miércoles, 27 de julio de 2011

Personajes de nuestra época. Remedios para el amor según el cognitivismo conductual del terapeuta de pareja Walter Riso

Sobre Walter Riso - Walter RisoWalter RisoAl leer «Mi amor tiene edad: fue la coca-cola de adolescente, hoy el gran reserva», lo primero que a uno de mis analizantes le vino a la cabeza es que las cosas no pintaban demasiado bien para el psicólogo Walter Riso. Desconocía, empero, que no sólo era así porque este clínico oriundo de Nápoles y afincado en Barcelona había mostrado públicamente esa intimista inclinación.






Los psicoanalistas, del mismo modo que desconfiamos de la intuición, sin excepción nos interesan las asociaciones que suelen provocar los excitantes mencionados así como las ideas que proceden de la abstemia más absoluta. Y no reparamos menos en lo que dicen las personas que siguen ubicadas en el tiempo en el que se creía que el sujeto humano se agotaba en el Yo consciente y en los neurotransmisores y en los genes; así como en el discurso de los que creen que todo lo que hace y desea el hombre puede recogerse en la fenomenología descriptiva de las conductas o plasmarse en pruebas diagnósticas como las de contraste yodado intravenoso; o en el de los que afirman que en las pastillas y en la identificación del paciente con los ideales del terapeuta reside la curación de todos los malestares. Algo al menos de esta línea teórica y práctica, tanto como de la superada ética del ser y el deber, se advierte en el trabajo que sucintamente hoy me propongo comentar.



Se trata del último libro de una serie sobre la felicidad y el amor que el mencionado terapeuta de orientación cognitivo conductual Walter Riso ha tenido a bien titular Manual para no morir de amor. Diez principios de supervivencia afectiva. Editorial Planeta/Zenith. Barcelona, 2011. Algunas ideas de entidad semejante a las que conforman este trabajo se encuentran en la entrevista que Lluís Amiguet («La Contra» de La Vanguardia, martes 24 de mayo de 2011) hizo al autor con ocasión de la aparición de su decálogo.

¿A qué cuestión pretende responder este clínico? Los lectores no siempre esperamos una primicia en el último libro que nos disponemos a leer, aunque cuando ocurre no escatimamos el agradecimiento. Como se habrá advertido, en esta ocasión se trata de un asunto tan conocido como anhelada es su resolución: la angustia, la desesperación y otros problemas no menores que en ocasiones produce el amor. Esos efectos son suficientes para intentar atajarlos, ahora con unos principios que Riso califica de supervivencia afectiva o resistencia emocional. A la presentación formal de los principios, ya presentes en la introducción del libro, le sigue un desarrollo pormenorizado de los mismos, para concluir con un pequeño resumen, y una bibliografía no comentada.

















Es sabido que enamorarse puede dejar de ser una experiencia placentera. Tal vez lo que no se conozca tan bien es que la resolución de este problema no se atisba si se deja al margen la estructura psíquica de los enamorados, ya que determina el modo particular de amar, desear y padecer. Dado que no son pocos los autores que han intentado conjurar las desgracias del amor, y así el cese de las lágrimas y el desasosiego, interesa conocer las nuevas aportaciones a este asunto. ¿Habrá algún remedio para el desamor? Riso pertenece al grupo de los optimistas, más incluso porque asegura que sus principios:
a) Obran como esquemas de inmunidad o factores de protección.
b) Que quien los asume ama sin apenas equivocarse, y, por lo mismo, la desazón que a menudo provoca el amor se convierte en la excepción.
c) Que esas personas podrán amar sin morir en el intento, o sea, disfrutar del amor y sentir su irrevocable pasión.
d) Y en la línea de las promesas de los libros de autoayuda y fiel a algunos gadgets de la postmodernidad, califica a sus principios de ecología afectiva y asegura que permiten crecer como persona.

Sería meritorio que fuese así, sobre manera porque implicaría la vida para las mujeres que la ven segada por maridos, novios o amantes conmovidos por los peores entresijos del amor y/o del desamor.

¿Se exige alguna condición especial para amar bien? Riso afirma que la invulnerabilidad ante las desdichas del amor no se consigue con la mera incorporación de sus principios, pues si bien la primera condición es no bajar la guardia, el factor imprescindible para que se constituyan en herramientas adecuadas contra el desamor es que los enamorados cambien la concepción tradicional del amor por una más renovada y saludable. La pregunta obligada entonces es ¿en qué consiste esa nueva concepción del amor? Se resume en la máxima que preside el decálogo: negarse a morir o sufrir inútilmente por la persona que se quiere.

Tal es el eje que estructura este libro insufriblemente banal, y cuyos consejos únicamente son operativos en razón de ese cambio ideológico en la concepción del amor. El autor no contempla aspectos cruciales en este asunto, como, por ejemplo, los condicionamientos psicosociales y, por lo mismo, desatiende la responsabilidad en la toma de decisiones, pues una persona con hijos, familiares a su cargo, hipoteca, que se encuentra en paro, etc, etc., se le impone evaluar aspectos que serán indiferentes a la que está libre de esas cargas y problemas. Se echa en falta igualmente el análisis de la incidencia de la salud física y psíquica en la relación de pareja y, en consecuencia, el valor de la identificación y del narcisismo que pueden conducir a una persona a lo peor. La ausencia de discriminación y la generalización son obstáculos insalvables en la cuestión para la que el autor asegura tener la solución. En esa actitud clínica se reconoce la moral del imperativo categórico kantiano, un imperativo acorde a los protocolos basados en métodos estadísticos y cuyos resultados se aplican a un sujeto que la ideología quiere absolutamente ajeno a su subjetividad.

¿A quién va dirigido este libro? Se trata de un manual para los que sufren por amor. Es decir, no está pensado, se nos dice, para los depredadores emocionales, sino para los luchadores del amor, para los que insisten y persisten a pesar de sus errores y malas decisiones.

Este libro tampoco está pensado, habría que añadir, para las personas que quieran saber qué es el amor, por qué nos enamoramos y sufrimos por ello, qué nos hace desear con una fuerza inquebrantable, de qué se trata en la pasión, por qué algunas personas pueden sublimar la energía sexual y a otras les resulta imposible, qué hace que en ocasiones no se pueda desear sexualmente a la persona que se ama, por qué sólo el amor hace condescender al deseo, y, en fin, cómo evitar y solucionar esos y otros problemas de quienes por ser sujetos humanos, como usted, el autor de este libro y yo mismo, lejos de agotarnos en el Yo consciente procedemos según el pensamiento inconsciente, esto es, según las leyes de la instancia psíquica que se conformó en nuestra más tierna infancia y que desde entonces determina nuestras virtudes y nuestros vicios. 

Todo invita a presentar esos diez principios de supervivencia amorosa. Pero antes habría que rescatar de la memoria algunas de las fuentes históricas, precedentes que del mismo modo que hablan de lo insoportable del rechazo afectivo, que en ocasiones lleva al asesinato y a quitarse la vida, nos advierten que en este asunto la razón puesta al servicio de la pedagogía tampoco cura.

Los clínicos de la autobautizada psicología científica, también llamada de la evidencia, dejan de lado las normas científicas
Quien posee una maestría en bioética, ignora, olvida o simplemente elude una de las fuentes esenciales del asunto que trata. En otros términos, el autor de culto de Riso no es el poeta romano Publio Ovidio Nasón (43 a.C.–17 d.C), sino el novelista libanés Khalil Gibran, el espiritualista Jiddu Krishnamurti, y el escritor oriundo asimismo de la India Rudyard Kipling, entre otros. El que tuvo problemas mayores con el emperador César Augusto en el año 8 a.C., como lo prueba su exilio obligado a Tomis (hoy ciudad de Constanza, en la actual Rumanía), escribió, entre otras obras, Amores, publicado en el año 16 a.C.; Arte de amar, del año 2 a.C.; y Remedios para el amor, aproximadamente en esta última fecha. En este último texto, de forma más poética que Riso pero con la misma intención, Ovidio presenta consejos y estrategias para evitar los daños y perjuicios que puede causar el amor: «Acudid a mis lecciones, jóvenes burlados que encontrasteis en el amor tristísimos desencantos. Yo os enseñaré a sanar de vuestras dolencias, como os enseñé a amar, y la misma mano que os causó la herida os dará la salud… Cuanto advierto a los mancebos, creed que lo digo también a las muchachas; doy armas a las dos partes contrarias. Si entre mis preceptos se desliza alguno que no convenga a vuestro modo de ser, a lo menos os servirá de provechoso ejemplo. El fin, lo que me propongo es de suma utilidad: extinguir las llamas crueles y libertar los corazones que gimen en vergonzosa esclavitud.»

