sábado, 21 de diciembre de 2013

Roger Schank, los sueños y el comportamiento según un neurocientífico


Sorprenderá leer que «Los sueños son simulaciones que nos enseñan a actuar». Mas sólo sorprenderá a quienes desconocen la desorientación y las limitaciones intelectuales de todo tipo de no pocos neurocientíficos, como son las de Roger Schank, experto según nos dicen en aprendizaje, quien fue entrevistado, quiero pensar en razón de sus conocimientos, para La Vanguardia («La Contra», sábado, 21/09/2013) por Lluís Amiguet.


 
Roger Schank


Pase desconocer a Freud, esto es, que algunos neurocientíficos, filósofos e intelectuales de toda condición no hayan leído al primer psicoanalista en algo tan importante para conocer el funcionamiento y los efectos de aquello que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, o sea, para saber de esa instancia psíquica llamada Inconsciente (quepa decir el Otro que nos habita, como gustaba decir a Lacan). Pero desconocer algo tan esencial como es la historia de lo que uno pretende saber, entre otras cosas denuncia desidia intelectual. Así es en este neoyorquino que ha dirigido la Educación en línea de la Universidad de Columbia, dado que afirma sin empacho que «Los sueños son simulaciones que nos enseñan a actuar.»

Para más desconcierto de las personas mínimamente conocedoras de qué son los sueños, a la pregunta del periodista, ¿Los sueños son lecciones de vida? Responde Schank que, «Los sueños son hipótesis virtuales de cuanto puede sucedernos cuando estamos despiertos». El periodista Lluís Amiguet se ve arrastrado por la desorientación del neurocientífico, y en lugar de presentar un contrapunto a lo acababa de escuchar, pregunta a Schank, ¿El sueño es un simulador de la vida?, a lo que éste responde, «Es nuestra manera natural de aprender. Pero fíjese en que no son una clase de Huida del Ogro, sino una simulación de huida en la que las sensaciones son reales. Enseñar debe seguir el mismo proceso y aprender debe ser como volar con simulador: es hacer y no estudiar. Por eso, lo mejor de muchas carreras son las prácticas». Y para rematar el despropósito y el oprobio de la verdad clínica, añade el neurocientífico estadounidense, «Los sueños son simulaciones de la vida que nos permitirán anticiparnos cuando algo suceda y aprender a sobrevivir.»

Cualquier diría que Roger Schank se ha tomado al pie de la letra aquello de que los sueños de la razón producen monstruos, y quizá por eso apela a los sueños como modelo de aprendizaje y de orientación en la vida. ¡Señor, señor, si Valle-Inclán viera que se había quedado muy corto en sus esperpentos! Cómo ignorar que en el siglo V a.C., en el templo erigido en honor de Asclepio (Esculapio para los romanos, dios de la Medicina y, por ende, deidad sanadora), situado en Epidauro, una pequeña ciudad griega de la Argólida, se inducía al sueño, en la llamada ceremonia de la incubación, a las personas que allí acudían para luego de relatar los sueños a los sacerdotes. Éstos, por creer que los sueños eran mensajes de los dioses, los interpretaban en clave de descubrimiento diagnóstico y, por ende, como prescripción del tratamiento a seguir para curar la enfermedad que se tratara y, en ocasiones, como solución a otras cuestiones. Una idea semejante en orden a la premonición es la que tiene a bien resucitar, curiosamente, este reputado neurocientífico.


Cuando el lenguaje humano es el de las abejas
Por lo que hemos escuchado de este neurocientífico, no cabe extrañarse tampoco, e incluso es algo que podría explicar su confianza en los sueños, que no sea capaz de diferenciar el lenguaje humano, cuya fisura descubrió Freud en los sueños, del de las abejas, de un código que no permite hacer chistes por ser en todo un código cerrado. En algo coincidimos con Schank. A la pregunta de Lluís Amiguet, ¿El diálogo enseña más que el sermón?, ‒pregunta en la que alguien podía advertir, sin ser incluso demasiado perspicaz, que el periodista no comulga con quienes ven en el género oratorio de la homilía, por ser propio del discurso religioso, un procedimiento todo menos adecuado para la transmisión de saber‒, contesta el neurocientífico «Porque los humanos somos seres conversacionales». En efecto, los humanos somos fundamentalmente seres parlêtres, como decía Lacan. Sin embargo, en las respuestas sucesivas queda claro que este experto en aprendizaje desconoce lo crucial del lenguaje humano. Cómo si se encontrara cómodo en las antípodas de lo que es el lenguaje humano, afirma «Hablamos porque hablar nos hace más inteligentes al obligarnos a pensar por nosotros mismos... Y también por eso soñamos, para aprender a vivir.»

