viernes, 29 de julio de 2011

La imaginarización de lo que somos. (O de los planteamientos sociobiológicos del profesor David Bueno)



David Bueno. De atrevimientos, aseveraciones y conjeturas
En el ámbito de la cultura, y quizá más curiosamente en el universitario, hay personas que ya sea por su posición social, institucional o idiosincrasia, no les resulta fácil comprender los perjuicios que pueden causar con sus ideas a quienes sin otro cuestionamiento que el ordinario los escuchan o leen.


David Bueno

Si bien se conoce que el atentado de esas personas contra la inteligencia no es sin atrevimiento, quizá lo que no se sepa tan bien es que los psicoanalistas estamos acostumbrados a los atrevimientos, tanto más porque un día sí y otro también los provocamos. Intentaré explicar a qué me refiero. A las personas que nos piden ayuda para erradicar sus inhibiciones, angustias, obsesiones, tedio ante la vida, temores, etc., etc., les decimos que la condición primera para curarse de lo que se quejan es que nos «digan no importa qué». No se trata, evidentemente, de que por el hecho de hablar esas personas vayan a curarse. No, no se trata de eso. Hablar, por sí solo, no cura; y si el que habla mayoritariamente es el terapeuta, puede ser esa la mejor estrategia para sugestionar al afligido paciente, y con la sugestión introducir en el tratamiento toda clase de engaños e imposturas, si bien no siempre conscientemente. El psicoanálisis nace, como ustedes habrán leído o escuchado, cuando Freud abandona las técnicas terapéuticas al uso; y las abandona porque además de estar presididas por la sugestión, no funcionaban. En suma, al psicoanálisis se va a hablar; y por la demanda del psicoanalista al analizante, «diga usted no importa qué», el analizante atenta en las sesiones contra los principios que rigen el funcionamiento del habla ordinaria y en particular contra las tres leyes sociales fundamentales: el sentido, el sexo y el agrado.

De ese atentado, de tal atrevimiento lo primero que es dable subrayar es su necesidad. Es necesario porque es una característica de la regla fundamental del tratamiento psicoanalítico, la asociación libre, regla que dicho sea de paso constituye la contrapartida del principio de la abstinencia, principio que implica evitar la impostura de los ideales por parte del psicoanalista. En resumen, la demanda del psicoanalista, «hable de no importa qué», o lo que es lo mismo «diga usted todo lo que le pase por la cabeza durante todo el tiempo que dure la sesión» introduce en el psicoanálisis un atrevimiento que es la condición primera de la cura psicoanalítica.





Existen, ciertamente, otros atrevimientos; y uno de ellos es el que hoy sucintamente me propongo presentarles. A diferencia del atrevimiento que implica la asociación libre, el atrevimiento al que me referiré no es condición de nada que tenga que ver con apear de sí una afección psíquica, y menos aun de depurar un pensamiento imaginario o ideológico, que, como se sabe, son males muy lesivos para la inteligencia. El atrevimiento en cuestión es el de aquellos individuos que presentan conjeturas epistemológicas acerca del determinismo biológico del comportamiento humano. En fin, les hablaré del atrevimiento de quienes, si bien reconocen en lo que somos la incidencia del ambiente y de la educación, no han podido advertir la radical diferencia que separa al hombre de los otros animales. Por lo mismo, este tipo de atrevimiento no es exactamente el que caracteriza a los partidarios del biologicismo de rancia estirpe o de primera generación; no es, digo, el atrevimiento de los que aseveran que cuanto hacemos, imaginamos y deseamos está determinado por lo orgánico, dígase genes o neurotransmisores, aunque, ciertamente, el reduccionismo biologicista no deja de estar en la órbita de esas personas.

En esta ocasión no me detendré en las causas y consecuencias sociopolíticas de este modo de entender la naturaleza humana; una visión que no permite inscribir, al menos de entrada, a todos los acólitos del determinismo biológico en el grupo de los que defienden políticas netamente conservadoras, o de la variante denominada Nueva Derecha, como fue la de los gobiernos de Margaret Thatcher, en Gran Bretaña, y el de Ronald Reagan, en Estados Unidos. Sin embargo, lo que se ha dado en llamar lectura crítica siempre me ha parecido más próxima a lo Real y, por lo mismo, más ética que la crítica convencional. Esta predilección obedece a que la lectura crítica permite mostrar los condicionantes sociales y políticos de un determinado discurso, o lo que viene a ser lo mismo, quiere dar luz a la siempre importante cuestión de ¿cómo la ciencia puede validar los posicionamientos políticos y viceversa?

Un ejemplo del atrevimiento aludido, que presento aquí sólo por razones didácticas, se reconoce en el discurso, particularmente en los medios de comunicación de masas, del profesor del departamento de Biología y Genética del Desarrollo en la Facultad de Biología de la Universitat de Barcelona (UB), David Bueno i Torrens. Antes de presentar algunas de sus ideas, que para algunas personas ocuparían un lugar destacado en la mitología genética del comportamiento humano, concretaré los puntos básicos de ese discurso.

1º. En cuanto a los aspectos formales: Ejemplifica el de aquellos discursos que aseveran lo que a la vuelta de la esquina relativizan; es también un clara muestra de la generalización y el consecuente olvido del principio del «caso por caso»; así como de la desestimación del aporte de diferentes disciplinas al asunto tratado.

2º. Sobre las causas: La causa última no puede leerse en unos textos en los que faltan las asociaciones del autor. Sin embargo, no cuesta trabajo advertir en ellos un deseo al menos: que la biología tenga un lugar predominante sobre cualquier otro factor en la determinación del comportamiento humano. Mientras que la falta de referencias teóricas, más allá de las del autor, deja al lector a la espera de una discriminación que nunca llega.

Dichoso el que pueda conocer el porqué de las cosas.
                                                                                             Publio Virgilio Marón


No somos seres con instintos.
Diríase, empero, que algunas personas quieren hacernos creer que no carecemos de esa característica que, en realidad, sólo pertenece a los otros animales. También por este motivo el atrevimiento al que aludo se opone el rigor exigible a los planteamientos que se quieren científicos. Tal vez no quepa sorprenderse de que ese déficit o desliz cultural venga de una periodista, pero ¿qué cabría decir si procede de un investigador del Centre de Recerca i Estudis en Conflictologia de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) como es el profesor Bueno? 




  La periodista y el investigador dejan de lado las pulsiones y, por ende, el modelo pulsional. Omiten nada menos que uno de los factores esenciales en la conformación y en el devenir de cada uno de nosotros, y lo omiten a favor del instinto, que, como acabo de indicar, sólo es atribuible a los animales. (El error aparece en una entrevista de Marta Bausells, publicada en el diario catalán Ara, «La fidelidad es, en gran medida, una cuestión genética», 29/06/2011; de la que traduzco el título y en lo sucesivo algunos párrafos). 
  


Más allá de lo que este extravío muestra respecto a la excelencia universitaria, tal vez quepa recordar que Freud estaba en lo cierto una vez más cuando decía que se comienza cediendo en las palabras, y luego nos encontramos ante los mayores desaguisados. Es por igual razonable y conveniente señalar que el mencionado déficit cultural es infinitamente menor que presentar conjeturas como si de verdades incuestionables se tratara, las cuales, además de la desorientación intelectual y aun moral que habitualmente provocan, suelen enardecer el narcisismo de alumnos y aun de los lectores en general.

La fidelidad, el amor y el optimismo vistos por un biólogo.
¿Qué es la fidelidad? Según Bueno «… en una amplia medida, es una cuestión genética… Hay genes, implicados en conexiones neuronales, que tienen variantes asociadas claramente a personas que mantienen poca fidelidad de pareja. Y la misma variante la encontramos en todos los mamíferos que tienen la familia como base de su estructura social.»
Toda indica que Bueno sigue el estudio del Instituto sueco de Karolinska, en Estocolmo, según el cual los hombres son más fieles  cuando carecen del alelo 334, pues los portadores parecen ser remisos al matrimonio y más propensos a la infidelidad.




