viernes, 4 de abril de 2014

Cuando las neurociencias validan los descubrimientos psicoanalíticos...


Las neurociencias, en esta ocasión de la mano de Nils Bergman, validan una vez más los descubrimientos psicoanalíticos. Sin embargo, Nils Bergman desempolva, entre otras tesis, una no ajena a limitaciones y fundamentalmente errónea, como es la del trauma del nacimiento, que el psicoanalista Otto Rank presentó el año 1923. Aseverar, por otra parte, al modo que lo hace este experto en neonatología y salud materno-infantil, que la «separación madre-bebé… afecta a la salud y durante toda la vida…», y añadir la no menor boutade y error mayúsculo de que «Si el cerebro del bebé percibe que este mundo es un lugar difícil, en lugar del circuito de la oxitocina (llamada hormona de la felicidad) conecta con el cortisol (hormona del estrés y de la agresividad)», es ignorar muchas cosas respecto de la constitución de la subjetividad, sus avatares y sus resultados.







Baste indicar que desde los estudios del psicoanalista inglés John Bowlby (1907-1990), a partir del año 1944, sobre niños que habían sido abandonados, se conoce que la criatura humana busca la proximidad física y la relación afectiva con los adultos, sobre manera de su misma especie, y que esa primaria motivación, innata, la comparte el cachorro humano con otros animales. Trátase del primer reto del infans (del niño que todavía no habla) en la constitución de la subjetividad, pero también del adulto que lo acompaña. Así es porque se trata, en primer lugar, de mantener la homeostasis fisiológica y emocional del niño. La homeostasis es una de las respuestas fundamentales que se espera del adulto frente a excitación de las pulsiones de vida del niño, homeostasis que concierne de manera muy clara al adulto, ya que debe tener presente la intromisión que ejerce en el niño en forma de excitación, pues él, además de acoger al niño, lo narcisiza (produce la unificación del cuerpo y, correlativamente, perimte la conformación del Yo Ideal), erogeniza el cuerpo del niño, y lo nomina (le da un nombre-lugar en el linaje familiar). Esos factores son constitutivos de la subjetividad, de la singularidad del niño que tiene que advenir un adulto sano. Es conocido que la proximidad física y la relación afectiva que busca el niño responde desde la época de Bowlby al nombre de «vínculo del apego»; y es dable subrayar que siendo una característica fundamental en el desarrollo del sujeto humano, el vínculo del apego produce seguridad y autoestima en el sujeto a advenir, mientras que los déficits en ese vínculo en la edad infantil (por madres-frías, padres ausentes y/o ansiosos; hijos no deseados real o imaginariamente, abandonados o maltratados, por ejemplo), dan lugar a trastornos del carácter, aversión social y a vínculos sociales inestables en la vida adulta. Y creo que no hace falta recordar las experiencias del célebre alienista Philippe Pinel (1745-1826) y el médico y pedagogo Jean Itard (1774-1838), en el París del siglo XVIII, pues si bien el cachoro humano puede sobrevevir al abandono, tal fue el caso del niño salvaje Víctor de Aveyron, su desarrolo afectivo, cognitivo, social y del lenguaje se detienen en un punto muy primario y sin posibilidad de mejora. 
 
Pero el factor lo crucial, decisivo para el adecuado desarrollo de cada uno de nosotros, no es sino la reactualización de una separación, la reactualización de un trauma (trauma del nacimiento), por decirlo así, en el tiempo del complejo de Edipo (antes de los cinco años). Bergman parece desconocer a que se refería Freud cuando hablaba de la «primera experiencia de satisfacción» con el Otro primordial, habitualmente encarnado en la madre, y que la separación de esa alienación inicial y necesaria, dada la prematuración del cachorro humano, la ejerce la Función del Padre.

Así pues, la existencia del trauma del nacimiento no puede dejar al margen, cosa que equivocadamente hizo Otto Rank, ese factor esencial en la configuración del modo de ser y de la elección de objeto sexual de cada uno de nosotros que es la Ley Primordial del Incesto (castración simbólica) que opera la Función del Padre en la «primera experiencia de satisfacción» (valga decir, en la célula narcisista conformada por el bebé y el abrazo materno). En cuando a los morbosos efectos del «hospitalismo», experiencia traumática magníficamente descrita por el psicoanalista austriaco René Spitz, me permito recordar que una separación-carencia afectiva del niño, más si éste carece también durante más de cinco meses de la palabra del otro, (pero no sólo de la madre), genera habitualmente los síntomas del marasmo afectivo y, en ocasiones, la muerte.


Los psicoanalistas constatamos un día sí y otro también el sempiterno deseo del sujeto humano de retornar a la muchas veces imaginada «primera experiencia de satisfacción», y aunque se trata de un intento siempre fallido, no es por eso es menos el anhelo de Ser. (La falta-a-ser, -el que no seamos dioses y tampoco animales-, nos impele a Ser, y ese mismo deseo, por consiguiente, denuncia una nostalgia estructural que nos lleva a realizar hazañas inverosímiles pero también los mayores crímenes). 




 
Ese deseo, por excelencia morboso, narcisista y perverso del abrazo con la mamá, es, como digo, el deseo más perenne del hombre; deseo que muestra que el hombre es un ser que detesta serlo, o sea, destesta ser-en-menos, castrado de goce-Todo. He ahí su auténtico horror, y la nostalgia apuntada. En resumen, el sujeto humano es un ser que aborrece estar en menos por haber dejado de ser, de alguna manera, el 'His Majesty the Baby' (todo para el Otro: donde dos hacen Uno, signo del amor en la versión narcisista de completud). Constituye pues ese anhelo, como se habrá advertido, lo peor que es dable desear. ¿Qué denuncia ese deseo? Denuncia, como acabo de apuntar, que en nuestro fuero interno, de esta o aquella persona, no se ha producido la represión (sepultamiento, en términos de Freud, de la tendencia al goce), al menos no del todo, en suma, de la malsana tendencia que aboca a no pocas personas al intento de recuperar, habitualmente en los objetos de la realidad -dinero, sexo, drogas, poder, aficiones, logros deportivos, etc., etc: i(a)-, la «primera experiencia de satisfacción» y el objeto del goce: a; y de ordinario ese mismo deseo de goce-Todo (abrazo narcisista con el Otro), se convierte en síntomas que afectan, en ocasiones de manera muy punitiva, a la vida psíquica y/o al cuerpo. 




 
 


En cuanto al complejo de Edipo, como sin duda muchos de ustedes conocen, se trata del pasaje de la necesaria por un tiempo alienación al Otro (fusión narcisista con la madre) a la funda-mental separación del bebé de ese Otro (encarnado habitualmente en la madre, como he indicado), pasaje-separación que produce por la también mencionada Función-del-Padre. Por consiguiente, escapar de la fusión narcisista, del apego infantil es tanto como esquivar la causa de los mayores pesares, también de las psicosis, entre otras patologías). A esa necesaria castración-separación-exclusión del narcisismo originario del Otro que nos habita debemos la salud psíquica, y a esa benefactora función es a la que está convocado el padre (función: Función-del-Padre, dado que puede ejercerla cualquier persona, indistintamente de su sexo) desde los orígenes de la cultura, como acertadamente demostró Freud.

José Miguel Pueyo


Girona, jueves, 3 abril de 2014



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