Y es cuando se obvian las leyes del inconsciente, y más exactamente la incompletud o inconsistencia del Otro, y no sólo la referida al registro Simbólico, pues concierne de igual manera a la falta de objeto que hace del deseo humano un deseo perpetuamente insatisfecho, las lucubraciones de algunos científicos, no sin dosis excesivas de un narcisismo apenas disimulado en un aparato conceptual científico, tienen a convertirse en un Otro social en todo comparable a los virus de quirófano.



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Roger Schank, neurocientífico experto en aprendizaje
"Los sueños son simulaciones que nos enseñan a actuar"
21/09/2013
Tengo 67 años y sigo aprendiendo, pero jamás aprenderé a jubilarme. Soy un judío neoyorquino sin religión. Tengo dos hijos y cuatro nietos: ¡cuánto me enseñan! Me he casado dos veces, pero con la misma mujer. Aprender nunca es aburrido, pero muchas clases suelen serlo
Aprender es hacer
Suiza, Austria, Alemania y otros países prósperos han potenciado en su educación la techné (cómo hacer) frente a la episteme (conocer). Suiza siempre ha tenido un porcentaje bajo de universitarios comparado con otros países ricos. Y es que la educación de calidad siempre genera prosperidad, pero no siempre el aumento de licenciados (véase Egipto o Marruecos) enriquece a un país. Tras dirigir la Educación On Line de la Universidad de Columbia, Schank convierte formación académica en empleo: ¡cuánta falta nos hace! Colabora con La Salle-XTOL Masters en formar a distancia a licenciados en paro hasta que se convierten en flamantes profesionales de la era digital.


 Cómo sabe usted que alguien ha estudiado en Harvard?
¿Estilo? ¿Carácter?...
Lo sabe porque él se lo dice.
¿Y si no lo dice?
Nadie se entera, porque los egresados de Harvard son iguales que los de otras muchas universidades. Y, si sigue durante décadas las carreras de una promoción de Harvard -como se ha hecho- comprobará que la vida los va situando en una discreta medianía.
La universidad son también contactos.
Y Harvard es eso sobre todo, como Yale o Stanford, donde yo he estudiado y he enseñado: nacieron para reservar los puestos clave de la sociedad a los hijos de quienes los ocupaban. Educar era su modo de seleccionar.
Algo habrán enseñado también.
¡Por supuesto! Y hoy están más abiertas a minorías y son más meritocráticas: la nota determina cada vez más el acceso. Y así se pierden mucho talento. Porque quien saca mejores notas no es el mejor, sino sólo el mejor sacando buenas notas.
Pero algún criterio han de usar...
¿Para seleccionar? Creo que ya hemos superado ese estadio educativo. Hoy las tecnologías nos permiten enseñar sin segregar. Educar a todos, aunque a nuestras universidades no les guste. ¿Sabe qué me contestaron en la Universidad Carnegie Mellon cuando lo dije?
¿...?
Que ellos no querían enseñar como quien vende McDonald's; ellos querían formar un puñado de líderes con el espíritu Carnegie... Y yo lo que quiero es todo lo contrario: enseñar a millones de personas a aprender hasta dar lo mejor de sí mismas.
Aprender requiere esfuerzo, repetición, memoria, sacrificio, método...
Aprender no requiere sufrimiento, la escuela sí. Aprender no es necesariamente aburrido, un aula sí. Un tipo hablando durante horas es naturalmente aburrido. Un tostón.
No pain, no gain (sin esfuerzo no hay ganancia).
De acuerdo, pero ¿quién dijo que el esfuerzo debe ser deprimente? ¿Le gusta jugar al fútbol? ¿Y no suda y se esfuerza jugando?
Pero es un esfuerzo placentero.
Lo que ni es placentero ni enseña es aguantar rollos en un aula. A ver: ¿qué prefiere usted si su piloto en un avión enferma?, ¿que le sustituya alguien que ha aprendido a volar en un simulador u otro que ha aprendido Teoría del Vuelo en una facultad?
A caminar sólo se aprende andando.
Y si le digo que me gano la vida dando conferencias, ¿me pide que le dé una o sigue charlando conmigo con preguntas y respuestas?
El diálogo enseña más que el sermón.
Porque los humanos somos seres conversacionales. ¿Y sabe por qué hablamos?
¿Para hablar y escuchar?
¡Qué va! Apenas escuchamos a los demás.
Ahí le doy la razón sin matices.
Hablamos porque hablar nos hace más inteligentes al obligarnos a pensar por nosotros mismos. Hablar y pensar son una misma acción. Y sólo atendemos lo que dice el otro cuando acompaña nuestro discurso.
Lo que mola más es que te escuchen.
Porque te da control de la situación. Por eso ver una conversación en la tele suele ser aburrido y, en cambio, quienes hablan disfrutan. La entrevista escrita es otra cosa.
¿Por qué?
Porque da el control al lector: puede saltarse preguntas e ir sólo a lo que le interesa. Estamos evolutivamente programados para retener lo útil, lo que nos permite adaptarnos a los desafíos del medio. Y también por eso soñamos, para aprender a vivir.
¿Los sueños son lecciones de vida?
Los sueños son hipótesis virtuales de cuanto puede sucedernos despiertos. Son simulaciones de la vida que nos permitirán anticiparnos cuando algo suceda y aprender a sobrevivir. Cuando vemos o nos cuentan que hay monstruos, solemos soñar después con ellos y así aprendemos a huir si nos sale uno real.

