado aspectos relativos al disease mongering sin olvidar a los autores más representativos de ese movimiento. Pero la coautora de La salud de las mujeres en Asturias: Investigación cualitativa con grupos de discusión (Principado de Asturias. Consejería de salud y servicios sociales. Oviedo, 2005), tal vez por ser de su misma ciudad y estar de alguna manera relacionada con su Universidad, olvidó mencionar los olvidos (digámoslo así) de sus colegas.


                                                                    Ray Moynihan

Ninguno de los autores más representativos del disease mongering, a imitación de Freud, es antifármacos. Mal se comprendería una posición en contra de los que curan, ayudan a combatir el dolor, y procuran una mejor calidad de vida e incluso salvan vidas. Y todos entienden que hay muchas cosas por hacer, más cuando la genómica, la proteómica y la trasncriptómica, pese a la nueva información que ofrecen, no han despejado las dudas fundamentales de los procesos de la fisiopatología íntima.  

Sin duda los profesores ovetenses debieron juzgar irrelevante explicar que con su libro no hacían sino entrar a formar parte de un movimiento que desde hace más de una década viene alertando de los efectos perniciosos de los psicofármacos y de las fraudulentas estrategias de las farmacéuticas, con la colaboración de los psiquiatras, y merced al marketing y hasta con el beneplácito de los pacientes. De aquí, quizá, que entendiesen irrelevante mencionar a Peter R. Mansfield, fundador de Medical Lobby for Appropriate Marketing (MaLAM) y director de Healthy Skepticism (Escepticismo Saludable), una organización que desde el año 2000 está destinada a mejorar la salud denunciando la propaganda farmacéutica engañosa. El doctor Mansfield participó recientemente en las jornadas sobre los «Medicamentos, el mejor uso del conocimiento en la clínica», celebradas en Madrid  (23 de mayo), auspiciadas por el Departamento de Salud Internacional (ENS), la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP) y la Red Española de Atención Primaria (REAP). Al lado del doctor Juan Gervas, Mansfield intervino en la sesión sobre «Los boletines farmacoterapéuticos y los médicos clínicos», e incidió en que lo deseable es que la formación médica no esté subvencionada por las empresas farmacéuticas y que la investigación debería estar a cargo de instituciones ajenas a esa industria.


                                                                Peter R. Mansfield

Trabajo, en fin, sumamente meritorio y no sólo por el desapego al dinero que demuestran los que han dedicado su tiempo y sus esfuerzos al disease mongering. Y es que en los tiempos postmodernos no son infrecuentes, paradójicamente, las investigaciones ajenas al egoísmo corporativista, así como las relacionadas con la ética exigible en el ámbito científico, y la coherencia entre la episteme y la actuación a favor del hombre, en especial del que padece los estragos de la enfermedad.

Hasta aquí algunas de las razones por las que nuestras consideraciones no pueden desvanecerse ante los que al amparo de pacatos interlocutores y del indecoroso corporativismo que con su silencio dejan ver muchos de sus colegas, pareciera que gozasen al poner a prueba la paciencia de la ética sin la cual la ciencia deviene ideología.


El psicólogo «científico» y Freud
Haciendo un uso improcedente de las prerrogativas del cargo, algunos profesores repiten, cual monserga en la loma en tiempos del más aciago régimen, que su enseñanza corresponde al paradigma de la psicología científica. Que sea también ese psicólogo «científico» el que se complace acallando toda iniciativa argumentativa que difiera de lo que repite cual pájaro exótico, no es intrascendente en el asunto que estamos tratando; y hay quien ha visto en ese proceder, y tal vez no va errado, el de espeluznantes personajes de épocas pasadas. En realidad, nunca se incidirá suficiente en la importancia del maestro y en la relación transferencial profesor-alumno y, por ende, en la tyché, en el mal encuentro que suele definir un automatón del que el alumno pocas veces tiene la capacidad de cambiar el rumbo.

La cuestión no es estar a favor o en contra de la práctica clínica que inaugura Freud: el problema es eludir el debate epistemológico riguroso acerca de la misma. No puede ser sino negativo para el alumno que su profesor sea de los que lanzan piedras contra el psicoanálisis sacando a colación alguna consideración, no pocas veces descontextualizada, de Freud. Así la de que «la biología constituye un terreno de posibilidades ilimitadas». Nadie lo pone en duda. Pero el científico profesor, no contento con esas palabras de Más allá del principio del placer, 1920, no tardará en sacar a relucir que «llegará el día en que los medicamentos curen todo», así como «que las drogas son necesarias en algún momento de la enfermedad y, en ocasiones, para algunos trastornos psíquicos». Estas consideraciones de Freud aceptan varios comentarios.