Si la elisión de esa referencia puede obedecer a un déficit intelectual, y por lo mismo disculpable, quizá no lo sea omitir el trabajo de la socióloga y escritora Ángeles Rubio. Remedios para el mal de amores (por qué nos enamoramos y qué hacer para no sufrir de amor). Barcelona: Amat Editores, 2006; o que Riso no cite tampoco el estudio del psiquiatra granadino afincado en Madrid Enrique Rojas Montes. Remedios para el desamor. Como afrontar la crisis de pareja. Barcelona: Editorial Temas de Hoy, 1992. La misma ausencia respecto a las «Las diez claves para no sufrir por amor» del psiquiatra y psicodramatista argentino Walter Hugo Ghédin. Y el silencio es también absoluto respecto a la artista argentina Laura Sapriza Morán, directora de Remedios contra el amor, quien en un sugestivo espectáculo nos invita, al lado de Paula Budnik, mediante la danza alternativa y unos diálogos ingeniosos, amenizados con sugerente luz y la quejumbrosa música del bolero y la melosa cumbia, a seguir enamorándonos y a no llorar demasiado en tiempos de separación.



Pero no citar algunas referencias básicas no es potestad exclusiva de este terapeuta de orientación cognitivo conductual. Hace años comenté la hazaña de los profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez Álvarez, catedrático de psicología de la personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos, y a Héctor González Pardo, profesor titular de psicofarmacología, quienes en su libro La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial. Madrid, 2007, habían silenciado los precedentes fundamentales del asunto que trataban. (La cuestión del disease mongering –invención de las enfermedades– ha sido objeto de investigación desde la última década del siglo pasado de autores tan conocidos como Lynn Payer, Ray Moynihan, Ioana Health, David Henry, Jörg Blech, Philippe Pignarre, Marcia Angell o Meter R. Mansfield).

Es Lacan quien advierte en el amor, el odio y la ignorancia las tres grandes pasiones del Yo. Supo leerlo en Freud, y sus analizantes ratificaron el acierto del primer psicoanalista. Lo destacable aquí es que la ignorancia es una de las manifestaciones fundamentales del gran horror vacui humano que es el horror a la falta que define a la castración. Indico así que toda relación amorosa pone en juego la falta constitutiva del sujeto humano, falta de la que en ocasiones nada se quiere saber, una falta que, por lo demás, el objeto de amor viene a obturar, a tapar, a disimular. De ahí que cuando el objeto de amor falta, bien porque el paternaire muere por otro tipo de abandono, una persona puede reprocharse haber fallado, como nos enseña el melancólico; y puede ocurrir también que alguien pueda dirigirse violentamente contra el objeto, contra el paternaire cuando barrunta que va a ser abandonado, ya que el abandono deja al descubierto la horrible falta que estaba oculta por el objeto de amor.

En los ejemplos mencionados quizá haya algo de no querer saber del lugar que ocupa para los otros el semejante, esto es, los autores elididos, por el anhelo narcisista de hacerse Uno con el Otro. Quizá haya algo, en fin, de querer ser el objeto exclusivo del Otro social, el objeto que obtura la falta-castración del Otro y así la castración de uno mismo. Por lo demás, ese intento es imaginario, por lo tanto fallido.


Una nueva idea del amor como condición del éxito ante el desamor
En el ánimo de este terapeuta se adivina el anhelo de que el amor deje de ser una ruleta rusa, de que el amante no se rasgue las vestiduras si el amado ya no lo desea. Los remedios positivistas son inoperantes para la llamada violencia de género, y frecuentemente suelen producir confusiones y efectos indeseables. También por esto no habría que haber dejado de lado las edades del amor, la diferencia entre la pasión sexual y el amor, así como los estragos del amor materno. Como indiqué los remedios que propone Riso no son para el amor tal cual lo conocemos, ya que su innovación se reduce a cambiar la idea tradicional del amor por una en la que el desamor no duela. Incluso en esta idea ya va retrasado respecto al amor en la postmodernidad, por lo que aquí también la realidad supera a la ficción. Sus principios, de práctica obligada y continuada, no superan a los que se escuchan en el restaurante a la hora del almuerzo y, por supuesto, en la peluquería. Desde la mesa del fondo llegan comentarios de personas que ajenos a esos autores dicen regirse en la relación de pareja por la premisa «no merece la pena sufrir por amor». En realidad, el sentido común, pasado y presente, conforma consejos parecidos a los que ofrece este terapeuta: «Si no te desea, aprende a perder, no insistas o sufrirás», «Si te casas con tu amante romperás la magia de esa relación», «No te infravalores», «No aceptes los chantajes», «Estar solo no es necesariamente malo», «Deja de creer que tu pareja es la mejor», «Un nuevo amor no acaba con el anterior», «El poder afectivo lo tiene quien menos necesita del otro», «Los años pasan y no se puede perder el tiempo con un amor que no te haga feliz», «Si no sientes amor es que no existe». Hay vida después de un querer incomprendido, como afirma Riso. Todo indica que este psicólogo se ha propuesto recordar que lo que no se puede hacer es tirarse por el balcón, como lo hizo Tom Nicon, por ejemplo. Fue por desamor que el joven modelo francés se quito la vida el 24 de junio de 2010 a los 22 años de edad tras caer de la ventana de un cuarto piso del edificio de Milán en el que se alojaba con motivo de la Semana de la Moda Masculina de la ciudad italiana con la firma Burberry Prorsum.

De la ambigüedad y tal vez algo más
Por la página web del autor (www.walter-riso.com) sabemos que estudió psicología en la Universidad Nacional de San Luís (Argentina) y en la Universidad San Buenaventura (Colombia); que se especializó en psicología clínica cognitiva, en la Universidad del Norte (Barranquilla, Colombia), y que realizó estudios de maestría en Bioética en la Universidad El Bosque (Colombia). En ese mismo sitio se informa que actualmente es profesor de Terapia Cognitiva en la Universidad Konrad Lorenz y en la Universidad Católica de Colombia, así como en otras universidades de Latinoamérica, además de presidente honorario de la Asociación Colombiana de Terapia Cognitiva (ACOTEC). Y en la solapa del Manual para no morir de amor se lee, «Walter Riso… desde hace treinta años trabaja como psicólogo clínico, práctica que alterna con el ejercicio de la cátedra universitaria y la realización de publicaciones científicas y de divulgación en diversos medios.»

La falta de concreción y la ambigüedad merecen en todo momento la desaprobación. En esta ocasión al lector y al investigador español, sin ir más lejos, se le da una información que de citarla tal cual sería inexacta. El hecho es que ahí donde se dice «Universidad Konrad Lorenz» se trata en realidad de Fundación Universitaria Konrad Lorenz, o con más precisión, Fundación Instituto Universitario de Ciencia y Tecnología Konrad Lorenz, lo cual, obviamente, no desmerece en nada a esta institución universitaria privada con sede en Bogotá, pero sí que se la puede desmerecer al mencionarla de manera inexacta.
Nada de extraño tiene que la práctica clínica del autor de este libro se remonte a los años 80, pero se nos dice que la alterna con la cátedra universitaria. Se trata de una referencia sumamente imprecisa, entre otras cosas porque en esta ocasión se escatima la información sobre la cátedra universitaria que ocupa, esto es, en qué Universidad, en qué Facultad, el nombre de la cátedra, desde qué fecha la ostenta, etc, etc.



Estoy convencido de que Riso tiene poco ver, a no ser por la dedicación a los libros de autoayuda, con el psiquiatra y supernumerario del Opus Dei, el mencionado Enrique Rojas Montes, quien firmaba todas sus opiniones bajo el falso título de catedrático de psiquiatría. También por este motivo la escrupulosidad en la información se hace necesaria.


El poema a la letra, del humanitarismo y la postmodernidad La posición que le es dado adoptar a una persona respecto a la castración-falta del Otro, por ejemplo respecto al horror de no ser más el objeto del deseo del Otro, Otro que en la primera infancia encarna habitualmente la madre, está presente en el poema de Antoine Tudal.