 ¿El sueño es un simulador de la vida
Es nuestra manera natural de aprender. Pero fíjese en que no son una clase de Huida del Ogro, sino una simulación de huida en la que las sensaciones son reales. Enseñar debe seguir el mismo proceso y aprender debe ser como volar con simulador: es hacer y no estudiar. Por eso, lo mejor de muchas carreras son las prácticas.
Cada vez hay más universitarios.
Pero la universidad sigue acomodada en formar académicos en vez de profesionales.
¿Cómo se aprende?
Tenemos necesidades y, para cubrirlas, objetivos; y para alcanzarlos hacemos pruebas: intento y error; error; error... Hasta que empiezas a acertar. Sin fallos no se aprende, porque el aprendizaje se consolida precisamente en el diálogo interno para reconocer, admitir y corregir el error. Quien no siente cada fallo no está aprendiendo.
¿Y el profesor?
Un mentor incentiva y acompaña, pero nada sustituye a la propia experiencia.
Hay cosas que no se enseñan, se aprenden.
No basta con explicar algo a alguien; ese alguien tiene que equivocarse mil veces intentando hacerlo como el mentor. Por eso, aprender, en parte, es imitar.




                                           





El «Dar» y el «Sentido». Dos conceptos que sobrepasan al psiquiatra Viktor Frankl y a su discípula, la psicóloga Boglarka Hadinger


Quizá ayer, como decía una señora a la hora del almuerzo, «tocaba otra «Contra» de La Vanguardia. En realidad, coincido plenamente con aquella señora en que «era más que nunca necesario convocar ideas afables, esperanzadoras, pero asimismo menos demagógicas». Ante todo porque estamos hasta la coronilla de gente que se llena la boca con palabras rimbombantes, individuos que en su beneficio, pero sin tener la más mínima idea de lo que hablan, no dudan en vincular la espiritualidad (por lo que este término tiene de trascendental) con las neurociencias (por lo que hace al supuesto number one del rigor y la evidencia científicas), por ejemplo.


 
Boglarka Hadinger


En esta ocasión el problema radica en el saber del Viktor Frankl (1905-1997). De este neurólogo y psiquiatra vienés, ensalzado por la doctora en Psicología y logoterapeuta Boglarka Hadinger, lo primero que cabe decir es que fue un clínico que, por haber sufrido las penalidades de las personas que abarrotaban los campos de exterminio, como fue el de Auschwitz, se arrogó el derecho de afirmar que «era un enano en los hombros del gigante Freud, circunstancia que le proporcionaba mayor y mejor perspectiva del sujeto humano, de la sociedad y de la cultura.»