.Tal vez ese día llegue. Pero Freud nada dice del sentido de la curación ni de cómo será el sujeto en ese momento.

.Que necesario ¹ a defensa (teórica de la psicofarmacología por su parte).

.Y, por otro lado, que necesario viene a ser = a empirismo práctico.

Quien defienda que un día los medicamentos lo curarán todo (el amor, el deseo, la esperanza, el sufrimiento por esto o aquello, la posibilidad de equivocarse, también de rectificar…) está defendiendo al Freud bioquímico, a alguien cuyo deseo le hace olvidar a qué se verá reducido el sujeto en ese momento (sin duda se verá reducido al sujeto narcisista del sueño cartesiano: al Yo), y que tampoco se ha preguntado a qué amo obedecerá ese ser de ciencia ficción.  

Para Freud los psicofármacos eran necesarios, sí, pero no siempre ni en todos los casos. Razón de más para convenir que quien lea en esa consideración una defensa de la psicofarmacología está defendiendo al Freud médico-psiquiatra, es decir, el deseo de un Freud que no es freudiano. Si el que hace la defensa es un psiquiatra que no conoce del primer psicoanalista mucho más que esa frase, no cabe sino disculparle, pero sólo por su ignorancia de qué representa Freud y el psicoanálisis en la clínica y en la cultura. Pero si bien se puede disculpar a los psiquiatras por su desconocimiento de qué cosa es el psicoanálisis, no cabe descargo alguno con los psicoanalistas, con aquellos que pretendiendo conocer la obra de Freud, como los miembros de la I.P.A. (American Psychoanalytic Association), no superan en desorientación intelectual a los mejores detractores de la clínica que pretenden defender.

Se suele olvidar también lo que Freud dice en Psicoterapia, tratamiento por el espíritu, un trabajo de 1905, y que Lacan retoma al hacer observar que el psicoanalista no opera sino por la palabra, rehusando hacerlo con medicamentos, que en caso de ser necesarios deberá intervenir otro especialista. Aquí habría que añadir el problema de quién decide y por qué medicalizar. Cuestión distinta es que el psicoanalista no médico debe conocer los principios de la psiquiatría, y eso para mejor comprender lo que separa al psicoanálisis del tratamiento psiquiátrico, de un tratamiento en que la sofisticación de las analíticas bioquímicas hacen inútiles la anamnesis, la mirada y la auscultación.




Algunas opiniones respecto al psicoanálisis moverían a la risa si no afectaran a la salud y a la calidad de vida de las personas. En esa línea de opinión aleccionada se encuentra la de un conocido, por mediático, catedrático de filosofía de nuestra ciudad, quien no tuvo mejor ocurrencia al ser entrevistado sobre la psicoterapia para personas indecisas y poco exigentes como es la del filósofo Lou Marinoff, que aplaudir la gracia de su colega norteamericano, aunque en su actitud denotaba una proporción igual de confusión y envidia. Esfuerzo titánico es para ese y otros peculiares personajes, a la vista de lo acontecido, advertir en Más Platón y menos prozac (Ediciones B-2000), libro de aquel profesor del New York City College y pionero del movimiento de la filosofía práctica en los EE.UU. la perspicacia de quien atisba el dorado que representaba los cientos de miles de personas desencantadas de los psicofármacos, razón suficiente para crear, a imagen de los tediosos consejos positivos de los libros de autoayuda, una técnica psicoterapéutica (PEACE) con la que aseguraba poder vencer, sin el recurso de las pastillas, la angustia y la insatisfacción del hombre postmoderno, del urbanita de la sociedad del espectáculo, como diría el miembro del grupo radical de posguerra «Socialismo o barbarie» y fundador y principal teórico de la Internacional Situacionista, el filósofo y cineasta francés Guy Debord.

Pero no cabe amonestar a los norteamericanos por abstenerse de ansiolíticos y antidepresivos, y no sólo porque así evitan sus no pocas veces irreparables efectos. Y es igualmente cierto que la degradación teórica y práctica de algunos psicoanalistas, tanto más de los que siguen las consignas de la Ego Psychology, la Self Psychology y el Culturalismo no ha contribuido poco a la aparición de propuestas tan banales como la de Marinoff. La timorata alternativa que propone el psicoterapeuta estadounidense consta de cinco momentos: problema, emoción, análisis, contemplación y, por fin, el anhelado equilibrio. Ese momento, apuntémoslo para quienes les preocupa la duración del tratamiento, suele superar el año y medio, tiempo necesario para poder analizar la realidad, tomar una decisión y convencerse (autosugestionarse) de que esa decisión es la mejor.