Entre el hombre y la mujer
Hay el amor
Entre el hombre y el amor
Hay un mundo
Entre el hombre y el mundo
Hay un muro.
(Antoine Tudal, en París en el año 2000)

Así es porque la relación sexual es imposible, a diferencia del acto del mismo nombre que realmente existe. Que sea imposible obedece a la Función-del-Padre, ya que por esa pretérita función normativizante del deseo el amor deviene un síntoma y, por lo mismo, suple (con un objeto semblante) la ausencia de relación sexual, relación sexual que de existir sería la relación incestuosa con la madre. En cualquier caso, la llamada relación de pareja, por lo que se cuece o queda crudo en el temprano tiempo del complejo de Edipo, nunca es absolutamente de dos, del amante y del amado. Así es porque la Función-del-Padre no es absoluta, siempre existe en ella un déficit normal, déficit que procura al sujeto cierta vinculación con sus objetos primarios.

De ahí que se haya dicho que el amor es un muro, a-muro, como recuerda Lacan. Un muro que de forma sublime se advierte en esa idealización del amor que es el amor cortés, en el que la dama adquiere el valor de objeto inaccesible, intocable, imposible (como lo es la madre: objeto a, das Ding); relación que Freud muestra en una de sus variantes en la joya clínica que es Sobre la más generalizada degradación general de la vida erótica, 1912.

Se trata de una degradación generalizada de la vida erótica porque el amor a la madre, en el caso del varón, puede interferir en la relación amorosa, interferir hasta el extremo de imposibilitar que confluyan en un mismo objeto, en el paternaire, la corriente afectiva-cariñosa y la corriente sexual-erótica. Por paradójico que pueda parecer una tal degradación no es ajena a una época que como la nuestra es de grandes transformaciones sociales, transformaciones que impelen al sujeto postmoderno a un goce sin demora. La razón, o al menos una fundamental, es que la caída de los roles masculinos tradicionales, la declinación de la autoridad del pater familias, las nuevas configuraciones familiares, el desplome de los ideales de los grandes metarelatos políticos y religiosos, así como el ensimismamiento de los jóvenes en los objetos tecnológicos, dificulta establecer lazos afectivos con el otro sexo, pero también, y aun paradójicamente, la sublimación. (En la nueva subjetividad, en ese nuevo modo de ser del sujeto humano en el mundo no tiene poco que ver la ideología del capitalismo tardío, una ideología de la que los correligionarios de los libros de autoayuda y otros individuos con análogas intenciones humanitarias, si no les ha pasado por alto no tienen una respuesta acorde al problema).


José Miguel Pueyo


Sevilla – Girona, mayo 2011





Tesis para el amor y el desamor, de Walter Riso
1º.  El primer principio es «Aprende a perder»
“Si ya no te quieren, aprende a perder y retírate dignamente, ya que luchar por un amor imposible, nuevo o viejo, deja muchas secuelas”.

Este es el primer principio de este psicólogo italiano, graduado en la Universidad de Colombia y master en bioética que, tras emigrar a Argentina con su familia y vivir allí muchos años, reside ahora en España.

“Cuando realmente ya no te aman, con independencia de las razones y causas posibles, hay que deponer el espíritu guerrero y no librar una batalla inútil y desgarradora; es mejor sufrir la pérdida de una vez que someterse a una incertidumbre sostenida y cruel”, aconseja el psicólogo.

2º. No te cases con el amante
El segundo consejo de este experto es que nunca te cases con el amante, “porque es como echarle sal al postre. Solamente un pequeño porcentaje de amantes que acaban casándose o se van a vivir juntos, mantienen una relación que funcione”, explica el experto

“Despertar del éxtasis, reestructurar la locura simpática que mantenía viva la relación tiene sus consecuencia y contraindicaciones; es muy difícil reglamentar el amor pasional y que el hechizo no se rompa”, remacha Riso.

3º. No sientas lástima
“También es común, en estos casos, -agrega- que la persona mantenga un lazo compensatorio con su ex pareja por lástima, responsabilidad moral o culpa, un aspecto que pone los pelos de punta al viejo amante transformado, especialmente cuando el marido-esposa ofendido entra en crisis”.

4º.  Extráelo de raíz
“En ocasiones, los ex se convierten en una especie de apéndice: no cumplen ninguna función, son incómodos y habría que extraerlos de raíz si se quiere tener una vida saludable y en paz”, aconseja el especialista.

5º. Adiós a los “ni contigo, ni sin ti”
Para aquellos enamorados a quienes su pareja martiriza con el tan manido “ni contigo ni sin ti”, aconseja que corran con todas las fuerzas lo más lejos posible y no salten al compás del otro, sino que sean rotundos y contundentes en el “se acabó”.

“Si decides seriamente salirte del juego, notarás que, poco a poco, tus emociones empezarán a depender de ti: este proceso se conoce como ‘autorregulación’ y permitirá que la actitud dubitativa del otro te afecte menos, que te mueva, pero no te tumbe”, enfatiza este psicólogo clínico.

6º. Nada de chantajes
Otro principio de supervivencia radica en alertar que el poder afectivo lo tiene quien necesita menos del otro y no faltan quienes intentan sacarle provecho con el mensaje implícito de que se irán si no le dan lo que desea.

7º.  Ensaya la soledad
“Ensaya la soledad”, es el consejo del experto, en el bien entendido de que la soledad afectiva no tiene porqué ser una tortura y que no se define por sustracción (estar “sin ella o sin él”) sino por la multiplicación del ‘yo’, que se recrea en el autodescubrimiento.

“Invítate a ti mismo a salir y conversa de ‘tu a tú’ o de “’yo a yo’ y tendrás que reconocer, aunque sea a regañadientes, que la persona a la que quieres, a veces, sobra y molesta, a pesar de que la ames”, añade.

8º. Un clavo no saca otro clavo
“Un clavo no saca otro clavo y, a veces, pueden quedar dentro los dos”, advierte el psicólogo para quienes suelen recurrir a este proceso, bien por la necesidad de ser amado, la baja tolerancia al dolor afectivo o el revanchismo.

“Con esta idea en la cabeza, los dolientes se lanzan al mundo del mercado afectivo en busca de un “clavo” más grande y más potente que desplace y retire el anterior, sin pensar que en el mundo emocional hay unas leyes que subsisten y que antes deben ser asimiladas y diluidas por el organismo”, asegura Riso, en relación con el duelo amoroso. En su opinión, lo mejor sería un proceso a la inversa: primero hay que sacar el viejo clavo y luego, si tienes suerte, hallarás una persona que valga la pena y que pueda a entrar en tu vida tranquila y sin estorbos del exterior.

9º. No te anules
Otro principio de supervivencia afectiva pasa por evitar el sacrificio irracional e intentar anularte para que tu pareja sea feliz “porque auto-castigarte para levantarle la moral a otro es matar el amor en nombre del amor; ésa es la paradoja”, apunta Riso.

10º.  Saca a relucir el amor
Otra máxima a tener en cuenta es que “si el amor no te ve, ni te siente, no existe o no te sirve” y abomina de quienes no son capaces de expresar amor porque “no es suficiente sentir el amor, sino que hay que sacarlo a relucir, hay que probarlo”.

“Necesitamos algo de locura, un poco de desorden, una chispa que nos recuerde que la pasión no ha muerto y el juego no ha terminado; entre un estilo afectivo apocado y preciso y otro locuaz y explícito, la mayoría preferimos el segundo”, enfatiza Riso.
Y, por último, concluye que algunas separaciones son instructivas ya que “permiten saber lo que no quieres del amor”.

Este es el primer principio de este psicólogo italiano, graduado en la Universidad de Colombia y master en bioética que, tras emigrar a Argentina con su familia y vivir allí muchos años, reside ahora en España.

«Hay vida después de un querer incomprendido», afirma Riso.
En otras palabras, este psicólogo aconseja que lo que no se puede hacer es tirarse por el balcón, como lo hizo el joven modelo francés cuando fue abandonado por su novia. Fue por desamor que el joven modelo francés Tom Nicon sacude murió el jueves 24 de junio de 2010 a los 22 años de edad tras caer de la ventana de un cuarto piso del edificio de Milán en el que se alojaba con motivo de la Semana de la Moda Masculina de la ciudad italiana, con la firma Burberry Prorsum. Nicon se había labrado una fulgurante carrera que le había llevado a desfilar en las mejores pasarelas para las mayores marcas del lujo internacional, como Yves Saint Laurent, Louis Vuitton, Burberry, Versace. El joven se habría suicidado porque se encontraba muy deprimido, ya que acababa de romper con su novia, con la que mantenía una relación de varios años.