Viktor Frankl en su narcisista deseo de superar a Freud, y a imitación de otros malogrados y desorientados clínicos y pensadores, creó algo, en esta ocasión, la insustancial logoterapia. ¡Y por Dios que consiguió el desastre, o sea, justo lo contrario del singular descubrimiento y lo que enseñaba Freud! Como es conocido, la logoterapia es un procedimiento terapéutico que no supera el pensamiento cartesiano que el primer psicoanalista subvierte. Tanto es así que los fundamentos teóricos de la logoterapia se inscriben en el ámbito de las disciplinas que reducen al sujeto humano al Yo consciente, mientras que la idea de salud guarda una estrecha relación con la adaptación a un modelo ideológico de sociedad.

Es igualmente conocido que del mismo modo que Frankl no pudo desligarse de los principios de la psicología clásica, tampoco pudo hacer la diferencia con la moral de los ideales de los filósofos de todas las épocas. En cuanto a la práctica clínica, la logoterapia y el análisis existencial, bastaría recorrer sus textos fundamentales para advertirlo, no aportan nada distinto a un síntoma cultural para ayudar a las personas a abandonar sus sufrimientos, ya sean neuróticos o de cualquier otro tipo, y que tampoco ofrecen recurso alguno para el desarrollo ético y/o intelectual.

¿Pero qué entienden los logoterapeutas por «dar» y por «sentido»? Viktor Frankl afirmaba, como recuerda Boglarka Hadinger que:

● «Uno sólo se convierte en una persona madura, competente y fascinante cuando empieza también a dar. Dar y recibir van unidos.»

● «Y que el sentido es lo que nos salva y creó escuela».
¿Qué es entonces «dar»? Hadinger, siguiendo a su maestro, sostiene que «Ninguna relación es buena, ni siquiera la de padres e hijos, si alguna de las partes no hace algo por los otros. Es importante que todos nos sintamos necesarios y útiles».

El «Dar» de la logoterapia, no va más allá, como acabamos de ver, de una de las acepciones que sobre este término recoge un diccionario general. ¡Señor, señor! Éstas y otras ideas de Perogrullo, delicatessen intelectuales para gente desprevenida y desorienta en nuestra sociedad hipermoderna, son las que también pueden escuchar los alumnos de Hadinger en la Universidad de Tubinga y en la Sigmund Freud en Viena. Y ha sido precisamente para ofrecer tan memorable información, que esta psicóloga se encuentra en Barcelona, donde ha impartido un seminario de Logoterapia y Análisis Existencial (ALEA).

Es dable pensar que «Dar lo que uno no tiene a alguien que no lo es», que como se sabe es una de las fórmulas más conocidas de Jacques Lacan, le debe sonar a chino a Hadinger. Sin embargo, esta fórmula recoge una de las definiciones más clarificadoras de qué es el amor.

● Una primera aproximación a la primera parte de la fórmula («Dar lo que uno no tiene») permite señalar lo obvio, y lo obvio es que ‘uno no puede dar lo que no tiene’. Obvio, sí, mas siempre y cuando uno crea que no lo tiene, y el otro, el partenaire, piense también que su amado no lo tiene o no lo es.

● ¿Pero qué es eso que uno no tiene o no es, y que, sin embargo, el amor quiere olvidar? Lo que uno no tiene y tampoco es el falo. ¿Y qué es eso que llamamos falo? Permítanme que recuerde que se trata de un objeto que siendo cualquiera no obstante es el más precioso y apreciado por todas las personas. En efecto, lo que llamamos falo (según una antigua tradición helena) es el objeto más precioso y apreciado en tanto que todas las personas sin excepción piensan que ese objeto (cosa, animal o persona) puede calmar todo padecimiento e insatisfacción y, por ende, puede convertir a una persona en un ser absolutamente feliz. En fin, en el amor, ciertamente, los enamorados piensan que el otro tiene ese objeto o incluso que lo es.