Esta suposición no despeja ninguna duda respecto a la fidelidad y menos incluso sobre el amor, a no ser que se confunda el sujeto humano con los demás seres que habitan el mundo, y en particular con los ratones. Creo importante hacer notar que este traspié epistemológico procede, en realidad, de algo repetido por quienes no han podido diferenciar el hombre de los demás animales. Imaginemos, siquiera por un momento, que nuestro mapa genético es un 99 por ciento igual al del ratón; pues bien, ese supuesto 1 por ciento lo cambia todo, radicalmente todo. Y, sin embargo, algunos investigadores del comportamiento humano subrayan de ordinario el 99 por ciento y dejan al margen el importantísimo 1 por ciento. Nada saben hacer con ese 1 por ciento; así es porque ese 1 por ciento se concreta en que los humanos somos seres hablantes. Ahora bien, decir que somos seres hablantes no es suficiente, no basta si se ignora que el lenguaje humano es radicalmente distinto al lenguaje de los animales y al de los códigos artificiales; y, en segundo lugar, cómo ignorar que transcendemos el instinto y la necesidad merced a la pulsión, la demanda, el deseo y el goce.  



 
No sorprende pues que Bueno desaprovechara la oportunidad que le brindó Marta Bausells para establecer las diferencias, al menos alguna importante, entre el hombre y los otros animales. La cuestión ¿Poder razonar no nos hace diferentes de los animales? queda zanjada para este investigador en el hecho de que sólo una cosa nos separa de los animales: «…todas las otras especies evolucionan de forma ciega, por azar, y nosotros somos la primera especie que puede decidir hacia dónde quiere que vaya su futuro.»
Leer a Bueno sobre el optimismo en «Apologia de l’optimisme». (Diari Avui. Dimarts, 12 d’abril de 2011) es leer a alguien que gusta tirar a lo fácil, como en ocasiones se dice, aunque no por eso acierta. Así es porque hace del optimismo, esto es, de una característica de los trastornos del ánimo (depresión, euforia, ansiedad), un ejemplo que validaría las bases biológicas del comportamiento humano y sus trastornos, pues subraya que dos neurotransmisores, la serotonina (menos serotonina más depresión) y la dopamina controlan los estados de ánimo.

Quizá pido demasiado cuando pretendo que se relacione la razón con el pensamiento y el lenguaje; quizá me excedo al solicitar que se entienda que el ser humano no se agota en el Yo-consciente; tal vez abuso al querer que se advierta que no decidimos siempre desde el Yo; y sin duda algunos dirán que peco de ingenuo si espero que se comprenda que la estructura del lenguaje humano, esto es, que en el Otro que nos habita falta un significante, –S(2), según la notación lacaniana–. Y, asimismo, que esa falta en esa instancia que nos habita es la que nos hace seres deseantes, seres siempre dispuestos a crear, a inventar, a confeccionar teorías y discursos ¿para qué, con qué fin?, pues para calmar, entre otras cosas y aun fundamentalmente, la insatisfacción que se reconoce en nuestra inagotable hambre de nuevos objetos, y que la falta de uno, del objeto primigenio perdido en la más tierna infancia, provoca.

Quién sabe si hubiese bastado con consultar algunos de los textos más populares de Freud para advertir lo que acabo de indicar. Mas todo hace pensar que existen personas empeñadas en hacernos repetir lo que se conoce desde hace bastantes años, y que se obstinan también en llevar la contraria a Aristóteles en aquello de que «Todos los hombres por naturaleza quieren saber.»

Franz Joseph Gall resucit
Mayor consideración intelectual y clínica que Freud debe tener para el profesor Bueno otro austriaco de renombre universal, el doctor Franz Joseph Gall (1758-1828). Este anatomista y fisiólogo creó una disciplina, bautizada con el nombre de Frenología (del griego fren, mente, y logos, conocimiento) entre los años 1810 y 1819, en la que afirmaba poder adivinar el carácter, la personalidad y la predisposición de una persona gracias a las protuberancias de su cráneo. Gall llegó a decir sin el menor reparo que todas las facultades del ser humano estaban ubicadas en un lugar de la corteza cerebral (que estableció en 38 zonas: en la parte frontal del cerebro estaba la rudeza; en la parietal los sentidos, y en la temporal las cualidades intelectuales), y, además, que el experto era capaz de advertirlas por los abultamientos que presentaba el cráneo. Su imaginario pensamiento contribuyó, no obstante, a la investigación cerebral, y el mismo Gall es considerado como uno de los fundadores de los fundamentos biológicos de la psicología. Apenas cien años después, en La interpretación de los sueños, 1900, Freud daba al mundo algo totalmente distinto y de una importancia sin igual: las leyes del inconsciente y, por ende, las de la formación de los síntomas.

Franz Joseph Gall

Que traiga a colación a Gall obedece a que según Bueno, «Hay genes que tienen algunas variantes que condicionan que tengamos inquietudes espirituales…». Sólo le hubiera faltado decir, para ser un auténtico frenópata, en el sentido de consecuente con el delirio de Gall, que presionando la zona 17 del cerebro (que corresponde al sentimiento moral de la espiritualidad) la persona en cuestión se pone en actitud de rezo.





¿Cómo no reconocer en la historia de las ideas a personajes que han elaborado teorías, por un tiempo al menos respetables, no siendo otra cosa que saberes imaginarios conformados por déficits intelectuales y/o a modo de compensación o satisfacciones sustitutivas de traumas o deseos frustrados!

La libertad del hombre según la mitología genética.
Quizá la concesión al profesor Bueno del último Premio Europeo de Divulgación Científica por su libro El enigma de la libertad. Una perspectiva biológica y evolutiva de la libertad humana. (Editorial Bromera. Valencia, Alzira: 2010), aconsejó a Marta Bausells a plantear una entrevista en la que no faltase ¿por qué la libertad era un enigma? Tal vez la solución dualista de Immanuel Kant (1724-1804) y la del empirista escocés David Hume (1711-1776), no sean las mejores en esta cuestión. Para al célebre filósofo alemán, como seres materiales que somos estamos totalmente determinados, y en tanto sujetos morales y sociales somos libres y, por lo mismo, responsables de nuestros actos; mientras que Hume mantenía que sólo somos libres cuando actuamos de acuerdo con nuestros deseos. Pero no es mejor recurrir, no se sabe del todo con que intención, al determinismo biológico y a la generalización, esto es, a dos de los ejes que estructuran algunos discursos que se pretenden científicos. Bueno generaliza cuando afirma que «todas las personas desean sentirse libres»; y atenta al menos contra la epistemología cuando dice que «la libertad ha dejado de ser un enigma gracias a los descubrimientos de la genética y de la neurociencia…, descubrimientos que llevan a pensar que quizá no somos tan libres como nos pensábamos.»

El enigma de la libertad rescata de la memoria el libro de igual título de la escritora gallega Concepción Arenal (1820-1893), quien en su fuero interno alentaba el lema por ella misma acuñado «Odia el delito y compadece al delincuente», que sintetiza su visión de los delincuentes en tanto productos de una sociedad neurótica y represora. Ni que decir tiene que contrariamente a la concepción del sujeto humano de esta periodista y activista social española, además de ideóloga de la derecha liberal católica, Bueno se decanta por la determinación genética del comportamiento humano: «Hay genes –asevera– que tienen algunas variantes que condicionan… que seamos más o menos agresivos, altruistas o fieles. Incluso marcan… nuestra tendencia sexual… o las tendencias políticas –si eres más liberal o más conservador, no a quién votas–.» 
 


En el asunto de la libertad, Bueno no contempla, al menos explícitamente, otras ideas que no sean las de su circunscripción. Omite, por ejemplo, las sociopsicoanalíticas que el filósofo y psicoanalista Eric Fromm (1900-1980) presentó en su trabajo El miedo a la libertad, 1941; y nada dice de la Función-del-Padre en el complejo de Edipo, esto es, de la todavía piedra angular en la determinación inconsciente de algunos de los aspectos mencionados (la tendencia sexual, el carácter, que seamos más o menos agresivos, altruistas, fieles, las tendencias políticas y religiosas, etc., etc.).

Quizá al profesor Bueno le hubiese bastado con leer «Algunos tipos de carácter descubiertos en la labor analítica», 1916, para constatar el rigor que es exigible en un investigador. El autor de ese trabajo es Freud, a quien en ese momento su singular escucha le permitió distinguir tres tipos especiales de carácter: los de excepción (que son las personas que se vanaglorian o culpabilizan a otros de sus déficits); los que fracasan al triunfar (en este caso los que la suerte los arruina); y los que delinquen por sentimiento de culpa (o sea, aquellos que con la pena esperan purgar un delito habitualmente imaginario).