“Niégate a sufrir por amor, declárate en huelga afectiva, haz las paces con la soledad, atempera la necesidad de amar por encima de todo y a cualquier precio y rescata tu amor propio, el primer gran amor a partir del cual se generarán los otros”, afirma Riso en su reciente libro “Manual para no morir de amor” .

Qué puede hacer el psicoanálisis para que mujeres y hombres puedan encontrar una relación de pareja satisfactoria?
Del mismo modo que no hay saber sobre el sexo, no hay un modelo de pareja ideal. Lo que sí hay, es un tratamiento psicoanalítico para desarmar la apatía sexual, la impotencia o la violencia de género. El problema no suele ser de pareja, el problema en principio es individual, quiere decir esto, que corrigiendo los problemas que pesan sobre uno, ésa persona tendrá la posibilidad de encontrar su ideal y además un ideal no neurótico. En ocasiones las psicoterapias de pareja funcionan en busca de una compensación, que puede ser un ideal totalmente neurótico, por lo que fallan. De aquí que el sujeto se encuentra de nuevo apesadumbrado.
Como en tantos otros casos, el conocimiento de la clínica es fundamental, para resolver un problema y por consiguiente también para que una persona encuentre a su pareja, con quien pueda vivir sosegadamente y feliz.

¿A qué se refiere a un ideal de pareja no neurótico?
Un ideal de pareja no neurótico es aquella pareja que no está constituida en la complementariedad de dos neurosis, como una neurosis histérica y una neurosis obsesiva. O un delirio a dos. Esto puede funcionar pero siempre será patológico. En la sociedad actual, o sea en la postmodernidad democrática, los deseos complementarios funcionan mal, fundamentalmente porque nadie aguanta las particularidades del deseo del otro. El amor, cede aquí su lugar, al hambre de nuevos objetos, que caracteriza al deseo humano.

El libro de este psicólogo napolitano afincado en Barcelona, es acercarse a cosas tan conocidas como superadas y, en ocasiones, en modo alguno aconsejables, cosa no infrecuente en los libros que, como éste, pertenecen a los llamados de autoayuda. Y es que lo que uno escucha a diario en el restaurante a la hora del almuerzo, por no mencionar lo que se comenta en la peluquería, supera con creces los diez principios que este clínico de orientación cognitivo conductual aconseja para no morir de amor en un libro cuyo contenido, y no sólo por esto, pone en cuestión su ampuloso título: Manual para no morir de amor. Diez principios de supervivencia afectiva. Editorial Planeta. Barcelona, 2011. Ideas de parecida entidad recoge la entrevista que Lluís Amiguet («La Contra» de La Vanguardia, martes 24 de mayo de 2011) hizo al autor con ocasión de la aparición de su trabajo.

Frente a una ética que siempre oscila entre el ser y el deber, sabemos que el psicoanálisis propone la “ética del bien decir”, aquella no regida por el principio del placer ni mucho menos por un imperativo categórico. Se trata de introducir la dimensión de lo real y, en este sentido, de una ética restringida a la experiencia analítica, que regula al acto analítico.

Así es porque entiende que no se trata tanto de amar como de amar bien

El amor es una ruleta (muchas veces pareciera que rusa) donde todo escapa a nuestro control.

¿Cómo evitar los fracasos amorosos? ¿Cuáles son los remedios contra el amor? ¿En dónde se fabrican tales remedios? ¿Es el amor una enfermedad que necesita curarse? o ¿Cómo se cura?
quien afirmaba en su poema de carácter estoico enseñaba a los hombres jóvenes a evitar la idealización de las mujeres amadas y les procuraba ayuda en caso de que el amor les produje desesperación y desgracia. Ovidio asegura que los suicidios que son producto de amores desafortunados pueden ser evitados mediante el cumplimiento de sus consejos.

José Miguel Pueyo
Bilbao, diciembre de 2011 





Personajes de nuestra época. Lucubraciones antiguas e hipermodernas en la crianza de los hijos. (O de las ideas teóricas y los consejos prácticos de la terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert)

  SIN DIVÁN


La terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert se ha propuesto desempolvar algunas ideas que no pocas personas conocen desde hace bastantes años, así como informar de algunos de los descubrimientos de las modernas neurociencias para la óptima crianza de los hijos.


Evâina Reichert

En las disquisiciones teóricas y de todo tipo de esta especialista en psicología del niño tal vez hayan tenido algo que ver las fantasías biologicistas de uno de sus maestros, el orgonoterapeuta austriaco Wilhelm Reich (1897–1957). Como este malogrado disidente de las ideas de Freud, también su alumna exuda biologicismo por todos los poros de su ser. Cierto es que en esta ocasión y de acuerdo con la época que le toca vivir, esta profesora brasileña se inclina ante una de las versiones hipermodernas de las neurociencias, ámbito en el que, por lo demás, tampoco considera oportuno establecer diferencias. Así lo da a conocer en la entrevista de Victor–M. Amela («La Contra» de La Vanguardia, miércoles 18 de mayo de 2011) con ocasión de la aparición en español de su libro Infancia. Edad Sagrada. Barcelona: Editorial La Llave, 2011.

En Evânia Reichert encontramos a una de esas personas que gustan resucitar la socorrida y más vendible si cabe, y tal vez por esto, historia de los infortunios vividos. Pero su verdad le es conocida sólo en parte, pues el lado inconsciente de su novela familiar, al menos por lo que dice, le es absolutamente opaca. Y ya por último pero no por eso sin importancia, sus aseveraciones constituyen un buen ejemplo de lo que da de sí la psicología respecto a la conformación de lo que somos todos y cada uno de nosotros y de la causa y función de los síntomas de las afecciones psíquicas.

«Nacido su primer hijo, las cuidadoras se lo retiraron durante dos días. Con su segundo hijo se repitió la operación, pero esta vez se plantó como leona para reclamarlo», comenta Victor–M. Amela. Es evidente que esta profesora se encuentra entre los que creen que la óptima salud de un hijo radica en que no lo aparten de la madre en el momento del nacimiento. En cuanto a la opacidad mencionada, quizá fuese oportuno preguntarse si existe otro motivo, tal vez más desconocido, que determina a una madre a no separarse de su hijo. Y, en realidad, el psicoanálisis ha descubierto que el deseo de la madre, de no intervenir la necesaria separación que ejerce la Función-del-Padre entre el niño y ella, función de la que me apresuro a subrayar que puede llevarla a cabo cualquier persona indistintamente de su sexo, puede constituir un estrago para el hijo, y tan traumático como podría ser el desapego.

¿Qué cabe decir de quien presenta como novedad lo que no lo es en absoluto? Me refiero ahora a la importancia del contacto madre-hijo en la crianza de cachorro humano. Quiero pensar que esta especialista en cuestiones de la infancia no desconoce que lo básico es la relación del niño con su semejante, y no necesariamente con la madre biológica. El motivo de esa necesidad no es otro que la premaduración neurobiológica de la criatura humana. O sea, básica es esa relación porque los humanos, los llamados reyes de la creación, nacemos inacabados. Mas esto, por concernir al proceso de mielinización del sistema nervioso, lo sabe si no todo el mundo al menos muchas personas. Tal vez se conoce menos el fracaso del pedagogo Jean Itard. Este médico jefe del Instituto de Sordomudos de París intentó ubicar al niño salvaje Víctor de Aveyron en la sociedad francesa de comienzos del siglo XIX, pero no pudo hacerle hablar y tampoco consiguió socializar sus pulsiones; experiencia que fue utilizada por François Truffaut en el film L'enfant sauvage, 1970. Basta echar una ojeada a la historia de las relaciones vinculares para advertir su importancia. La primera experiencia de privación afectiva en niños la protagonizó el emperador Federico II de Alemania y rey de las Dos Sicilias (1194–1250), quien atravesado por una singular pulsión epistemofílica ordenó a una serie de nodrizas amamantar y cuidar a unos bebés pero sin hablarles, hacerles gestos y acariciarlos, dado que deseaba saber la lengua que hablarían y así desvelar el primer idioma que hablaron los humanos. El resultado fue la muerte de todos los niños. F. Archambaud y T. Parrot, a finales del siglo XIX, advirtieron trastornos psicológicos en pequeños internados en instituciones; y a partir del año 1930 John Bowlby, L. Bender, W. Golfarb y R. Spitz consignaron patologías en los que habían sido internados a edad temprana en una institución. Si tales niños hubiesen sobrevivido al desapego absoluto serían seres parecidos al salvaje de Aveyron, al menos porque no podrían hablar y, por lo mismo, simbolizar como lo hacen los que no se han visto expuestos a ese ultraje. Con este inciso he querido indicar que el desapego absoluto que se advierte en el experimento de Federico II no es equiparable a la separación madre-hijo durante algunas horas, como fue el caso de la experiencia de Evânia con su primer hijo.