Así es, ni más ni menos, como añade a sus síntomas neuróticos un nuevo síntoma (en este caso ideológico) el ingenuo paciente (¡o habría que hablar de «cliente», como propone Marinoff, y con él algunos profesores de psicología?), los mismos que con grave gesto pedagógico ahorran a sus alumnos las explicaciones sobre las diferencias y analogías respecto a la persona, el enfermo, el paciente, el cliente, el yo (moi) vs. yo (je), el sujeto y el analizante.

Nada mejor para comenzar con buen pie a saber qué cosa es la ética que está en la base de la práctica psicoanalítica que entender que hay un Freud que no es freudiano. Pero ¿cómo es eso, se dirá? Obedece a que Freud construyó la teoría psicoanalítica sin apenas precedentes históricos. Pero ¿y la galaxia filosófica freudiana, esto es, Sófocles, Platón, Henry Home Kames, Arthur Shopenhauer, Friedrich Nietzsche, Hoffman, Wilhelm von Schelling, E.V. Hartmann, Gustav Carus, Theodore Lipps…? Intuiciones amigo lector, intuiciones y nada más. Nada tampoco que tenga relación con la creación de un lenguaje para la configuración de una teoría que ha permitido explicar los hechos clínicos como nunca antes y a partir de ellos la sociedad e incluso el malestar que se deriva del paso del estado de naturaleza a la cultura.

Antes de Freud ninguna neurosis había sido escuchada. Habían sido oídas, sí, pero no escuchadas, y de ese affaire, como era de esperar, las lucubraciones de corte filosófico y sin relación alguna con la episteme clínica, lucubraciones a cual más estrafalaria que conforma buena parte de la historia de la locura antes del primer psicoanalista. En suma, la originalidad del descubrimiento freudiano y su elaboración teórica no es reductible a sus referencias epistemológicas.

Se puede entender que el «retorno a Freud» que proclamó Lacan al inicio de su enseñanza no es sino el retorno al Freud psicoanalista (o sea, retornar al psicoanálisis), a cuanto habían olvidado o más bien desconocían los psicoanalistas de la I.P.A. No cabe decir otra cosa de los que tal vez no tanto por desinterés sino por incompetencia dieron en crear, en un proceder absolutamente ecléctico, lo que bautizaron como  Psicología Dinámica; o la no menos desorientada alianza entre la psiquiatría biológica (que reduce la etiología a la genética y la neurobiológica, y a la medicación en el tratamiento), la psicología cognitivo emocional (ajena al inconsciente y que se agota en la conciencia, los consejos positivos y la sugestión indirecta), y no se sabe qué otro tipo de psicoanálisis (pues por extraño que parezca hay personas dispuestas a disimular su desconocimiento estableciendo esa inquietante alianza para asistencia en salud mental).     

Pero las diferencias apuntadas no bastan por sí solas para entrar por la vía que reclama la ética que está en la base de la práctica psicoanalítica. En primer lugar, porque la lectura de Freud entraña la dificultad de las limitaciones del lenguaje de su época (de ahí el empleo de metáforas por su parte; y además porque no existía el cardinal concepto de significante. Por otro lado, no pocas veces hay que leer un texto de Freud desde otros posteriores de él mismo, y, por último, desde Lacan (retroactivamente).  

Quizá cabe concluir recordando que los censores del psicoanálisis deberían preguntarse qué les motiva a hablar invariablemente con el padre, con Freud, conversar con quien representa la ley, la Función-del-Padre como origen de la siempre supuesta normalidad, la misma normalidad que ellos tan vehementemente parecen reclamarle. Y no sería excesivo reflexionar sobre cuánto hay de lucha por el puro prestigio (reconocimiento), así como de deseo del amo en los que abrazan el inventario de síntomas que es el DSM-V y se complacen (sin otra reflexión que no sea la determinada por los dictados de la moda) en las psicoterapias, todo ello en no pocos casos con el anhelo (inconsciente) de competir con el saber-hacer del primer psicoanalista. Que en esa afrenta no consigan otra cosa que demostrar al padre a cuán poco pueden llegar (esto es, al tiempo anterior al psicoanálisis, a una época presidida por la impostura, el engaño y la sugestión, al tiempo, en fin, del galenteo afectivo y de la intelectualización en la que se agotan las psicoterapias postmodernas, deudoras muchas de ellas de los extravíos de las concepciones psicoanalíticas anglosajonas), muestra en cierto modo lo que los honra como hijos del hombre: ‘Tú no puedes ser como el padre.’