Quiero pensar que la argumentación del psicoanalista vienés hubiese movido al rigor epistemológico que todo discurso sobre las bases biológicas del comportamiento merece. Además, desde Freud sabemos que el sujeto humano, del mismo modo que no es cartesiano, en el sentido de que no se agota en el Yo consciente, tampoco es libre, evidencia que recoge la fórmula el «Yo no es amo en su propia casa». Repetida hasta la saciedad, esta sentencia freudiana es la que parece desconocer nuestro investigador, por lo que le habría pasado por alto que en lo que hacemos, pensamos y deseamos está implicado directamente el Otro que nos habita, esto es, el inconsciente que se configuró en nuestra primera infancia merced a una relación de deseos en los tiempos lógicos del complejo de Edipo, complejo de deseos en cuyo centro y como pivote de nuestro modo de ser en el mundo y de la elección de objeto sexual, en suma, de lo que somos, se encuentra la Función-del-Padre.

De los que creen que somos 50% biología y 50% educación. (O de la primera visión sociobiológica del hombre).
Hasta aquí las afirmaciones de Bueno sugieren que no otorga relevancia alguna a la educación y a los condicionamientos socioculturales en la determinación de la libertad, la tendencia sexual, la agresividad, las inquietudes espirituales, las tendencias políticas, etc., etc., en suma, en la conformación de lo que somos. Sin embargo, no es así.

A la pregunta de Marta Bausells ¿De todo lo que hacemos, qué parte determina el instinto y cuál la razón? responde «Cuesta de cuantificar, pero más del 50% de nuestro comportamiento viene determinado biológicamente». Bueno, hasta este momento al menos, sigue de cerca a uno de los fundadores de la genética, el botánico y fisiólogo vegetal danés Wilhelm Johannsen (1857-1927), quien acuñó el término «gen» y que demostró que no todo está en los genes, y de manera más concreta la interrelación interior (biología) y exterior (ambiente en sentido amplio).



Wilhelm Johannsen

El hombre según la sociobiología moderna. (O más allá del 50% biología y 50% educación en lo que somos).
En «Apologia de l'optimisme», encontramos al profesor Bueno del lado de una de las variantes de la sociobiología. «Dicho así, –explica– podría pensarse que todo está condicionado únicamente por los genes. Pero nada más lejos de la realidad, porque la biología de nuestro cerebro es muy plástica y permite incorporar en su funcionamiento los condicionantes ambientales y sociales, los cuales pueden potenciar, y también limitar, todas estas características de nuestra personalidad». La libertad sirve aquí de ejemplo. ¿Somos libres? Como otros biólogos, él también considera que «… a pesar del gran acondicionamiento de los genes, sí que tenemos un cierto intervalo de libertad… y que una razón clave de la libertad es que somos una especie creativa». Y a modo de aclaración comenta asimismo a Marta Bausells, «Hemos basado nuestra supervivencia en la creatividad, inventamos cosas constantemente. Y somos la única especie que lo hace. Para crear hay que tener ideas nuevas, que deben basarse en una libertad de pensamiento –pequeña, porque de ideas creativas tenemos muy pocas a lo largo de la vida–. De hecho, la evolución lo ha favorecido: cuando creamos cosas, igual que cuando comemos o nos reproducimos, sentimos placer, porque es útil para la especie y le permite adaptarse a ambientes diferentes. Son estrategias de supervivencia.»



Cabría preguntar, se me ocurre en este momento, ¿pero si son estrategias de supervivencia por qué la gente se suicida, o por qué se les ocurre ir por la autopista en dirección contraria, ya no menciono la Reacción terapéutica negativa, u otros aspectos que a menudo observamos en la clínica? Cómo no preguntarse algo tan básico, dejar de lado, entre otras cosas, el hecho demostrado de que el sujeto humano siempre tiene razones inconscientes para no querer su bien.

Por otra parte, deducir del acto creativo que tenemos un intervalo de libertad, es dejar en la cuneta las características de la pulsión; pero hacerlo de otro modo es imposible para quien no la diferencia del instinto. Además, el objeto creado puede producir placer, sin duda momentáneamente, mas no hace feliz al artista. Cómo olvidar en esta ocasión que el artista es un sujeto humano, lo que quiere decir que está sujeto-al-Otro, a la demanda que le viene del Otro del lenguaje que lo habita. Por ser sujetos-al-inconsciente, estamos sujetos, en consecuencia, a una instancia que está estructurada como un lenguaje; pero lo que hay que destacar es que nuestro lenguaje es radicalmente distinto al de los animales y al de los códigos artificiales. La diferencia radica, como muchos de ustedes saben, en la falta que caracteriza al lenguaje humano (-1 significante), falta que hace del Otro del lenguaje (Otro = inconsciente = lenguaje humano, distinto, por lo mismo, de lo que cierta lingüística nos dice que es nuestro lenguaje) un lugar inconsistente por esa incompletud (-1 significante = 2, en el álgebra lacaniana). Ninguno de nosotros, por esa razón, podemos satisfacer la demanda del Otro que nos habita, y tampoco el artista lo conseguirá con el objeto artístico. He aquí la causa básica de la perpetua insatisfacción del deseo y el acto creativo como respuesta a ese agujero del Otro, respuesta a lo Real traumático del lenguaje humano. (Demanda del Otro → Pulsión ≠ objeto. Es decir, la pulsión se inicia en la demanda del Otro interior, de ahí que se hable de sujeto acéfalo de la pulsión; y a diferencia del instinto, la pulsión, por tener que pasar por el Otro del lenguaje, que como acabo de indicar es incompleto, no sólo no tiene objeto necesario sino que además no puede alcanzar el objeto, hecho que explica el perpetuo retorno de la pulsión).

Sorprende que alguien pretenda, tanto más en tiempos hipermodernos, que el placer que sentimos al reproducimos obedece a que ese acto, el acto sexual, es útil para la especie; y deducir, quizá, de esa suerte de utilitarismo que somos seres altruistas.

Sociobiologismo y postdarwinismo.
El modo de entender la conformación de nuestra especie por el profesor Bueno no es ajeno al pensamiento de algunos sociobiólogos. Se advierte, entre otros, en el británico Richard Darkins, conocido por el gran público por su ateísmo militante, y en el entomólogo y biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson. Todo hace pensar pues que Bueno se encuentra entre los que creen que el ambiente, a lo largo de las generaciones (filogénesis), ha modificado el genoma para una mejor adaptación de los individuos al medio. Esta tesis viene de algún modo a validar la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, y puede inscribirse en la postdarwiniana transformación consciente e intencionada del medio. Pero de lo que no cabe duda es que Bueno cree que en lo que somos, el entorno y de la educación «Influyen mucho. Durante la infancia y la juventud es cuando se acaba de confeccionar el cerebro. Muchas conexiones neuronales vienen predeterminadas, pero las funciones más elaboradas se van haciendo en los primeros años de vida. Hasta los 7 es brutal como se interconectan las neuronas, y hasta los 23 siguen haciéndolo a buen ritmo. Y esto se hace en función del uso que hacemos del cerebro. Si utilizamos mucho un área, se producen más conexiones.»



La primera consideración es por demás conocida. Pero a efectos que van más allá de la divulgación científica, alguien tendría que haber apuntado que el llamado rey de la creación es uno de los seres más necesitados de sus congéneres. Baste recordar que si al cachorro humano no le hablan no llegará a ser un ser parlante, como se conoce por la dramática experiencia protagonizada por el rey Federico II de Hohenstaufen (1194-1250); que es asimismo un ser indefenso, pues morirá de no estar protegido del exterior y/o si le falta alimento; y que nace inacabado o inmaduro, ya que su sistema neurológico precisa ser mielinizado y conexiones de ese orden para su óptimo desarrollo.

Cuando los genes, la educación y la predisposición conforman lo que somos.
¿Qué papel tienen los padres en el desarrollo de sus hijos? Responder como hace este biólogo desde los limitados principios de la psicología cognitivo conductual no es adecuado si se quiere decir algo coherente sobre el sujeto humano. Afirma que lo que somos, al lado de los genes, está programado por la educación recibida en nuestra infancia. Y con igual naturalidad asegura, echando mano en esta ocasión del mito de la predisposición, que «Hay personas que son de naturaleza biológica más libres, al igual que los hay que son más altas que otras, pero la libertad también lo tenemos que aprender, y la educación puede hacer mucho para hacer personas más libres o menos. El intervalo de libertad con que nace cada uno lo podemos hacer más amplio y, lo que es más importante, reducirlo». Genes, medio ambiente y educación. Ahí está lo fundamental en la determinación de lo que somos para profesores como Bueno y para algunos sociobiólogos de última generación. ¿Y el psicoanálisis, que dice el psicoanálisis? Del mismo modo que no reniega de los genes, del medio ambiente y de la educación, descubre, como he indicado, aspectos en el propio sujeto y en sus relaciones con los otros que son fundamentales y esenciales para la configuración de la subjetividad y para resolver los problemas que en ella pueden acontecer.