¿Qué es un niño? Para la psicoterapeuta psicocorporal a la que hoy le dedico un poco de mi tiempo se trata de «una persona con todas las posibilidades por desplegar… si los adultos no lo impiden». El acierto es en este caso absoluto.




Sin embargo, nos mueve a discrepar su opinión de que los adultos «inyectemos a los niños complejos de inferioridad… o les cortemos las alas… que nos vengamos en ellos de nuestros malos rollos…». Pero, además, ¿a qué adultos se refiere, a qué padres, a los de su generación o a los de nuestros días? Nada nos dice al respecto. En fin, se le pasa por alto una distinción que de haberla establecido daría pie a pensar que puede articular la constitución del sujeto humano y sus síntomas con los factores históricosociales, en esta ocasión con la modernidad y la postmodernidad. No siendo así, el déficit ahora es respecto a los efectos psicológicos, siempre disímiles, que pueden generar en los hijos los padres de una y otra generación. Y es que no es lo mismo tener un urvater, un padre iracundo y todopoderoso en casa, que convivir con el padre-colega tan frecuente en nuestros días. La diferencia se constata, como acabo de decir, en los síntomas que presentan las personas de aquella generación y las de nuestros días. En otras palabras y con un poco más de concreción, la sintomatología está determinada por una diferencia estructural, esto es, por el modo en que se ha constituido una persona en su primera infancia (sujeto → Otro: el sujeto es segundo respecto al Otro, el cual existe desde siempre). En la generación precedente teníamos a un sujeto conformado en la relación de deseos y de goces del complejo de Edipo y, por consiguiente, su modo de ser en el mundo estaba determinado por una clínica edípica, por una clínica de la prohibición del goce-Todo y la normativización de las pulsiones incestuosas y agresivas por la Función-del-Padre.

Pero recién todo cambia para el sujeto con la era tecnológica. Así es porque el inconsciente es permeable a los acontecimientos sociohistóricos, en este caso a los cambios acaecidos en la postmodernidad, entre los que destacan la caída de los metarelatos y las nuevas configuraciones de la familia. En suma, vivimos una época en la que el Otro social y familiar, consistente hasta hace pocos años, ya no existe, una época que ha dado lugar a una clínica del goce y del vacío. Si en la primera clínica predominan los síntomas del deseo, desde la insatisfacción a la postergación del acto pasando por el deseo prevenido del fóbico; en la segunda, al ser una clínica sin Edipo predominan la apatía, la desorientación y la impulsividad. En otros términos, es esa característica estructural la que ha dado lugar a los actos que definen al acting out y el pasaje al acto, que adoptan a menudo una forma de auto y heteroagresión, siendo muy relevantes los que afectan a las relaciones interpersonales; y esa misma característica estructural explica el auge de la anorexia y de la bulimia, la drogadicción, la depresión y el ataque de pánico, por ejemplo.



Nuestra época, que denuncia los ideales incumplidos de la modernidad, se reconoce en la revolución tecnológica y en el capitalismo tardío, y ha traído consigo los gadgets y la democratización del goce, a menudo solitario, que la sofisticación de los objetos procuran, así como el auge de lucubraciones espirituales, técnicas exóticas para relajar la mente y un anhelo inusitado de poner en forma al cuerpo practicando deportes, que, siendo alimento para el narcisismo del Yo, frecuentemente lo exponen a lesiones sin retorno y aun a la muerte. Desde el psicoanálisis estos fenómenos son destacables porque en ocasiones constituyen sinthomes que anudan estructuras psíquicas dispuestas, pese a todo, al golpe de la tyche que determina su eclosión.

¿Qué es educar? Las ideas de esta profesora sobre tan controvertida cuestión la ubican entre las personas que tienen ideales consolidados para el óptimo desarrollo del niño. Educar, dice, «es formar sin castrar las potencias del niño». Entonces «Dejándole a su aire», le pregunta Victor–M. Amela. «No. Contención, que no represión…». Quiere decir «Poniendo límite, ¿no?», incide el entrevistador, obteniendo esta imaginaria respuesta: «Las paredes del vientre materno son un cálido límite para el embrión. Los brazos paternos que le mecen son para el bebé un amoroso límite…»

Confiar en que las cálidas paredes del vientre materno y en que porque un padre acune a su hijo, ya sea con todo el cariño del mundo, configuran límites a las pulsiones del niño, entiendo que es confiar demasiado y, sobre todo, la idea deja mucho que desear se mire por donde se mire. Quizá se trata ahí de un límite, pero todo apunta a que el límite podría ser de la libertad que se reclama para el indefenso bebé. Recurrir, como hace la autora, al «afecto y la calidez y el ánimo formativo» en modo alguno soluciona el problema, pues estas consideraciones no funcionan más allá de lo que la pátina sentimental pueda afectar al lector.

Como en casos semejantes, cabe agradecer a esta psicoterapeuta que nos recuerde con sus ideas que la psicología actual no encuentra sus fundamentos epistemológicos y clínicos en el sujeto que habla, o más exactamente, en el sujeto que es hablado por el Otro que nos habita, sino en las neurociencias, en esta ocasión en la psiconeurología. Veamos algunos ejemplos. ¿Cómo evitar que los niños sean inseguros, que se desvaloren, que se maltraten y maltraten, que sean agresivos, etc, etc? La solución que nos propone es muy antigua: «Con la vacuna de la neurociencia: cariño, afecto, amor.»

No cabe detenerse en esa consideración terapéutica y en la similitud de esas palabras, pues se explica por sí sola. La autora se atreve también con otras cuestiones de igual envergadura, como son la constitución del sujeto humano y, por ende, al factor preventivo desde los orígenes, cuestiones a las que se refieren las siguientes preguntas de Victor–M. Amela: «¿Y cómo se modela a un niño sano?», «¿Qué dice la neurociencia al respecto?» La información no constituye novedad alguna: «… el afecto estimula la sinapsis, las interconexiones entre neuronas… de 0 a 1 año se establece en el cerebro humano el mayor número de interconexiones neuronales de toda su vida. Y se ha constatado que el amor de los padres y cuidadores, el cariño, el afecto expresado en caricias, besos, cosquillas, abrazos, pedorretas, achuchones… ¡fomenta las sinapsis, multiplica las redes neuronales! Tal vez nada mejor aquí que la cuestión que plantea Victor–M. Amela, «O sea, que ese cerebro será más rico». He aquí la respuesta: «Tendrá mejores cimientos sobre los que levantar ulteriores capacidades. Haber mecido, acunado, besado, acariciado, amado, respetado… ¡te hará más inteligente! A más amor recibido más inteligencia futura.»

Nada asegura, absolutamente nada salvo el sentido común, la veracidad de esta fórmula. Además, las madres, casi sin excepción, cuidan, miman y estimulan a sus bebés. Pero siendo eso necesario, en modo alguno es lo crucial para el óptimo desarrollo psicofísico del niño.

La autora está en lo cierto al afirmar que lo que en realidad es crucial, esto es, funda-mental en la crianza de los niños es evitar «filiarcados», expresión que ella misma explica: «Hay patriarcado (hegemonía del padre), matriarcado (de la madre) y filiarcado (del hijo): ¡busquemos mejor la heterarquía, es decir, que cada cual tenga un lugar!»