● ¿Qué es la felicidad? Se trata justamente de eso, de que el otro o lo otro me complete, me haga sentir completo (la unicidad que morbosamente reclaman los budistas, ejemplo) con ese precioso objeto, con el falo, (que puede estar representado en el dinero, en una afición, en un ideal social, político o religioso, en un animal de los llamados de compañía, y en ocasiones en una persona, ya sea el partenaire, el hijo…). ¿Qué hace entonces ese objeto? Sutura la herida narcisista del deseo, sutura la hiancia del sujeto humano, la misma que le produce la insatisfacción que define al deseo, pero que al mismo tiempo es la causa de todo lo bueno y de todo lo malo que hacen las personas.

● ¿Qué no sabe el amor? Ignora o quiere desconocer que el otro, el partenaire, es siempre es una suplencia del objeto perdido en la infancia. Los enamorados tienden a creer que el otro tiene «ese no se qué» que al otro le falta para ser absolutamente feliz, «ese no se qué» que, al completarlo, sutura, como acabo de señalar, la herida existencial, o como diría el filósofo, la falta ontológica del ser.

Hadinger tampoco va más allá de lo trivial cuando dice que «La primera tarea es el trabajo con uno mismo, aprender a modularse: corregir los defectos, potenciar las virtudes. La segunda es con las personas que nos rodean: entender que si queremos ser felices, no lo seremos si ellos no lo son. Por último, cada uno de nosotros tiene una tarea con el mundo, y eso es la búsqueda de sentido.»

Cierto. Pero ¿cómo se llega a lo que entiende fundamental y necesario? Lo estropea absolutamente, entiendo por falta de análisis personal y de mejores lecturas. Sea como fuere, lo evidente es su incapacidad para advertir, como les ocurre a no pocos poetas, la verdad que dice en lo que expresa. Y es que del mismo modo que está en lo cierto cuando señala que «Se trata de preguntarse para qué merece la pena seguir viviendo. Si estás vacío de sentido, lo llenas con adicciones, deseos, consumo; o a base de relaciones que te sostengan. Pero siempre llega el día en que el vacío existencial te duele, y si ves la cara de una persona a partir de los 50 sabes si está llevando una vida con sentido o no», a Hadinger le pasa por alto que todo sentido es religioso, por tanto ideológico, y que lo que ofrece, por consiguiente, tiene mucho que ver con el fanatismo ideológico. (Un sentido para la vida. ¿Cuál? El agalma, el falo, o si se desea el objeto a, encarnado en los ideales de los prelados cristianos, o quizá el buen sentido agalmático es el fundamentalismo islámico, o quizá el bien supremo es el liberalismo moderado, o acaso se trata de la reivindicación anticapitalista…?

José Miguel Pueyo

Girona, 26 de julio de 2013




                                          




Boglarka Hadinger, doctora en Psicología; logoterapeuta
"Ninguna relación es buena si una parte no da"
La Vanguardia. La Contra, 25/07/2013. Por Ima Sanchís
En busca de sentido
Hay que ser muy cafre para que la lectura de El hombre en busca de sentido no te deje sumido en profundas reflexiones. Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra vienés, lo escribió en Auschwitz. Explicó que el sentido es lo que nos salva y creó escuela, la logoterapia. Hadinger, que da clases de logoterapia en la Universidad de Tubinga y en la Sigmund Freud en Viena, fue una de sus alumnas: “Uno sólo se convierte en una persona madura, competente y fascinante cuando empieza también a dar. Dar y recibir van unidos. Frankl decía que ser persona es involucrarse en el mundo”. Ha impartido un seminario en Formación en Logoterapia y Análisis Existencial (ALEA).