Consejos de un biólogo para la crianza de los niños, sobre la violencia de género, y porqué elegimos a los amigos.
El profesor Bueno se encuentra también entre los que no se arredran a la hora de impartir consejos para el mejor desarrollo de los niños. De hacerle caso «No debemos restringirles la libertad: cuando tienen una idea y se la despreciamos, condicionamos que no tengan nuevas. Les mutilamos la creatividad, que va asociada a la libertad de pensar.»

No cuesta trabajo subscribir esas palabras. Pero quien lo haga asumirá el sentido común, nada más. Notable es la limitación respecto a lo que desde hace años se conoce de este asunto; y lo que se sabe es que la educación, siendo absolutamente necesaria, no es suficiente. La condición del éxito de la educación y de la normalidad psíquica es la Función-del-Padre, función que se caracteriza por una necesaria prohibición, por el No al goce-todo, esto es, el No al deseo de hacerse Uno-con-el-otro, que es la última aspiración de la criatura humana. Por esta razón, el lema ‘La educación nos hace libres’ sólo puede admitirse en el marco de una divulgación que en modo alguno podría calificarse de científica. Yerra pues quien imagina que el liberalismo pedagógico es una virtud, o si se quiere que las ideas de un niño son en sí mismas saludables, y que hacerles ver que no lo son es un error pedagógico. Pensarlo así es desconocer que la privación, la frustración y la castración son del orden de lo necesario para el adecuado desarrollo de la criatura humana. En resumen, padre es aquel que ejerce la interdicción que lo convoca desde los orígenes de la cultura, aquel que deja de ser mero genitor por haber hecho imposible para su progenie lo Real del goce, siendo ésta la condición de la normalidad que como seres humanos podemos esperar.  

Quien no lo quiera admitir así, puede dejar al niño anclado en sus imaginarias ideas, mutilado también por sus pretensiones edípicas, incluso puede favorecerlas si lo desea; esa será su responsabilidad, no la de lo genes y de los neurotransmisores, en la crianza de los que tan humanitariamente pretende favorecer.



Quizá todo el problema y aun lo que explicaría las divagaciones en el campo que se pretende saber, sean en mayor grado de naturaleza cultural. Y de ser así algo tendría que ver el no haber leído, o quizá poco y mal, a Freud, e ignorar qué cosa es el psicoanálisis. Para los que piensen que exageramos o que tenemos una perversa tendencia a endiosar al primer psicoanalista, tanto más porque nuestra práctica clínica es el psicoanálisis, me permitiré recomendar sólo uno de sus trabajos, fechado hace ya más de cien años, por lo mismo de la primera época del investigador que estableció algo más que los lineamientos fundamentales de la ciencia de la subjetividad, trabajo en el que el genio vienés resuelve muchas de las cuestiones que el profesor Bueno se plantea, y que tiene el significativo título de Proyecto de una psicología para neurólogos, 1895 [1950]. Un poco más allá de esta referencia estaría, en primera instancia para entender lo que somos, el nudo borromeo del psicoanalista francés Jacques Lacan.




 
En «Històries de sexe i violència» (Diari Ara. 01/03/2011), Bueno defiende el origen genético, neuroquímico y neurológico de los comportamientos violentos. El resultado es el que cabe esperar de un programa de carácter etológico, en este caso de un estudio del comportamiento de los ratones que vendría a explicar el de los seres humanos. Tanto más es de este modo porque el estudio se pretende validar en el hecho de que nuestro hipotálamo tiene circuitos neuronales extremadamente similares al de esos roedores. Es en razón de esa pobre ecuación que Bueno enuncia una serie de suposiciones, consejos e ideales que no superan lo que son, esto es, suposiciones, consejos e ideales, aunque no olvida presentados con el sugestivo envoltorio de lo que podría ser: «Es muy posible que determinadas alteraciones neurológicas y/o genéticas puedan explicar, en algunos casos, determinados comportamientos humanos como la violencia de género, y también la gran dificultad de reinserción de estas personas y de los violadores.»

A esta socorrida y antigua hipótesis, nunca demostrada a no ser que se refiera a personas con un déficit genético o una malformación neurológica que dan lugar a actos violentos, Bueno añade una suerte de recomendación a la judicatura: «…el conocimiento de estos circuitos neuronales y de las alteraciones implicadas en estos comportamientos tan terribles puede hacer que nos replanteemos conceptos claves del sistema judicial como el de responsabilidad». Y a modo de conclusión presenta las consecuencias del tratamiento ideal en la reinserción: «Lo más importante es que esos descubrimientos facilitarán la reinserción de estas personas, cosa que evitará padecimientos a hipotéticas futuras víctimas.»

Ignoro si este investigador piensa, a fines terapéuticos, en el bloqueo afectivo e intelectual que produce el electrochoque; en la apatía que provocan los neurolépticos de nueva generación; en el programa de los implantes en el cerebro al modo que preconiza el científico británico Kevin Warwick; o quizá en el control físico de la mente con el Estimociver, un inventó de los años 60 para la implantación de electrodos del médico, natural de la ciudad malagueña de Ronda, José Manuel Rodríguez Delgado, con el que estimulaba por control remoto varias zonas cerebrales, demostrando que podía influir en el comportamiento autónomo, somático y motor, así como modificar la ansiedad y la agresividad. No lo sé.

Lo que no desconozco es que en los congresos de psiquiatría biológica se renuevan las hipótesis genéticas totalmente gratuitas que, al lado de las nomenclaturas del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), excluyen la clínica de sujeto hablante y, por ende, el complejo de Edipo, la Función-del-Padre, la identificación, la demanda, el deseo y el goce, por ejemplo, en la conformación de lo que somos; y que en esas cumbres proliferan individuos que apelando a la sugestionabilidad y al imperecedero hambre de nuevos objetos del sujeto humano, presentan como novedad lo que no son sino banales y aun aprovechadas ideas, como la de que los trastornos psíquicos están absolutamente determinados por el código genético y los neurotransmisores. A tan ilusoria línea de pensamiento pertenecen los acólitos del científico estadounidense Dean Hamer, una de las autoridades en el campo del reduccionismo biológico, quien ve en la homosexualidad, por citar una al menos de sus ideas, un fenómeno determinado por los genes. Sin duda la reduccionista visión biológica de las afecciones psíquicas ayuda decididamente a que el 36 por ciento de los medicamentos recetados en los centros de atención primaria sean antidepresivos, según el conseller de Salut de la Generalitat de Catalunya, Boi Ruiz.

Nadie puede negar la incidencia de los genes, de los neutransmisores y de la educación en lo que somos. Pero ahí no se acaba el mundo. Ideas de ese calibre constituyen un desprecio a la verdad clínica que descubre el psicoanálisis, así como a las opiniones de muchos investigadores de las bases neurofisiológicas del comportamiento humano, y a cuantos exploran con rigor y libres del peso de las ideologías los ámbitos comunes del psicoanálisis y las neurociencias. Me refiero, entre otros, a profesores como Richard Lewontin, Steven Rose o León Kamin; o los miembros del Grupo de Biología Dialéctica; neurólogos como Antonio Damásio, Eric Richard Kandel, Cristina Alberini, Heather Berlin, Vittorio Gallese, Robert Michels, Donald Pfaff, Joseph Leroux; o la misma Sociedad Internacional de Neuropsicoanálisis, fundada en julio del 2000, de la que son miembros destacados el neuropsicólogo Mark Solms y Jaak Panksepp.

El profesor Bueno no deja fuera de sus intereses a la amistad y el apareamiento. De la homofilia, o atracción entre las personas, y de la heterofilia, en el sentido de atracción por lo diferente, afirma que «… pueden estar también causadas por el genoma de la personas implicadas? Es decir, es posible que establezcamos más fácilmente amistad con aquellas personas que en algún aspecto determinado son genéticamente más parecidas a nosotros, o bien diferentes?»