El giro de esta especialista psicocorporal y en el desarrollo del niño, como se habrá advertido, es hacia el psicoanálisis. Pero su eclecticismo no le lleva a mencionar la disciplina que se inaugura con Freud, tal vez porque desconoce que está hablando de alguno de sus descubrimientos. «¿A qué edad aparece en el niño la conciencia de género». La respuesta es por demás freudiana: «De los tres a los seis años se desarrolla la pulsión sexual a la par que la epistemofílica… se trata de la curiosidad de saber, de conocer, de explorar: si reprimes la pulsión sexual de un niño, ¡reprimes su impulso de saber!»




Como ocurre en otras ocasiones, el lector no puede esperar demasiado del libro de Avânia Reichert, y no sólo porque sin rubor sostiene que «Nunca antes supimos tanto sobre la infancia: ¡si lo aplicamos, daremos lugar a la única revolución de verdad!... la paz sobre la Tierra empieza en el vientre de la madre!»

José Miguel Pueyo
San Sebastian, mayo de 2011


Albert Einstein. Su opinión sobre la religión y la cuestión judía

                                                                                                                 
Los excéntricos hábitos de Albert Einstein | El ComercioEn un simposio sobre la relación entre ciencia, filosofía y religión, celebrado el año 1934, el físico alemán Albert Einstein (1879-1955) afirmó «La ciencia sin religión está coja, y la religión sin ciencia está ciega». Esa frase, no menos que «El Señor es sutil pero no malicioso», así como «Dios no juega a los dados con el universo» (1) dio a entender que para el más célebre de los nacidos en Ulm, ciudad alemana famosa por su Catedral, la iglesia protestante de arquitectura gótica con la torre más alta del mundo en ese tipo de edificaciones (161,53 m), razón y fe, lejos de excluirse, se complementan y, por lo mismo, el famoso adagio zanjaba la disputa sobre si el padre de la teoría de la relatividad (Invariantentheorie, según sus palabras) era creyente o no.



La tranquilidad duró hasta el martes 13 de mayo del 2007, día en que el diario británico The Guardian publicaba una carta poco conocida del premio Nobel. Escrita en alemán de su puño y letra, la misiva, fechada en Princeton el 3 de enero de 1954, un año, por lo tanto, antes de su muerte, tenía por destinatario al filósofo alemán Eric Gutkind (1877-1965), quien había enviado poco antes al genio alemán su libro Choose Life: The Biblical Call to Revolt. Hardcover. Horizon Press, 1952, (Escoger la vida: la llamada bíblica a la rebelión).

La carta-revelación de Einstein sobre la religión (traducida al inglés por Joan Stambaugh), se puso a la venta el jueves día 15 por la casa de subastas Bloomsbury de Londres –junto a otros documentos que, a su lado, pasaron inadvertidos, como algunas cartas de Darwin y de Mata Hari– tras permanecer más de 50 años en manos privadas, y alcanzó un precio, incluidos costos adicionales de 207.600 libras, unos 260.971 euros.

Ese documento, que no se encuentra incluido obviamente en la obra del filósofo e historiador de la ciencia israelí Max Jammer, referencia fundamental sobre este asunto (Einstein and religión. Princeton University Press, 1999), lejos de poner punto y final a la controversia se prevé que dé oxígeno al debate acerca de las convicciones religiosas de uno de los mayores iconos del siglo XX.

«Últimas voluntades» de Einstein: ateísmo e igualdad frente al sionismo.
El hecho tan sorprendente y quizá escandaloso para algunas personas es que Einstein refute en esa carta el principio de incertidumbre, pues afirma que «...la palabra Dios no es más que la expresión y producto de la debilidad humana, y la Biblia una colección de honorables leyendas primitivas, las cuales, no obstante, son de todos modos bastante infantiles.»

Y, en realidad, esas aseveraciones, además de su atea connotación, no dejan de cuestionar aquella supuesta conciliación entre la religión y la ciencia. Mas no satisfecho aún con tales declaraciones y como si quisiera despejar cualquier atisbo de duda al respecto, Einstein añadía «Ninguna interpretación, no importa cuán sutil sea, puede (para mí) cambiar eso». Resumiendo, en lo que puede considerarse sus últimas voluntades respecto de la cuestión religiosa, Einstein renegaba de la fe de sus mayores.

Sabido es que el laureado físico tuvo un papel importante en la creación del Estado de Israel, y tal vez por eso le ofrecieron ser el segundo presidente de ese país. Quizá lo que no se acentúa como se merece es que fue educado en un colegio público católico (Volksschule), y que del mismo modo que recibió clases privadas de religión judía, cumplió con los preceptos sagrados, a pesar de que sus padres no eran especialmente practicantes. En una entrevista realizada por Georg S.Viereck en 1929, declaraba que había sido instruido en la Biblia y el Talmud y que aún creía en la existencia histórica de Jesús.

Aquel niño respetuoso con la religión, él que creía en la existencia histórica de Jesús, en la carta (de 1954, presentada al público en mayo de este año), y como si a última hora hubiese sido arrebatado por el deseo de hacer amigos, cuestiona todas las religiones oficiales y aun de manera especial el judaísmo. Sorprendente pero innegable. Einstein la emprende sin el menor miramiento contra el sentimiento de superioridad de muchos judíos, como era el caso de su colega, alemán y judío como él, Eric Gutkind, a quien le confiesa «Para mí la religión judía, como las otras religiones, es la encarnación de las supersticiones más infantiles». Y para más consternación de su amigo, apostilla «… los judíos no son mejores que otros grupos humanos, a pesar de que están protegidos de los peores cánceres por su falta de poder. Por otra parte, no consigo ver nada de elegido en ellos». He aquí una crítica en toda regla a la pretensión de aquellas gentes de ser los elegidos del Señor, el pueblo tocado por Dios. Entendidas así las cosas y movido por un más que agudo golpe de sinceridad, no cabe extrañarse que Einstein espetara a su amigo, «En general, encuentro doloroso que reclame usted una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo como hombre y uno interno como judío». Pero como suele ser habitual en las decisiones del hombre, tras una arena viene una de cal. En efecto, se vio obligado a añadir, quizá sin advertir la contradicción en la que incurría, que sus diferencias eran menores de lo que pudiera parecer, «Lo que nos separa son sólo convicciones intelectuales y de racionalización, en la lengua de Freud. Por lo tanto creo que podríamos entendernos bastante bien si habláramos de cosas concretas». Y se despide con «Fraternales gracias y mis mejores deseos. Suyo, A. Einstein.»

Los expertos consultados por el diario londinense admiten que nunca habían oído hablar de esa carta; mientras que John Hedley Brooke, director del programa de estudios en ciencia y religión del College Harris Manchester, de Oxford, salía al paso de la polémica con un recurso conciliador, «Einstein sentía un gran respeto por los valores encarnados por las tradiciones judía y cristiana». Lo cierto es que el que se había nacionalizado suizo en febrero de 1901 y perdió tres empleos como profesor por su heterodoxa manera de enseñar, le molestaba que lo identificaran con el ateísmo militante. Y es que para Einstein la intolerancia de los ateos era tan denostable como el fanatismo de no pocos religiosos.

La negación del Dios cristiano y de la inmortalidad por un pacifista.
Transcurría el año 1930 cuando el hijo de los alemanes de clase media Hermann y Pauline, en un breve artículo titulado Lo que creo, tras afirmar que no tenía otros ideales que no fueran la bondad, la belleza y la verdad, indicaba que sus ideas religiosas las alimentaba el misterio «como la más hermosa experiencia que podemos tener... Es esta la emoción fundamental en la cuna del verdadero arte y la verdadera ciencia... Fue la experiencia del misterio –aun mezclada con el miedo– la que engendró la religión». Es decir, el misterio se le antojo «un conocimiento de algo impenetrable, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más radiante, sólo en sus formas más primitivas accesibles a nuestra mente». Ese «conocimiento y emoción» –prosigue– constituyen la «verdadera religión» y «en ese sentido, y sólo en ese sentido, soy una persona profundamente religiosa.»

Debemos añadir que en esa misma época deseaba que se comprendiera su negación del dios cristiano, del Hacedor de la existencia «que recompensa y castiga a sus criaturas», y del mismo modo que la creencia en la inmortalidad era cosa de «almas débiles». En suma, es como si hubiese tenido la intuición de que todas las religiones se proponen como soluciones y antítesis de la pulsión de muerte, como una tentativa de negar la muerte al afirmar el fantasma de la inmortalidad o de la reencarnación, aspectos que tienen sus raíces en la ausencia en lo inconsciente de nuestra propia muerte.