Dar y recibir van unidos?
Ninguna relación es buena, ni siquiera la de padres e hijos, si alguna de las partes no hace algo por los otros. Es importante que todos nos sintamos necesarios y útiles.
¿Qué podemos pedir a los hijos?
Algo más que su felicidad. Debemos enseñarles que ellos también pueden darla: “Llama a tu abuela, que está un poco triste, le alegrará oír tu voz”.
Importante, sí.
Hay que darles pequeñas tareas para que puedan experimentar la sensación de que hacen algo con éxito y por los demás.
Es una excelente idea.
En Sicilia y en Austria hay un proyecto, Una escuela adopta un monumento, en el que los niños se responsabilizan de cuidar un monumento, lo reparan si se estropea y se lo enseñan a los turistas.
Herramientas para la madurez.
Es esencial para relacionarse. En una discusión, la madurez permite que callemos cosas que herirían profundamente al otro y la relación, nos da la capacidad de ser cuidadosos con los que amamos y con el entorno.
¿Cuándo somos adultos?
Cuando nos responsabilizamos de nosotros y de lo que provocamos en los demás, y cimentamos nuestro sentido del humor, que tiene mucho que ver con la madurez: permite tomarse las cosas con cierta distancia y ver que hay algo bueno en cada ser humano. Ser persona es involucrarse en el mundo.
La madurez llega cuando llega, si llega.
Lo primero es saber que uno puede trabajar su madurez interior. Tengo el convencimiento de que cada ser humano tiene una tarea en tres diferentes ámbitos.
A saber...
La primera tarea es el trabajo con uno mismo, aprender a modularse: corregir los defectos, potenciar las virtudes. La segunda es con las personas que nos rodean: entender que si queremos ser felices, no lo seremos si ellos no lo son. Por último, cada uno de nosotros tiene una tarea con el mundo, y eso es la búsqueda de sentido.
Llevamos siglos buscándolo.
Una cosa es el sentido de la vida en general y otra el sentido de la propia vida. Cuando la vida tiene sentido no lo reflexionamos, se da por supuesto. Pensamos sobre él cuando se vuelve inseguro, y eso ocurre cada vez que perdemos algo importante o cuando ya no estamos satisfechos con lo que tenemos y debemos dar un paso de madurez interna.
Las crisis.
Cualquier crisis, económica, medioambiental e incluso de pareja, son síntomas de algo más profundo. Viktor Frankl, el creador de la logoterapia, dijo que a veces el síntoma es lo sano de una vida patológica.
En una vida se viven unas cuantas.
Ocurre en la pubertad, luego la crisis entre los 40 y los 45 años en el caso de las mujeres, y en el caso de los hombres, entre los 50 y los 55 años, aunque a veces encuentran sentido durante un par de semanas en una minifalda, y la crisis de la vejez.
Demasiadas.
Nos proponen reflexionar, encontrar una nueva tarea y una nueva forma de vivirla, es decir, responder a cómo puedo vivir a partir de ahora para que la vida tenga sentido.
No me parece tarea fácil.
Es una tarea maravillosa: significa que no vivimos de forma automática, es un trabajo interesante, de detective.
¿Mirar por enésima vez al pasado?
A veces resulta necesario porque a menudo en situaciones de crisis nos comportamos como lo hicimos cuando éramos niños porque en esos momentos nos ayudó. Pero hay otro punto de vista más interesante.
Usted dirá.
Mirar el pasado para ver qué competencias tenía; qué cosas me han dolido, porque me indican qué puedo hacer; qué he aprendido o qué me gustaría hacer diferente, por ejemplo, con mis hijos, de como lo hicieron conmigo, y, sobre todo, qué es lo que la vida espera de mí en el futuro.
Casi nada.
Se trata de preguntarse para qué merece la pena seguir viviendo. Si estás vacío de sentido, lo llenas con adicciones, deseos, consumo; o a base de relaciones que te sostengan. Pero siempre llega el día en que el vacío existencial te duele, y si ves la cara de una persona a partir de los 50 sabes si está llevando una vida con sentido o no.
Usted hace terapia de pareja. ¿Qué es necesario para tener una buena relación?
Tiene que ver mucho con la madurez, el enamoramiento escoge a una persona determinada con la que también tenemos una tarea, y sólo después de haber atravesado algunas crisis podemos ser adultos.
Pues venga crisis.
En las primeras reaccionamos como cuando éramos pequeños, y solemos comportarnos con nuestra pareja como padres estrictos, por eso es importante decirnos a nosotros mismos: “Soy adulto: puedo sentarme y hablar. Estar con esta persona me plantea un reto de crecimiento personal”. Cuanto más maduras son las parejas, mejor pueden superar las crisis y aprender de ellas.
















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