Los ratones no validan en esta ocasión esa hipótesis; otros animales según se nos dice lo hacen, los de pluma, «… algunas aves se agrupan en bandadas no familiares atendiendo a sus semblanzas genéticas, –informa Bueno–. Y en nuestra especie se ha demostrado que, inconscientemente, tenemos la tendencia a aparejarnos con las personas que tienen determinados elementos del sistema inmunitario diferentes al nuestro –el llamado sistema HLA–, lo cual propicia que los descendientes que pueden surgir de estas uniones tengan un sistema inmunitario robusto». Además, prosigue: «… tenemos tendencia a establecer amistad con personas que tienen las mismas variantes genéticas del gen DRD2 –homofilia por DRD2– y, en cambio, con personas que presentan variantes genéticas del gen CYP2A6 diferentes a las propias –heterofilia respecto a este gen–. Es decir, que de los seis genes analizados, dos están implicados en la elección de las amistades.»

Alguien podría imaginar, más incluso de seguir el razonamiento del profesor Bueno, que hay un saber en la genética configurado para el bien de la especie. Es decir, un saber destinado a que las especies sean más robustas y no sufran enfermedades, como la homofilia, en cuya causa se encuentra el amor y/o el deseo. Quizá alguna vez se entienda que el Otro que nos habita es un saber, el del pensamiento inconsciente, al que el mismo Bueno se refiere. Por ese motivo, también, ¿alguien podría pensar que el saber de la genética no es sin el Otro saber que nos habita y cuyas leyes fueron descubiertas por Freud en el recodo de los siglos?





El mainstream o corriente ideológica, en el sentido de principal, de la cultura, no suele ser sin víctimas, tanto más si se trata de la visión biologicista de sujeto humano. Todo sugiere que habría que apostar por la regeneración de las ideas, pues tal vez así retroceda el hastío cultural y se pongan en marcha los mecanismos para el necesario impulso a la ética y a la epistemológica.

José Miguel Pueyo

Girona, julio de 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

Remedios para el amor según el cognitivismo conductual del terapeuta de pareja Walter Riso

Al leer «Mi amor tiene edad: fue la coca-cola de adolescente, hoy el gran reserva», lo primero que a uno de mis analizantes le vino a la cabeza es que las cosas no pintaban demasiado bien para el psicólogo Walter Riso. Desconocía, empero, que no sólo era así porque este clínico oriundo de Nápoles y afincado en Barcelona había mostrado públicamente esa intimista inclinación.






Los psicoanalistas, del mismo modo que desconfiamos de la intuición, sin excepción nos interesan las asociaciones que suelen provocar los excitantes mencionados así como las ideas que proceden de la abstemia más absoluta. Y no reparamos menos en lo que dicen las personas que siguen ubicadas en el tiempo en el que se creía que el sujeto humano se agotaba en el Yo consciente y en los neurotransmisores y en los genes; así como en el discurso de los que creen que todo lo que hace y desea el hombre puede recogerse en la fenomenología descriptiva de las conductas o plasmarse en pruebas diagnósticas como las de contraste yodado intravenoso; o en el de los que afirman que en las pastillas y en la identificación del paciente con los ideales del terapeuta reside la curación de todos los malestares. Algo al menos de esta línea teórica y práctica, tanto como de la superada ética del ser y el deber, se advierte en el trabajo que sucintamente hoy me propongo comentar.





Se trata del último libro de una serie sobre la felicidad y el amor que el mencionado terapeuta de orientación cognitivo conductual Walter Riso ha tenido a bien titular Manual para no morir de amor. Diez principios de supervivencia afectiva. Editorial Planeta/Zenith. Barcelona, 2011. Algunas ideas de entidad semejante a las que conforman este trabajo se encuentran en la entrevista que Lluís Amiguet («La Contra» de La Vanguardia, martes 24 de mayo de 2011) hizo al autor con ocasión de la aparición de su decálogo.

¿A qué cuestión pretende responder este clínico? Los lectores no siempre esperamos una primicia en el último libro que nos disponemos a leer, aunque cuando ocurre no escatimamos el agradecimiento. Como se habrá advertido, en esta ocasión se trata de un asunto tan conocido como anhelada es su resolución: la angustia, la desesperación y otros problemas no menores que en ocasiones produce el amor. Esos efectos son suficientes para intentar atajarlos, ahora con unos principios que Riso califica de supervivencia afectiva o resistencia emocional. A la presentación formal de los principios, ya presentes en la introducción del libro, le sigue un desarrollo pormenorizado de los mismos, para concluir con un pequeño resumen, y una bibliografía no comentada.

Es sabido que enamorarse puede dejar de ser una experiencia placentera. Tal vez lo que no se conozca tan bien es que la resolución de este problema no se atisba si se deja al margen la estructura psíquica de los enamorados, ya que determina el modo particular de amar, desear y padecer. Dado que no son pocos los autores que han intentado conjurar las desgracias del amor, y así el cese de las lágrimas y el desasosiego, interesa conocer las nuevas aportaciones a este asunto. ¿Habrá algún remedio para el desamor? Riso pertenece al grupo de los optimistas, más incluso porque asegura que sus principios:
a) Obran como esquemas de inmunidad o factores de protección.
b) Que quien los asume ama sin apenas equivocarse, y, por lo mismo, la desazón que a menudo provoca el amor se convierte en la excepción.
c) Que esas personas podrán amar sin morir en el intento, o sea, disfrutar del amor y sentir su irrevocable pasión.
d) Y en la línea de las promesas de los libros de autoayuda y fiel a algunos gadgets de la postmodernidad, califica a sus principios de ecología afectiva y asegura que permiten crecer como persona.
Sería meritorio que fuese así, sobre manera porque implicaría la vida para las mujeres que la ven segada por maridos, novios o amantes conmovidos por los peores entresijos del amor y/o del desamor.

¿Se exige alguna condición especial para amar bien? Riso afirma que la invulnerabilidad ante las desdichas del amor no se consigue con la mera incorporación de sus principios, pues si bien la primera condición es no bajar la guardia, el factor imprescindible para que se constituyan en herramientas adecuadas contra el desamor es que los enamorados cambien la concepción tradicional del amor por una más renovada y saludable. La pregunta obligada entonces es ¿en qué consiste esa nueva concepción del amor? Se resume en la máxima que preside el decálogo: negarse a morir o sufrir inútilmente por la persona que se quiere.
Tal es el eje que estructura este libro insufriblemente banal, y cuyos consejos únicamente son operativos en razón de ese cambio ideológico en la concepción del amor. El autor no contempla aspectos cruciales en este asunto, como, por ejemplo, los condicionamientos psicosociales y, por lo mismo, desatiende la responsabilidad en la toma de decisiones, pues una persona con hijos, familiares a su cargo, hipoteca, que se encuentra en paro, etc, etc., se le impone evaluar aspectos que serán indiferentes a la que está libre de esas cargas y problemas. Se echa en falta igualmente el análisis de la incidencia de la salud física y psíquica en la relación de pareja y, en consecuencia, el valor de la identificación y del narcisismo que pueden conducir a una persona a lo peor. La ausencia de discriminación y la generalización son obstáculos insalvables en la cuestión para la que el autor asegura tener la solución. En esa actitud clínica se reconoce la moral del imperativo categórico kantiano, un imperativo acorde a los protocolos basados en métodos estadísticos y cuyos resultados se aplican a un sujeto que la ideología quiere absolutamente ajeno a su subjetividad.

¿A quién va dirigido este libro? Se trata de un manual para los que sufren por amor. Es decir, no está pensado, se nos dice, para los depredadores emocionales, sino para los luchadores del amor, para los que insisten y persisten a pesar de sus errores y malas decisiones.
Este libro tampoco está pensado, habría que añadir, para las personas que quieran saber qué es el amor, por qué nos enamoramos y sufrimos por ello, qué nos hace desear con una fuerza inquebrantable, de qué se trata en la pasión, por qué algunas personas pueden sublimar la energía sexual y a otras les resulta imposible, qué hace que en ocasiones no se pueda desear sexualmente a la persona que se ama, por qué sólo el amor hace condescender al deseo, y, en fin, cómo evitar y solucionar esos y otros problemas de quienes por ser sujetos humanos, como usted, el autor de este libro y yo mismo, lejos de agotarnos en el Yo consciente procedemos según el pensamiento inconsciente, esto es, según las leyes de la instancia psíquica que se conformó en nuestra más tierna infancia y que desde entonces determina nuestras virtudes y nuestros vicios.
Todo invita a presentar esos diez principios de supervivencia amorosa. Pero antes habría que rescatar de la memoria algunas de las fuentes históricas, precedentes que del mismo modo que hablan de lo insoportable del rechazo afectivo, que en ocasiones lleva al asesinato y a quitarse la vida, nos advierten que en este asunto la razón puesta al servicio de la pedagogía tampoco cura.