Las declaraciones de la ya famosa carta dejan ver un cambio en el pensamiento del físico de Ulm respecto al judaísmo, así como una radicalización en cuanto a la religión. Entre los años 1921 y 1932, diferentes artículos relacionados con sus viajes a los EE.UU. muestran su creciente adhesión a la causa sionista y su interés por ayudar a recoger fondos para la colectividad judía y el sostenimiento de la Universidad hebrea de Jerusalén, fundada en 1918; actitud que no tardará en abandonar o al menos matizar. Uno de los grupos armados judíos para la expulsión de los árabes de Palestina, probablemente el más sanguinario, fue el «Stern Gang», llamado así en honor de quien lo creó, Abraham Stern, en 1939. Sus miembros, empero, se sentían más cómodos cuando se los reconocía como «Luchadores por la Libertad de Israel» (Lohamei Herut Yisrael, en idioma hebreo). Fueron las atrocidades que perpetraron las que movieron a Einstein a escribir el 10 de abril de 1948 a los financiadores de esa organización sionista (judíos afincados en norteamérica) la siguiente carta:

Albert Einstein, 10 de abril de 1948.
Señor Shepard Rifkin, Director Ejecutivo de los «Amigos Estadounidenses de los Luchadores por la Libertad de Israel». 149 Segunda Avenida, New York.
Cuando una catástrofe real y final recaiga sobre nosotros en Palestina, el primer responsable de ella serán los británicos y el segundo responsable serán las organizaciones terroristas nacidas de nuestras propias filas. No estoy dispuesto a ver a nadie asociarse con esta gente criminal y descarriada.
Su seguro servidor, Albert Einstein

Einstein no dudó en esa ocasión de calificar, de manera lacónica pero directa, a aquel grupo como organización terrorista criminal y descarriada. Pero sin duda hay algo más, la precavida advertencia del anciano sabio, la misma que enuncia el refrán español «Quien siembra vientos cosecha tempestades». Su pensamiento religioso estaba mucho más consolidado (aunque lo esencial del mismo, adelantémoslo, le era desconocido). A pesar de que en alguna ocasión menciona la existencia de un Creador personal, ya en una carta de 1926 dirigida al que le fue concedido el premio Nobel de Física en 1954, el alemán Max Born (1882-1970), presenta una de sus sentencias más célebres es ese ámbito «Tú crees en el Dios que juega a los dados, y yo en la ley y el orden absolutos en un mundo que objetivamente existe.»

El panteísmo spinozista de Einstein.
No se equivocaba el rabino Herbert S. Goldstein (1890-1970) cuando en 1929 manifestó que el verdadero credo de Einstein era «el Dios de Spinoza, que se revela a sí mismo en la justa armonía del mundo, no en un dios que se preocupa por el destino y las obras de la humanidad». Y hasta el final, ciertamente, fue fiel al concepto de Dios y de la naturaleza (Deus sive natura) tan del agrado del filósofo holandés.


Como su estimado Baruch de Spinoza (1632-1677), el célebre judío alemán veía en el cosmos orden y armonía, cuyo efecto en él era un sentimiento transcendental e inconmensurable, oceánico, como afirmaba parafraseando a Freud, que le hacía rechazar la idea del azar y de la necesidad. En «Religión y ciencia», un artículo que ocupó la primera plana del New York Times del 9 de noviembre de 1930, decía «Las leyes de la naturaleza manifiestan la existencia de un espíritu enormemente superior a los hombres... frente al cual debemos sentirnos humildes», y a renglón seguido subrayaba que la experiencia personal de un sentimiento religioso cósmico «no puede dar origen a ninguna noción de Dios y a ninguna teología.»



Así pues, treinta años antes de su deceso, el famoso disléxico mostrábase ya crítico con la creencia en el Dios personal de la tradición judía y cristiana, al que siempre identificó con la etapa «antropomórfica» de la religión. Sentíase cómodo explicando que había tres estadios de la experiencia religiosa. El primero de ellos correspondía a lo que puede llamarse ‘religión del miedo’, común a la religión animista de los hombres primitivos. En el segundo nivel estaba la ‘religión moral’, cuya principal característica era la creencia en la providencia de Dios. En el Cristianismo se podía reconocer estas dos fases, pues al iracundo Dios del Antiguo Testamento le siguió Jesucristo, o sea, el compasivo y todo bondad de los Nuevos Textos Sagrados. Y en tercer y último lugar, encontramos  lo que entendía como «sentimiento cósmico religioso», una experiencia que permitía al hombre percibir lo que de sublime tiene la armonía de la naturaleza. Ese era el nivel que correspondía al advertimiento de la inutilidad y la pequeñez de los deseos humanos, sentimiento documentado en los Salmos de David, sin excepción en los místicos y también en el Budismo y otras religiones orientales, tan proclives a las vivencias nirvánicas, al anonadamiento del deseo y a cuanto por una razón de estructura psíquica accede el psicótico y cuyo retorno, aquí más que en ningún otro caso, es impredicible3.

El panteísmo como forma religiosa de obviar la castración.
Humano, demasiado humano; y nada tampoco que tenga que ver con el splendid asolation. Así lo acredita que el premio Nobel de Física de 1921 no pudiera ir más allá de la antigua concepción panteísta del cosmos y del hombre del matemático Pitágoras de Samos (582-507 aC). En lo que puede considerarse un arrebato de lucidez destinado a evitar la pena que la herida narcisista provoca al común de los mortales, el célebre filósofo griego dejó constancia muchos siglos antes de que lo hiciera otro no menos conocido filósofo, René Descartes (1596-1650), desconociendo también a que respondía su deseo, del consuelo que recoge uno de sus versos áureos, «El hombre que consiga la más alta purificación del alma y el cuerpo será como Dios, ya que no otra cosa es la que se alcanza al reintegrarse, previa depuración de los deseos por la penitencia y la dietética, en el Todo». El clérigo, predicador e intelectual francés Jacques Benigne Bossuet (1627-1704) hubo de advertir en esa sentencia algo del orden de lo excesivo y aun obsceno, pues entendía que «El panteísta era un ateo disfrazado de Dios mismo.»

Esa antiquísima idea es la que triunfa, curiosamente, en los tiempos postmodernos. Pero siendo contraria a los tejemanejes de las religiones oficiales y excluyendo al Dios personal no por eso deja de ser religiosa y por demás ambiciosa. Por otro lado, su aparente simplicidad trae a la memoria la que acerca de la religión han tenido las porteras de muy diferentes épocas: «Algo superior debe existir desde el momento en que los pájaros encuentran solos su alimento, aunque esa fuerza superior no sea como nos la pinta la Iglesia». Dicho esto, el convencimiento de Einstein en el determinismo en la física (una actitud, para decirlo de paso, que se aviene mal con sus actividades pacifistas), es paralelo a la bondad que atribuye al dios impersonal que es el Todo-Naturaleza, y del que no podía sino participar el hombre.

Lo destacable, como se comprenderá, es que en esa idea se reconoce la inclinación cartesiana del más conocido de los físicos. Se trata una vez más de salvar al Yo, de la pretensión de suturar la herida narcisista del sujeto humano que recoge el concepto griego de homoiosis.


     (Hacerse Uno con el Otro = Todo-Naturaleza) 
      ____________________________________

                                           

El símbolo de la castración, -φ, ocultado bajo la barra de la represión, designa precisamente el intento (inconsciente) de ocultamiento de la verdad que se trata en la religión panteísta. No sería aceptable disculpa alguna para ese deseo, por más inconsciente que sea, más por venir de un hombre de ciencia, hecho que revitaliza los estragos que supone para la ciencia y para la salud. En el desconocimiento de cuanto acontece en lo psíquico y de la razón de su padecer, Einstein afirmó a la ligera «... nunca criticaría, como lo hace Freud, [la fe en un Dios personal], pues tal creencia me parece preferible a la falta de toda visión trascendente de la vida.»

Esa contradictoria opinión abre de par en par la puerta al debate sobre el inveterado anhelo del hijo del hombre de evitar lo mejor que le podría ocurrir, esto es, la castración simbólica y, por lo mismo, de complacerse en la perversa aspiración que recoge el concepto de divinidad. Y eso más allá de que Dios, en el panteísmo determinista que abrazó el sabio alemán, dejó de ser personal para convertirse en razón, geómetra y lógico, idéntico a la estructura del orden cósmico. Lejos, muy lejos quedaba ya para este Einstein la tradición cristiana de un Dios personal y providencial; pero si eso fue causa de escándalo para los conservadores y de aplauso para los ateos, por lo que la carta hallada nos permite conocer, son quizá estos últimos los que se llevarán el agua a su molino.

Notas:
1. La primera frase (Raffiniert ist der Herr Gott, aber boschaft is er nicht) parece que fue dicha por Einstein en una conversación en su primera visita a Princeton en la primavera de 1921. Por iniciativa del matemático Oswald Veblen la frase fue grabada sobre el hogar de la sala de profesores de Fine Hall. La segunda (Gott würfelt nich), aparece en varias cartas y se refiere a su posición respecto de la «interpretación de Copenhague» de la teoría cuántica. En una carta a Max Born de diciembre de 1926, Einstein le decía «La mecánica cuántica es por cierto digna de atención. Pero una voz interior me dice que no es todavía la cosa real. La teoría da mucho, pero difícilmente nos acerque a los secretos del Viejo. En todo caso, estoy convencido de que [Él] no juega los dados.»

2. De creer a Einstein, a los cincuenta años seguía leyendo la Biblia. En una carta en la que respondía a una felicitación por haber cumplido cincuenta años, remitida por Heinrich Friedmann, su antiguo profesor de religión en el Gymnasium, le decía «Leo la Biblia a menudo, pero el texto original permanece inaccesible para mí.»

3. En el año 1918, con motivo de una conferencia en honor del físico bávaro Max Planck (1858-1947), Einstein afirmó que coincidía con el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) en que la motivación para dedicarse al arte o a la ciencia sería el escape «de la vida cotidiana con su dolorosa crudeza y desesperanzada monotonía, [el escape] de las cadenas con que nos atan nuestros deseos siempre prestos al cambio.






















Meir Schneider, educador visual, terapeuta y precursor de la visión natural 62 años. Nací en Ucrania, crecí en Israel y vivo en San Francisco. Lo que sé y lo que enseño no lo aprendí en la universidad, pero tengo un doctorado en reconocimiento a mi trabajo. El 80% de las personas que están en sillas de ruedas no deberían estarlo. Soy judío. Creo en la conexión

entre Dios y la naturaleza.

“Nacemos con el poder para sanarnos”
Ima Sanchís
31/10/2016 01:02 | Actualizado a 31/10/2016

Meir Schneider: Improve Your Vision & Eliminate GlassesLa fuerza personal y la generosidad de una comunidad con la ética de compartir y enseñar lo que sabe devolvió la vista a este hombre que profundizó en lo aprendido hasta crear un método de sanación personal. Fundó la Escuela de Auto-Sanación en San Francisco. En el 2007 fue nombrado en Israel “uno de los 10 israelíes más inspiradores”, y en el 2010 Gavin Newson, entonces alcalde de San Francisco, le otorgó el certificado de Honor por una vida dedicada a mejorar la calidad de vida de las personas con limitaciones visuales y físicas. Tiene varios libros escritos (Logrando la salud por ti mismo, e imparte cursos por todo el mundo. Pasó por Barcelona invitado por la Asociación Española para la Educación Visual.

Meir significa dando la luz, un nombre fantástico para quién ha nacido ciego.

Y premonitorio...

Nací con cataratas congénitas, glaucoma y estrabismo. Después de cinco operaciones antes de los cinco años, ambos cristalinos quedaron destruidos casi por completo.

¿Sin remedio?

El doctor Stein, oftalmólogo de fama internacional, el último en operarme, firmó que mi condición era irreversible. Sólo veía sombras. Fui declarado oficialmente ciego, aprendí braille y fui a una escuela especial en Israel.

Es obvio que no se rindió.

Nunca abandoné el sueño de ver. A los 17 años tuve la suerte de conocer a Isaac, más joven que yo, que había superado una grave miopía con ejercicios oculares a través del método del oftalmólogo William Bates y que con paciencia me enseñó.

¿En qué consiste ese método?

Según Bates, la tensión física y mental es la causa principal de los problemas oculares. Cuando el ojo se relaja, se utilizan las células oculares correctas y la visión no se debilita.

Pero de ahí a recuperar la vista...

Se trata de reeducar el ojo, usarlo tal como funciona cuando está relajado. Bates diseñó una serie de ejercicios que yo practiqué de manera tan obsesiva que desencadené nistagmus (movimientos oculares rápidos e involuntarios).

Siguió sin rendirse.

En un año podía reconocer caras y ver letras de tamaño normal acercándomelas a la nariz. Con el tiempo pude sacarme el carnet de conducir. Hoy he recuperado el 70% de la visión.

Explíqueme alguno de esos ejercicios.

Se basan en nueve principios. El fundamental es que el estrés es la principal causa de la mala visión. La fatiga mental incide directamente en la fatiga ocular y ambas impiden la nitidez.

Hay que relajar la vista.

Sí, es esencial encontrar momentos para mirar a lo lejos. Si miramos de cerca, los músculos se tensan, el cristalino se vuelve rígido y empieza a degenerarse. Demasiadas horas de ordenador, móviles y televisión.

Es la vida moderna.

Pues crea problemas no sólo de ojos sino también de espalda, pero basta con parar cada 20 minutos para hacer un par de estiramientos. De la misma manera, el uso excesivo de gafas graduadas (que potencian un punto focal espe­cífico) nos hace tensar los ojos. Tampoco es aconsejable el uso excesivo de gafas de sol.

Eso será polémico.

Los ojos deben acostumbrarse a las distintas frecuencias de luz. Si utilizamos gafas de sol, las pupilas se debilitan, el sistema nervioso sufre, y producimos menos melanina.

¿Nuestros ojos producen melanina?

Sí, este pigmento está en nuestros ojos para oscurecer la luz, es como si lleváramos unas gafas de sol dentro de la retina, y su escasez afecta al resto de la piel. Impusieron a dos comunidades de aborígenes australianos el uso de gafas de sol y por primera vez se les quemó la piel.

Curioso.

La gran mayoría de las personas con patologías visuales pueden aprovechar la luz del sol para mejorar su vista. También es importante fomentar el uso de la visión periférica.

Apenas la usamos.

En la selva no duraríamos ni una hora, porque hoy sólo vemos lo que tenemos delante. Una de las consecuencias de perder la periferia, de usar en exceso la visión central, es la presión constante y por consiguiente el glaucoma.

¿No hacemos nada bien?

Necesitamos una revolución. Piense que el 95% de la miopía es adquirida. También hay que acostumbrarse a fijarse en los detalles y pasar de uno a otro para evitar la degeneración macular.

No siga..., ¿tiene remedio?

Incluso la vista cansada se puede recuperar. Lo primero es aprender a parpadear de forma pausada y a menudo, a respirar y a relajarse.

¿Por qué no es conocido el método Bates?

Fue desacreditado, en cualquier campo los pioneros no suelen ser bienvenidos, y requiere tiempo y esfuerzo del paciente.

Usted ha ido más allá de Bates.

Tuve grandes maestros que me enseñaron que todo el cuerpo está conectado. Si por ejemplo tienes el cuello tenso, los músculos no van a permitir el flujo suficiente de sangre a tu sistema ocular.

¿La manera en que utilizamos el cuerpo cambia su estructura?

Sí, y trabajamos en exceso algunos músculos y articulaciones, mientras otros no los utilizamos nunca. Si dejamos de mover, aunque sea una parte, el resto del cuerpo se ve afectado. Por ejemplo, las piernas con parálisis afectan los brazos y el torso. Hay que entender algo fundamental.

Usted dirá.

Nuestra mente limita nuestras habilidad para utilizar el cerebro. El cerebro acepta las restricciones y queda programado para las limitaciones que la mente le ha impuesto.

Pero me habla de un trabajo ímprobo.

Nacemos con el poder para sanarnos, está en cada célula de nuestro cuerpo, cada músculo, vaso sanguíneo... Andamos por doquier en busca de curas para nuestras enfermedades, sin darnos cuenta de que hay una fuerza en nuestro interior con la capacidad para sanarnos.