Los clínicos de la autobautizada psicología científica, también llamada de la evidencia, dejan de lado las normas científicas
Quien posee una maestría en bioética, ignora, olvida o simplemente elude una de las fuentes esenciales del asunto que trata. En otros términos, el autor de culto de Riso no es el poeta romano Publio Ovidio Nasón (43 a.C.–17 d.C), sino el novelista libanés Khalil Gibran, el espiritualista Jiddu Krishnamurti, y el escritor oriundo asimismo de la India Rudyard Kipling, entre otros. El que tuvo problemas mayores con el emperador César Augusto en el año 8 a.C., como lo prueba su exilio obligado a Tomis (hoy ciudad de Constanza, en la actual Rumanía), escribió, entre otras obras, Amores, publicado en el año 16 a.C.; Arte de amar, del año 2 a.C.; y Remedios para el amor, aproximadamente en esta última fecha. En este último texto, de forma más poética que Riso pero con la misma intención, Ovidio presenta consejos y estrategias para evitar los daños y perjuicios que puede causar el amor: «Acudid a mis lecciones, jóvenes burlados que encontrasteis en el amor tristísimos desencantos. Yo os enseñaré a sanar de vuestras dolencias, como os enseñé a amar, y la misma mano que os causó la herida os dará la salud… Cuanto advierto a los mancebos, creed que lo digo también a las muchachas; doy armas a las dos partes contrarias. Si entre mis preceptos se desliza alguno que no convenga a vuestro modo de ser, a lo menos os servirá de provechoso ejemplo. El fin, lo que me propongo es de suma utilidad: extinguir las llamas crueles y libertar los corazones que gimen en vergonzosa esclavitud.»
Si la elisión de esa referencia puede obedecer a un déficit intelectual, y por lo mismo disculpable, quizá no lo sea omitir el trabajo de la socióloga y escritora Ángeles Rubio. Remedios para el mal de amores (por qué nos enamoramos y qué hacer para no sufrir de amor). Barcelona: Amat Editores, 2006; o que Riso no cite tampoco el estudio del psiquiatra granadino afincado en Madrid Enrique Rojas Montes. Remedios para el desamor. Como afrontar la crisis de pareja. Barcelona: Editorial Temas de Hoy, 1992. La misma ausencia respecto a las «Las diez claves para no sufrir por amor» del psiquiatra y psicodramatista argentino Walter Hugo Ghédin. Y el silencio es también absoluto respecto a la artista argentina Laura Sapriza Morán, directora de Remedios contra el amor, quien en un sugestivo espectáculo nos invita, al lado de Paula Budnik, mediante la danza alternativa y unos diálogos ingeniosos, amenizados con sugerente luz y la quejumbrosa música del bolero y la melosa cumbia, a seguir enamorándonos y a no llorar demasiado en tiempos de separación.





Pero no citar algunas referencias básicas no es potestad exclusiva de este terapeuta de orientación cognitivo conductual. Hace años comenté la hazaña de los profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez Álvarez, catedrático de psicología de la personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos, y a Héctor González Pardo, profesor titular de psicofarmacología, quienes en su libro La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial. Madrid, 2007, habían silenciado los precedentes fundamentales del asunto que trataban. (La cuestión del disease mongering –invención de las enfermedades– ha sido objeto de investigación desde la última década del siglo pasado de autores tan conocidos como Lynn Payer, Ray Moynihan, Ioana Health, David Henry, Jörg Blech, Philippe Pignarre, Marcia Angell o Meter R. Mansfield).
Es Lacan quien advierte en el amor, el odio y la ignorancia las tres grandes pasiones del Yo. Supo leerlo en Freud, y sus analizantes ratificaron el acierto del primer psicoanalista. Lo destacable aquí es que la ignorancia es una de las manifestaciones fundamentales del gran horror vacui humano que es el horror a la falta que define a la castración. Indico así que toda relación amorosa pone en juego la falta constitutiva del sujeto humano, falta de la que en ocasiones nada se quiere saber, una falta que, por lo demás, el objeto de amor viene a obturar, a tapar, a disimular. De ahí que cuando el objeto de amor falta, bien porque el paternaire muere por otro tipo de abandono, una persona puede reprocharse haber fallado, como nos enseña el melancólico; y puede ocurrir también que alguien pueda dirigirse violentamente contra el objeto, contra el paternaire cuando barrunta que va a ser abandonado, ya que el abandono deja al descubierto la horrible falta que estaba oculta por el objeto de amor.
En los ejemplos mencionados quizá haya algo de no querer saber del lugar que ocupa para los otros el semejante, esto es, los autores elididos, por el anhelo narcisista de hacerse Uno con el Otro. Quizá haya algo, en fin, de querer ser el objeto exclusivo del Otro social, el objeto que obtura la falta-castración del Otro y así la castración de uno mismo. Por lo demás, ese intento es imaginario, por lo tanto fallido.


Una nueva idea del amor como condición del éxito ante el desamor
En el ánimo de este terapeuta se adivina el anhelo de que el amor deje de ser una ruleta rusa, de que el amante no se rasgue las vestiduras si el amado ya no lo desea. Los remedios positivistas son inoperantes para la llamada violencia de género, y frecuentemente suelen producir confusiones y efectos indeseables. También por esto no habría que haber dejado de lado las edades del amor, la diferencia entre la pasión sexual y el amor, así como los estragos del amor materno. Como indiqué los remedios que propone Riso no son para el amor tal cual lo conocemos, ya que su innovación se reduce a cambiar la idea tradicional del amor por una en la que el desamor no duela. Incluso en esta idea ya va retrasado respecto al amor en la postmodernidad, por lo que aquí también la realidad supera a la ficción. Sus principios, de práctica obligada y continuada, no superan a los que se escuchan en el restaurante a la hora del almuerzo y, por supuesto, en la peluquería. Desde la mesa del fondo llegan comentarios de personas que ajenos a esos autores dicen regirse en la relación de pareja por la premisa «no merece la pena sufrir por amor». En realidad, el sentido común, pasado y presente, conforma consejos parecidos a los que ofrece este terapeuta: «Si no te desea, aprende a perder, no insistas o sufrirás», «Si te casas con tu amante romperás la magia de esa relación», «No te infravalores», «No aceptes los chantajes», «Estar solo no es necesariamente malo», «Deja de creer que tu pareja es la mejor», «Un nuevo amor no acaba con el anterior», «El poder afectivo lo tiene quien menos necesita del otro», «Los años pasan y no se puede perder el tiempo con un amor que no te haga feliz», «Si no sientes amor es que no existe.»
Hay vida después de un querer incomprendido, como afirma Riso. Todo indica que este psicólogo se ha propuesto recordar que lo que no se puede hacer es tirarse por el balcón, como lo hizo Tom Nicon, por ejemplo. Fue por desamor que el joven modelo francés se quito la vida el 24 de junio de 2010 a los 22 años de edad tras caer de la ventana de un cuarto piso del edificio de Milán en el que se alojaba con motivo de la Semana de la Moda Masculina de la ciudad italiana con la firma Burberry Prorsum.

De la ambigüedad y tal vez algo más
Por la página web del autor (www.walter-riso.com) sabemos que estudió psicología en la Universidad Nacional de San Luís (Argentina) y en la Universidad San Buenaventura (Colombia); que se especializó en psicología clínica cognitiva, en la Universidad del Norte (Barranquilla, Colombia), y que realizó estudios de maestría en Bioética en la Universidad El Bosque (Colombia). En ese mismo sitio se informa que actualmente es profesor de Terapia Cognitiva en la Universidad Konrad Lorenz y en la Universidad Católica de Colombia, así como en otras universidades de Latinoamérica, además de presidente honorario de la Asociación Colombiana de Terapia Cognitiva (ACOTEC). Y en la solapa del Manual para no morir de amor se lee, «Walter Riso… desde hace treinta años trabaja como psicólogo clínico, práctica que alterna con el ejercicio de la cátedra universitaria y la realización de publicaciones científicas y de divulgación en diversos medios.»
La falta de concreción y la ambigüedad merecen en todo momento la desaprobación. En esta ocasión al lector y al investigador español, sin ir más lejos, se le da una información que de citarla tal cual sería inexacta. El hecho es que ahí donde se dice «Universidad Konrad Lorenz» se trata en realidad de Fundación Universitaria Konrad Lorenz, o con más precisión, Fundación Instituto Universitario de Ciencia y Tecnología Konrad Lorenz, lo cual, obviamente, no desmerece en nada a esta institución universitaria privada con sede en Bogotá, pero sí que se la puede desmerecer al mencionarla de manera inexacta.
Nada de extraño tiene que la práctica clínica del autor de este libro se remonte a los años 80, pero se nos dice que la alterna con la cátedra universitaria. Se trata de una referencia sumamente imprecisa, entre otras cosas porque en esta ocasión se escatima la información sobre la cátedra universitaria que ocupa, esto es, en qué Universidad, en qué Facultad, el nombre de la cátedra, desde qué fecha la ostenta, etc, etc.




Estoy convencido de que Riso tiene poco ver, a no ser por la dedicación a los libros de autoayuda, con el psiquiatra y supernumerario del Opus Dei, el mencionado Enrique Rojas Montes, quien firmaba todas sus opiniones bajo el falso título de catedrático de psiquiatría. También por este motivo la escrupulosidad en la información se hace necesaria.

El poema a la letra, del humanitarismo y la postmodernidad
La posición que le es dado adoptar a una persona respecto a la castración-falta del Otro, por ejemplo respecto al horror de no ser más el objeto del deseo del Otro, Otro que en la primera infancia encarna habitualmente la madre, está presente en el poema de Antoine Tudal.

Entre el hombre y la mujer
Hay el amor
Entre el hombre y el amor
Hay un mundo
Entre el hombre y el mundo
Hay un muro.
(Antoine Tudal, en París en el año 2000)

Así es porque la relación sexual es imposible, a diferencia del acto del mismo nombre que realmente existe. Que sea imposible obedece a la Función-del-Padre, ya que por esa pretérita función normativizante del deseo el amor deviene un síntoma y, por lo mismo, suple (con un objeto semblante) la ausencia de relación sexual, relación sexual que de existir sería la relación incestuosa con la madre. En cualquier caso, la llamada relación de pareja, por lo que se cuece o queda crudo en el temprano tiempo del complejo de Edipo, nunca es absolutamente de dos, del amante y del amado. Así es porque la Función-del-Padre no es absoluta, siempre existe en ella un déficit normal, déficit que procura al sujeto cierta vinculación con sus objetos primarios.
De ahí que se haya dicho que el amor es un muro, a-muro, como recuerda Lacan. Un muro que de forma sublime se advierte en esa idealización del amor que es el amor cortés, en el que la dama adquiere el valor de objeto inaccesible, intocable, imposible (como lo es la madre: objeto a, das Ding); relación que Freud muestra en una de sus variantes en la joya clínica que es Sobre la más generalizada degradación general de la vida erótica, 1912.
Se trata de una degradación generalizada de la vida erótica porque el amor a la madre, en el caso del varón, puede interferir en la relación amorosa, interferir hasta el extremo de imposibilitar que confluyan en un mismo objeto, en el paternaire, la corriente afectiva-cariñosa y la corriente sexual-erótica. Por paradójico que pueda parecer una tal degradación no es ajena a una época que como la nuestra es de grandes transformaciones sociales, transformaciones que impelen al sujeto postmoderno a un goce sin demora. La razón, o al menos una fundamental, es que la caída de los roles masculinos tradicionales, la declinación de la autoridad del pater familias, las nuevas configuraciones familiares, el desplome de los ideales de los grandes metarelatos políticos y religiosos, así como el ensimismamiento de los jóvenes en los objetos tecnológicos, dificulta establecer lazos afectivos con el otro sexo, pero también, y aun paradójicamente, la sublimación. (En la nueva subjetividad, en ese nuevo modo de ser del sujeto humano en el mundo no tiene poco que ver la ideología del capitalismo tardío, una ideología de la que los correligionarios de los libros de autoayuda y otros individuos con análogas intenciones humanitarias, si no les ha pasado por alto no tienen una respuesta acorde al problema).


José Miguel Pueyo


Sevilla – Girona, mayo 2011

Lucubraciones antiguas e hipermodernas en la crianza de los hijos. (O de las ideas teóricas y los consejos prácticos de la terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert)

 


José Miguel Pueyo









La terapeuta familiar de orientación reichiana Evânia Reichert se ha propuesto desempolvar algunas ideas que no pocas personas conocen desde hace bastantes años, así como informar de algunos de los descubrimientos de las modernas neurociencias para la óptima crianza de los hijos.



Evâina Reichert

En las disquisiciones teóricas y de todo tipo de esta especialista en psicología del niño tal vez hayan tenido algo que ver las fantasías biologicistas de uno de sus maestros, el orgonoterapeuta austriaco Wilhelm Reich (1897–1957). Como este malogrado disidente de las ideas de Freud, también su alumna exuda biologicismo por todos los poros de su ser. Cierto es que en esta ocasión y de acuerdo con la época que le toca vivir, esta profesora brasileña se inclina ante una de las versiones hipermodernas de las neurociencias, ámbito en el que, por lo demás, tampoco considera oportuno establecer diferencias. Así lo da a conocer en la entrevista de Victor–M. Amela («La Contra» de La Vanguardia, miércoles 18 de mayo de 2011) con ocasión de la aparición en español de su libro Infancia. Edad Sagrada. Barcelona: Editorial La Llave, 2011.

En Evânia Reichert encontramos a una de esas personas que gustan resucitar la socorrida y más vendible si cabe, y tal vez por esto, historia de los infortunios vividos. Pero su verdad le es conocida sólo en parte, pues el lado inconsciente de su novela familiar, al menos por lo que dice, le es absolutamente opaca. Y ya por último pero no por eso sin importancia, sus aseveraciones constituyen un buen ejemplo de lo que da de sí la psicología respecto a la conformación de lo que somos todos y cada uno de nosotros y de la causa y función de los síntomas de las afecciones psíquicas.

«Nacido su primer hijo, las cuidadoras se lo retiraron durante dos días. Con su segundo hijo se repitió la operación, pero esta vez se plantó como leona para reclamarlo», comenta Victor–M. Amela. Es evidente que esta profesora se encuentra entre los que creen que la óptima salud de un hijo radica en que no lo aparten de la madre en el momento del nacimiento. En cuanto a la opacidad mencionada, quizá fuese oportuno preguntarse si existe otro motivo, tal vez más desconocido, que determina a una madre a no separarse de su hijo. Y, en realidad, el psicoanálisis ha descubierto que el deseo de la madre, de no intervenir la necesaria separación que ejerce la Función-del-Padre entre el niño y ella, función de la que me apresuro a subrayar que puede llevarla a cabo cualquier persona indistintamente de su sexo, puede constituir un estrago para el hijo, y tan traumático como podría ser el desapego.

¿Qué cabe decir de quien presenta como novedad lo que no lo es en absoluto? Me refiero ahora a la importancia del contacto madre-hijo en la crianza de cachorro humano. Quiero pensar que esta especialista en cuestiones de la infancia no desconoce que lo básico es la relación del niño con su semejante, y no necesariamente con la madre biológica. El motivo de esa necesidad no es otro que la premaduración neurobiológica de la criatura humana. O sea, básica es esa relación porque los humanos, los llamados reyes de la creación, nacemos inacabados. Mas esto, por concernir al proceso de mielinización del sistema nervioso, lo sabe si no todo el mundo al menos muchas personas. Tal vez se conoce menos el fracaso del pedagogo Jean Itard. Este médico jefe del Instituto de Sordomudos de París intentó ubicar al niño salvaje Víctor de Aveyron en la sociedad francesa de comienzos del siglo XIX, pero no pudo hacerle hablar y tampoco consiguió socializar sus pulsiones; experiencia que fue utilizada por François Truffaut en el film L'enfant sauvage, 1970. Basta echar una ojeada a la historia de las relaciones vinculares para advertir su importancia. La primera experiencia de privación afectiva en niños la protagonizó el emperador Federico II de Alemania y rey de las Dos Sicilias (1194–1250), quien atravesado por una singular pulsión epistemofílica ordenó a una serie de nodrizas amamantar y cuidar a unos bebés pero sin hablarles, hacerles gestos y acariciarlos, dado que deseaba saber la lengua que hablarían y así desvelar el primer idioma que hablaron los humanos. El resultado fue la muerte de todos los niños. F. Archambaud y T. Parrot, a finales del siglo XIX, advirtieron trastornos psicológicos en pequeños internados en instituciones; y a partir del año 1930 John Bowlby, L. Bender, W. Golfarb y R. Spitz consignaron patologías en los que habían sido internados a edad temprana en una institución. Si tales niños hubiesen sobrevivido al desapego absoluto serían seres parecidos al salvaje de Aveyron, al menos porque no podrían hablar y, por lo mismo, simbolizar como lo hacen los que no se han visto expuestos a ese ultraje. Con este inciso he querido indicar que el desapego absoluto que se advierte en el experimento de Federico II no es equiparable a la separación madre-hijo durante algunas horas, como fue el caso de la experiencia de Evânia con su primer hijo.

¿Qué es un niño? Para la psicoterapeuta psicocorporal a la que hoy le dedico un poco de mi tiempo se trata de «una persona con todas las posibilidades por desplegar… si los adultos no lo impiden». El acierto es en este caso absoluto.




Sin embargo, nos mueve a discrepar su opinión de que los adultos «inyectemos a los niños complejos de inferioridad… o les cortemos las alas… que nos vengamos en ellos de nuestros malos rollos…». Pero, además, ¿a qué adultos se refiere, a qué padres, a los de su generación o a los de nuestros días? Nada nos dice al respecto. En fin, se le pasa por alto una distinción que de haberla establecido daría pie a pensar que puede articular la constitución del sujeto humano y sus síntomas con los factores históricosociales, en esta ocasión con la modernidad y la postmodernidad. No siendo así, el déficit ahora es respecto a los efectos psicológicos, siempre disímiles, que pueden generar en los hijos los padres de una y otra generación. Y es que no es lo mismo tener un urvater, un padre iracundo y todopoderoso en casa, que convivir con el padre-colega tan frecuente en nuestros días. La diferencia se constata, como acabo de decir, en los síntomas que presentan las personas de aquella generación y las de nuestros días. En otras palabras y con un poco más de concreción, la sintomatología está determinada por una diferencia estructural, esto es, por el modo en que se ha constituido una persona en su primera infancia (sujeto → Otro: el sujeto es segundo respecto al Otro, el cual existe desde siempre). En la generación precedente teníamos a un sujeto conformado en la relación de deseos y de goces del complejo de Edipo y, por consiguiente, su modo de ser en el mundo estaba determinado por una clínica edípica, por una clínica de la prohibición del goce-Todo y la normativización de las pulsiones incestuosas y agresivas por la Función-del-Padre.

Pero recién todo cambia para el sujeto con la era tecnológica. Así es porque el inconsciente es permeable a los acontecimientos sociohistóricos, en este caso a los cambios acaecidos en la postmodernidad, entre los que destacan la caída de los metarelatos y las nuevas configuraciones de la familia. En suma, vivimos una época en la que el Otro social y familiar, consistente hasta hace pocos años, ya no existe, una época que ha dado lugar a una clínica del goce y del vacío. Si en la primera clínica predominan los síntomas del deseo, desde la insatisfacción a la postergación del acto pasando por el deseo prevenido del fóbico; en la segunda, al ser una clínica sin Edipo predominan la apatía, la desorientación y la impulsividad. En otros términos, es esa característica estructural la que ha dado lugar a los actos que definen al acting out y el pasaje al acto, que adoptan a menudo una forma de auto y heteroagresión, siendo muy relevantes los que afectan a las relaciones interpersonales; y esa misma característica estructural explica el auge de la anorexia y de la bulimia, la drogadicción, la depresión y el ataque de pánico, por ejemplo.




Nuestra época, que denuncia los ideales incumplidos de la modernidad, se reconoce en la revolución tecnológica y en el capitalismo tardío, y ha traído consigo los gadgets y la democratización del goce, a menudo solitario, que la sofisticación de los objetos procuran, así como el auge de lucubraciones espirituales, técnicas exóticas para relajar la mente y un anhelo inusitado de poner en forma al cuerpo practicando deportes, que, siendo alimento para el narcisismo del Yo, frecuentemente lo exponen a lesiones sin retorno y aun a la muerte. Desde el psicoanálisis estos fenómenos son destacables porque en ocasiones constituyen sinthomes que anudan estructuras psíquicas dispuestas, pese a todo, al golpe de la tyche que determina su eclosión.

¿Qué es educar? Las ideas de esta profesora sobre tan controvertida cuestión la ubican entre las personas que tienen ideales consolidados para el óptimo desarrollo del niño. Educar, dice, «es formar sin castrar las potencias del niño». Entonces «Dejándole a su aire», le pregunta Victor–M. Amela. «No. Contención, que no represión…». Quiere decir «Poniendo límite, ¿no?», incide el entrevistador, obteniendo esta imaginaria respuesta: «Las paredes del vientre materno son un cálido límite para el embrión. Los brazos paternos que le mecen son para el bebé un amoroso límite…»

Confiar en que las cálidas paredes del vientre materno y en que porque un padre acune a su hijo, ya sea con todo el cariño del mundo, configuran límites a las pulsiones del niño, entiendo que es confiar demasiado y, sobre todo, la idea deja mucho que desear se mire por donde se mire. Quizá se trata ahí de un límite, pero todo apunta a que el límite podría ser de la libertad que se reclama para el indefenso bebé. Recurrir, como hace la autora, al «afecto y la calidez y el ánimo formativo» en modo alguno soluciona el problema, pues estas consideraciones no funcionan más allá de lo que la pátina sentimental pueda afectar al lector.

Como en casos semejantes, cabe agradecer a esta psicoterapeuta que nos recuerde con sus ideas que la psicología actual no encuentra sus fundamentos epistemológicos y clínicos en el sujeto que habla, o más exactamente, en el sujeto que es hablado por el Otro que nos habita, sino en las neurociencias, en esta ocasión en la psiconeurología. Veamos algunos ejemplos. ¿Cómo evitar que los niños sean inseguros, que se desvaloren, que se maltraten y maltraten, que sean agresivos, etc, etc? La solución que nos propone es muy antigua: «Con la vacuna de la neurociencia: cariño, afecto, amor.»

No cabe detenerse en esa consideración terapéutica y en la similitud de esas palabras, pues se explica por sí sola. La autora se atreve también con otras cuestiones de igual envergadura, como son la constitución del sujeto humano y, por ende, al factor preventivo desde los orígenes, cuestiones a las que se refieren las siguientes preguntas de Victor–M. Amela: «¿Y cómo se modela a un niño sano?», «¿Qué dice la neurociencia al respecto?» La información no constituye novedad alguna: «… el afecto estimula la sinapsis, las interconexiones entre neuronas… de 0 a 1 año se establece en el cerebro humano el mayor número de interconexiones neuronales de toda su vida. Y se ha constatado que el amor de los padres y cuidadores, el cariño, el afecto expresado en caricias, besos, cosquillas, abrazos, pedorretas, achuchones… ¡fomenta las sinapsis, multiplica las redes neuronales! Tal vez nada mejor aquí que la cuestión que plantea Victor–M. Amela, «O sea, que ese cerebro será más rico». He aquí la respuesta: «Tendrá mejores cimientos sobre los que levantar ulteriores capacidades. Haber mecido, acunado, besado, acariciado, amado, respetado… ¡te hará más inteligente! A más amor recibido más inteligencia futura.»

Nada asegura, absolutamente nada salvo el sentido común, la veracidad de esta fórmula. Además, las madres, casi sin excepción, cuidan, miman y estimulan a sus bebés. Pero siendo eso necesario, en modo alguno es lo crucial para el óptimo desarrollo psicofísico del niño.

La autora está en lo cierto al afirmar que lo que en realidad es crucial, esto es, funda-mental en la crianza de los niños es evitar «filiarcados», expresión que ella misma explica: «Hay patriarcado (hegemonía del padre), matriarcado (de la madre) y filiarcado (del hijo): ¡busquemos mejor la heterarquía, es decir, que cada cual tenga un lugar!»
El giro de esta especialista psicocorporal y en el desarrollo del niño, como se habrá advertido, es hacia el psicoanálisis. Pero su eclecticismo no le lleva a mencionar la disciplina que se inaugura con Freud, tal vez porque desconoce que está hablando de alguno de sus descubrimientos. «¿A qué edad aparece en el niño la conciencia de género». La respuesta es por demás freudiana: «De los tres a los seis años se desarrolla la pulsión sexual a la par que la epistemofílica… se trata de la curiosidad de saber, de conocer, de explorar: si reprimes la pulsión sexual de un niño, ¡reprimes su impulso de saber!»




Como ocurre en otras ocasiones, el lector no puede esperar demasiado del libro de Avânia Reichert, y no sólo porque sin rubor sostiene que «Nunca antes supimos tanto sobre la infancia: ¡si lo aplicamos, daremos lugar a la única revolución de verdad!... la paz sobre la Tierra empieza en el vientre de la madre!»


José Miguel Pueyo
Madrid - Girona, mayo de 2011